domingo, 16 de julio de 2017

Carmencita


CARMENCITA (Fado)

Letra:               Frederico de Brito
Música:            Pedro Rodrigues
Intérprete:        Amália Rodrigues
Chamava-se Carmencita
A cigana mais bonita
Do que um sonho, uma visão
Diziam que era a cigana,
Mais linda da caravana,
Mas não tinha coração

Os afagos, os carinhos
Perdeu- os pelos caminhos
Sem nunca os ter conhecido
Anda buscando a aventura
Como quem anda a procura
De um grão de areia perdido

Numa noite , de luar,
Ouviram o galopar
De dois cavalos fugindo
Carmencita, linda graça
Renegando a sua raça,
Foi atrás de um sonho lindo

Com esta canção magoada
Se envolve no pó da estrada
Quando passa a caravana
Carmencita, carmencita
Se não fosses tão bonita,
Serias sempre cigana.

martes, 4 de julio de 2017

Visita del presidente

No sé cómo se presentará la mañana, hace unas semanas, el presidente de la Asociación de HHT me comentó que tenía intención de venir, también me avisaron algunos pacientes para este día y les dije que no había problema, así que me imagino que vendrán, aunque no he hablado con ellos recientemente.

Entre las vacaciones y otras incidencias, estamos en cuadro. Además de las urgencias y los Rendu, me toca pasar planta. Voy a primera hora, tan temprano que algunos aún duermen, soy consciente de que el hospital mantiene unos horarios infernales para el descanso de los pacientes: medicaciones y mediciones casi en mitad de la noche y visitas médicas casi al amanecer (en invierno en plena noche), pero a veces no es posible hacerlo de otro modo, la otra opción es multiplicarse y aún no han dado con la fórmula. A pesar de la hora, a uno de mis enfermos ya se lo han bajado a diálisis, en el camino de vuelta me desviaré un poco para pasar a verle. Otro de mis operados se encuentra de maravilla, está sorprendido porque no le duele nada (el pobre lleva unas cuantas cirugías encima). No pensaba darle el alta, quería vigilarle un poco más, pero no parece haber mucho que vigilar y, a fin de cuentas se está mejor en casa; el hospital existe y ahí seguirá si alguien lo necesita.

Siempre hay gente de la casa para ver, a ellos o a algún familiar. Me encuentro con uno al volver a la consulta. Además aparecen pacientes de curas, pacientes de revisión sin cita, más recomendados... De momento, lo que no llegan son los Rendu, para muchos el viaje es largo. Decido aprovechar para acercarme de nuevo a la planta y llevarle las recetas al que se va de alta. No hago más que imprimirlas, cuando aparece el presidente con los primeros Rendu.

A partir de ahí, llegan todos los que esperaba y alguno más, se presentan uno tras otro. Aprovecho para que conozcan al presidente y hablen entre ellos en la sala, el compartir experiencias suele ser buena terapia y ameniza la espera. La tarea se acumula, hay urgencias, pacientes de planta y llamadas diversas. Invado la consulta de al lado, con la falta de personal está vacía, ya que no es posible estirar el tiempo, estiro el espacio y de ese me duplico en lo posible, al parecer la fórmula, que dista mucho de ser perfecta, es tener hueco y correr de un lado a otro, mejor con una sonrisa y sin quejarse de estrés (como me dice uno de mis pacientes mientras me ve volar). No obstante hay enfermos de los que no conviene separarse y hoy es el caso.

Son pocas las veces que no consigo infiltrar a un paciente, aún así lo intento y más de una vez el intento sale bien, aunque por desgracia no siempre y mi tentativa del día no tiene suerte. El paciente sangra tanto que no veo nada, imposible averiguar la zona de origen. Lo primero es cortar la sangre, o al menos disminuir el caño para distinguir algo, primero con algodones, con presión (motivo por el que no puedo irme lejos porque es mi mano la que aprieta su nariz y la periferia) y con tiempo. Nada funciona y al final no me queda más opción que taponar. Sin embargo no me rindo, quizá en un rato pueda volver a probar. Mientras hago tiempo, me dedico a otros pacientes, de vez en cuando relleno algún papel, aunque los informes son poco más que repeticiones de los anteriores, ¡bendito corta y pega! Si me siento ante el ordenador es porque la silla está en medio y me impide alcanzar la impresora con comodidad.

Un par de esclerosis más tarde, sin complicaciones, y alguna urgencia rápida, vuelvo a la carga con el enfermo de la hemorragia. A pesar de mi perseverancia, no obtengo más éxito, tengo que taponarle sin más dilación, no es cuestión de permitir que se desangre en la consulta. No sé si algo de lo que he conseguido infiltrar a ciegas de esclerosante le hará efecto tras unos días, pero es la opción que tengo, cruzar los dedos para que funcione y repetirlo entonces.

No he parado en toda la mañana y sin darme cuenta se acerca la hora del final de la jornada. De repente, me encuentro con que no me quedan más infiltraciones. ¿Qué hago? El trabajo en el hospital nunca se acaba. Tendría que pasarme por la urgencia para comprobar que no hay nada pendiente, pero antes decido acercarme a Farmacia para que las farmacólogas, que se han implicado tanto con estos enfermos que hasta han hecho un estudio sobre su calidad de vida y la eficacia del tratamiento, conozcan al presidente de la Asociación. El encuentro resulta muy prometedor, se perfilan los planes para publicar el estudio e intentar así generalizar la fabricación de la pomada de propanolol para la nariz en otros hospitales y algunas farmacias y también para hablar sobre la misma en la próxima reunión de la Asociación.

miércoles, 28 de junio de 2017

Temores de pacientes

Empathy is a narrative we tell ourselves to make other people real to us, to feel for and with them, and thereby to extend and enlarge and open ourselves. To be without empathy is to have shut down or killed off some part of yourself and your humanity, to have protected yourself from some kind of vulnerability. Silencing, or refusing to hear, breaks this social contract of recognizing another’s humanity and our connectedness. Rebecca Solnit.

La empatía es la narración que nos contamos a nosotros mismos para convertir a otros en seres reales, para sentir por y con ellos y, por tanto, crecer y abrirnos. Carecer de empatía es cerrar o matar una parte de uno mismo, de su humanidad, protegerse de algún tipo de vulnerabilidad. Silenciar, o negarse a oír, rompe el contrato social de reconocer la humanidad de otros y nuestra conexión. Rebecca Solnit. 

Un médico nunca puede olvidar que su material de trabajo son los pacientes, personas que no solo refieren quejas de su enfermedad sino cuya vida es un todo en el que se imbrican multitud de factores. A veces un enfermo lo único que necesita es desahogarse, contar su historia, explicarse para que su doctor no crea que es un loco angustiado y ansioso, sino que detrás de toda su angustia, hay un buen motivo, y la mayoría de las veces, así es. Por desgracia, una cosa es la salud y otra cosa la suerte en la vida, y ahí la medicina tiene poco que hacer, salvo escuchar. Recuerdo una pobre mujer que llegó en un estado de nervios tal que resultaba hasta crispante, manejar esos casos no se me da bien, y lo sé, así que procuro controlarme (me ha costado años de práctica y aún así no es algo que siempre consiga). Sé que la enfermedad genera un rechazo instintivo, por eso cuando noto algo muy semejante al impulso de huir, intento superarlo, porque son pacientes que están mal. En este caso concreto, la paciente tenía tal necesidad de desahogo que, antes de irse, me contó un poco de su vida: el marido se había muerto hacía poco, y en apenas 6 meses, de una ELA galopante (la enfermedad de Stephen Hawking) y dos de sus tres hijas padecían esclerosis múltiple, una de ellas, con niños pequeños, que ella le ayudaba a cuidar, estaba en silla de ruedas; la tercera hija se negaba a hacerse una resonancia porque prefería no saber. No solo me sentí apenada por la mujer sino que me sentí culpable, la había catalogado al poco de entrar como una ansiosa, sin saber nada de ella, y me tuve que esforzar en tratarla con calma. Aprendí mucho, hay lecciones que nunca conviene olvidar.

El tiempo de la consulta no te permite escuchar todas las historias con tranquilidad, hay muchos pacientes citados y todos son importantes y hay que respetar su tiempo, sus horarios, intentar que no esperen más de lo imprescindible. Soy quisquillosa con la puntualidad, mía y de los pacientes, el que alguno llegue tarde repercute en el resto de la lista de citados, llegar yo tarde me parece una falta de respeto hacia el enfermo que me espera a su hora, aunque para llegar puntual me vea obligada a abandonar la sesión del servicio, que no hay día que no se prolongue más allá de lo previsto, muchas veces sin un buen motivo. No obstante, a veces no se necesita tanto tiempo para tranquilizar a los pacientes, a muchos les basta con asegurarse de que lo que tienen no es importante. Procuro sonreír cuando entran, el pavor a los médicos está casi tan extendido como el de los dentistas. Hay niños a los que desde su más tierna infancia le hablan de los hospitales como del coco ("si no eres bueno, la enfermera te pondrá una inyección" y frases similares, muestra de la gran inteligencia de los progenitores, uno de los mejores ejemplos es, antes de entrar en quirófano, "no te preocupes, que si alguno de estos te hace daño, le rompo las piernas", ¿de verdad espera que su hijo, aterrado, comprenda que es una broma?, luego mantuve una pequeña charla al respecto con el padre en cuestión).

Protección en cirugía láser...¿no es terrorífico?
Esos miedos infantiles dejan con frecuencia sus secuelas y, aunque a nadie le gusta estar malo, no son pocos los casos a los que hay que arrastrarles a la consulta. Sin embargo un médico no está ahí para juzgar a nadie, los enfermos no son culpables de sus enfermedades (el médico tampoco, ni siquiera cuando da malas noticias) y no hay que recriminárselas. Con algunos enfermos es la familia la que te pide que los regañes: "Doctora, échele la bronca que no ha dejado de fumar", quizá el factor tabaco sea la excepción, hay que hacerle ver al paciente que lo que está haciendo es una estupidez, pero también que no es nada personal, que lo que está en juego es su vida, no la mía. Con algunos, un pequeño salto al futuro funciona, se les explica que, de seguir por ese camino, tienen muchos números de acabar con la laringe en un bote en anatomía patológica y con un agujero en el cuello en su lugar para respirar; sin embargo, con otros no hay nada que hacer y, si no sirve la primera vez, de poco vale insistir (en la siguiente visita, ya me conocen y la mayoría me han perdido el miedo). A fin de cuentas, el médico está ahí para hacer todo lo posible por el enfermo: solucionar problemas de salud, luchar por la vida de sus pacientes o, simplemente, escucharle y ayudarle para que se encuentre mejor.

viernes, 23 de junio de 2017

Risotto integral

En cualquier artículo de dietética uno de los aspectos en lo que hacen más énfasis es en los alimentos integrales, el que los cereales conserven su fibra hace que no solo sean beneficiosos para el tránsito intestinal sino para mantener los niveles de azúcar e insulina en sangre y, por tanto, para saciar el hambre durante más tiempo y controlar el peso.

Hace tiempo se me ocurrió la brillante idea de comprar arroz integral, pensé que sería más sano que el arroz blanco y que vendría bien para acompañar algún guiso. Aquel experimento concluyó al cabo de una hora, tiempo que tardó aquel arroz en cocerse, que no en ablandarse, la consistencia resultó algo chiclosa, pero tolerable. Los restos de aquella primera bolsa de arroz terminaron en la olla superrápida, en la que en solo 15 minutos conseguí un mejunje masticable, pero a partir de entonces opté por el arroz integral en vasitos, que solo necesitan un minuto en microondas.

El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y mi optimismo no me salva de verme incluida entre los animales del proverbio. No hace mucho, me encontré en el estante de arroces del Alcampo, una caja de arroz rojo integral marca Gallo con un bocadillo en el que se leía ¡listo en 20 minutos! Ilusa de mí, me lo creí y compré la caja.

Suelo guardar las salsas de los guisos que me sobran para aprovecharlos con pasta, albóndigas o algún invento. En esta ocasión el invento fue un risotto, pero cuando miré en la despensa no tenía arroz normal, así que ¿por qué no probar el arroz rojo?

House debía andar más prevenido que yo y se preparó un aperitivo con un puñado de frutos secos y una cerveza bien fría, sin embargo, a pesar de sus reticencias, no contaba con que le diese tiempo a hacer la digestión del tentempié. Empecé el risotto, calenté los líquidos y los añadí poco a poco a la sartén mientras revolvía de vez en cuando el arroz, para darle cremosidad según las recetas. Un rato después, me aburrí, hacía demasiado calor para estar encima del fuego, con lo que cubrí el arroz con caldo, puse en marcha el reloj y me despreocupé (con nuestro reloj de cocina no hay cuidado de que nada se te olvide, conviene tener la precaución de cerrar las ventanas antes de conectarlo para evitarles infartos a los vecinos). Cuando la alarma sonó, corrí a apagarla (antes de ser yo la víctima del infarto) y comprobé el arroz: seguía a punto de piedra. Removí, añadí líquido y volví a encender el reloj para otros diez minutos (no fuese a pasarse). Repetí la operación dos veces antes de que House me preguntara cómo iba eso.
-¿Estás seguro de que quieres risotto para la comida de hoy?- le contesté desesperada.
- Exagerada, seguro que no es para tanto.
Aclararé que a House no le gustan ni el arroz ni la pasta al dente, sino bien tierno y nada crujiente.
- Pruébalo y compruébalo.
- ¡Vaya!, sí, parece que aún le falta un rato.
Seguí con mis intervalos de 10 minutos, tendría que darle una oportunidad, quizá con un par de ciclos la cosa cambiara. Tosté pan y corté un poco de queso canario para amenizar la espera, y calmar al gusanillo del hambre que, con el paso de las horas, amenazaba con convertirse en toda una anaconda.

A las dos vueltas de reloj le siguieron otras dos, subí el fuego, puse más agua, y más reloj, y más, y más, y así hasta que perdí la cuenta. Pensé en otras opciones de menú, pero House estaba dispuesto a esperar... ¿hasta el día siguiente?, al ritmo que iba aquello, no me extrañaría. Casi era la hora de la merienda cuando al fin nos sentamos delante de aquel risotto, integral y sano, y aún de consistencia firme, con la esperanza de que nuestros jugos gástricos, con la ayuda de todas sus enzimas digestivas fuesen capaz de procesarlo (al pobre House le costó lo suyo). No dudo que sea un alimento fantástico para las dietas, dada la experiencia no creo que sea posible digerir más de una ración al día y, además, si esa es la perspectiva de menú, seguro que a más de uno se le quita el hambre.

PS: El resto del arroz lo metí en la olla superrápida, tras quince minutos a plena potencia (dos anillos) quedó blando y algo gomoso, se diría que en la consistencia perfecta de un tierno risotto, y durante unos días ha sustituido a mis cereales del desayuno, que de algún modo había que aprovecharlo.

martes, 20 de junio de 2017

El catedrático y la Medicina

A veces mi padre me sorprende, no sé si es que en algunos aspectos somos tan parecidos que él ya ha pasado por algo similar y entonces tiene las cosas más claras, pero uno de sus mayores aciertos es el de empujarme a estudiar Medicina. Si se suman los factores del momento, aparte de mis buenas notas y mi inclinación a la Biología, no había nada que indicase que aquel consejo fuese a resultar acertado: no soy una persona sociable (he mejorado mucho pero aún así soy rara, aunque como sucede con las rarezas de uno mismo, no suelo ser consciente de ellas), la sangre me impresionaba, odiaba las agujas y la idea de poner una inyección me angustiaba. Sin embargo hice caso a mi padre, rellené la preinscripción a la universidad con Medicina como primera opción, con la intención de escoger una especialidad de laboratorio, y no me arrepiento.

Pasarse más de un año en contacto con cadáveres, a diario, hace que te cures de muchas tonterías. Al principio también es causa de muchas pesadillas, pero lo cierto es que es más molesto el olor a formol que la impresión que puede provocar un muerto acartonado al que se diseca por capas. Los profesores de la asignatura de Anatomía también me provocaban mucho más pavor que los inofensivos cadáveres. Hacia el final de curso me tocó ser subjefa de mi grupo de disección y realizar algunas disecciones, las correspondientes al área de cabeza y cuello (¿casualidades?), aquella fue mi primera parotidectomía, disequé la glándula salival para identificar las ramas del nervio facial. Desde entonces he aprendido muchos trucos para esa cirugía (en mi especialidad es una operación que hay que realizar con relativa frecuencia y controlar el nervio es la base de la técnica); localizo el orificio estilomastoideo, por el que el nervio facial sale de la base del cráneo, situado detrás y debajo del conducto auditivo externo, pegado al hueso, entre la mastoides del oído y la alargada y fina apófisis estiloides en la zona anterior. Es una hendidura que se toca bien con el dedo una vez que aprendes cómo es su tacto y es la mejor referencia y la más rápida para encontrar el nervio.

Mi padre también puso su granito de arena para motivarme a seguir. En mi época de pesadillas, cuando los zombis me perseguían por los pasillos de la facultad cada noche, me planteé cambiarme a Farmacia, pero el Catedrático no estaba dispuesto a quedarse sin un médico al que recurrir para sus recetas y así me lo dio a entender. No soy rebelde, nunca me ha gustado discutir, nunca se me ha dado bien y además sabía que era una batalla perdida, así que seguí adelante.

Una vez superada la Anatomía, todo fue mucho mejor. Las asignaturas de laboratorio me gustaban, me encantaron la Histología y la Anatomía Patológica (preparaciones de tejidos teñidos para observarlos microscopio), y las rotaciones hospitalarias lo hicieron todo más entretenido. Cierto que la primera vez que entré en un quirófano me mareé, era una operación de Neurocirugía y al paciente le estaban cortando un trozo de la zona posterior del cráneo para acceder a su lesión en el cerebelo. Oír el crujido del hueso al romperse bajo las tenazas me causó demasiada impresión. Sin embargo ahora disfruto con el martillo y el escoplo mientras corto trozos del tabique nasal, dicen que la marquetería es relajante.

En relación a las agujas, también fue el Catedrático el encargado de hacerme superar mis miedos. A la primera inyección que necesitó, posiblemente alguna vacuna para uno de sus viajes más exóticos, me obligó a ponérsela. Protestar no sirvió de nada, yo sabía la técnica, pinchar en el cuadrante superolateral del glúteo para no dañar el nervio ciático, aunque nunca había clavado una aguja a un ser humano vivo. Mi inexperiencia no desalentó a mi progenitor que sufrió mi banderillazo estudiantil sin pestañear (y encima dijo que no le había dolido). ¡Las cosas que un padre es capaz de hacer, no sé si por sus hijos o por sus ideas, o por una combinación de ambos!

¡Feliz cumpleaños! (y gracias).

viernes, 16 de junio de 2017

Cumpleaños del Principito

En mi cumpleaños, el Principito preguntó cuándo le tocaba a él el turno. Le explicaron que primero iba el mío, después el de cuñadísimo y luego el suyo. Lo que no le contaron es que los intervalos entre uno y otro eran de casi tres semanas, así que el pobre chiquillo a los tres días no podía más de impaciencia (no sé a quién me recuerda).

Para aliviarle la espera, y fomentar el amor a la lectura, decidí aprovechar las reuniones familiares para regalarle algún libro. Descubrí al pequeño dragón Coco de casualidad y ha sido todo un hallazgo, creo que el sobrino y yo estamos enganchados a sus aventuras (hasta la Señora ha dicho que están muy bien, y eso que leyó una de las más flojitas). Su madre se las apaña para dosificárselas cada noche, no sé cómo lo logra porque no me parece nada fácil dejar la historia a medias, yo me los devoro en media hora, claro que no soy madre.

Lo cierto es que el chiquillo es muy bueno, tanto que a veces te sorprende. Es el único niño que no solo no tiene miedo a los médicos sino que además colabora en la exploración e incluso un día incluso le recordó a su pediatra que se le había olvidado mirarle los oídos (para entonces tenía 3 años). No me extraña que el susodicho pediatra (brasileño) llorase amargamente al despedirse de él cuando regresaron a España, me figuro que con pocos pacientes mantenía una relación semejante, siempre le decía a hermanita que ese niño iba para médico, algo que el propio sobrino declaró después de su estancia en mi hospital por donde pasó para ponerle unos drenajes en los oídos. Dada la demanda, más vale que alguien de la familia tome el relevo y de momento el Principito es el único que ha mostrado esa inclinación. Tampoco le falta imaginación, y eso es otro punto a favor, muchas veces en medicina es preciso imaginarse lo que le pasa al paciente, eso que algunos llaman ojo clínico tiene tanto componente de experiencia como de imaginación.

Recuerdo una anécdota que me llamó la atención en la última barbacoa del hermano. Mis sobrinas mayores iban a bajar a por chuches y el chiquillo le pidió dinero a su madre para acompañarlas y comprarse algo. Como hermanita no llevaba nada encima, le remitió a su padre que sacó un billete de 5 euros una fracción de segundo antes de que su mujer le avisase para que no le diese al niño un billete. Para cualquier otro habría sido demasiado tarde, pero no para el Principito, que no tocó el billete y esperó a que lo cambiasen por una moneda. Como su padre no tenía, cuñadísimo y el catedrático sacaron el suelto que llevaban en el bolsillo. El niño miró a su padre para que le indicase qué hacer y, al no obtener respuesta, lo echó a suertes, no miró cuánto tenía cada uno, ni se le ocurrió coger lo que ambos le ofrecían, o el billete que su padre aún tenía en la mano, sino que se limitó a sortearlo y pedírselo al agraciado. ¡Pura inocencia! Claro que si aspira a ser médico más vale que conserve esa falta de interés por el dinero, porque en España no es una profesión para hacerse rico.

Hoy, por fin, ha llegado el cumpleaños tan esperado. ¡5 años! Espero que disfrute de su día y de sus regalos.

miércoles, 14 de junio de 2017

Calidad de vida

Hacia el final de mi época de MIR, se empezaron a poner en boga los estudios sobre la calidad de vida de los pacientes. En esa época se orientaban a los pacientes con cáncer de laringe, el tratamiento no solo debía contemplar la curación de la enfermedad sino también tenía que tener en cuenta las repercusiones en su calidad de vida. Una cirugía mutilante, como la del cáncer de laringe avanzado, por supuesto que repercute en la calidad de vida, sin embargo un sesgo importante de esos estudios, al menos en mi opinión, es que con otras opciones de tratamiento pronto se dejaba de hablar de vida para hacerlo de muerte. Suena espeluznante, pero así era. Cierto que los tratamientos oncológicos avanzan día a día y ofrecen esperanza donde antes no la había.

La medicina tiene limitaciones y hay patologías que no tienen cura, al menos de momento. En esos casos, mejorar la calidad de vida de los enfermos es a lo que puede aspirar al médico. Es lo que sucede con los Rendu-Osler. Sé que no voy a curarles, pero mejorarles las hemorragias nasales (o también orales o incluso de otras lesiones accesibles a la infiltración) les supone una gran diferencia. House me comentó que hasta que no empecé a contarles mis aventuras y desventuras con mis pacientes, no tenía idea de la mala vida que llevaban los pobres.

No solo los enfermos me cuentan los cambios, sino que los residentes de Farmacia hospitalaria han aprovechado para recoger datos y hacer estadísticas que demuestran la mejora en su calidad de vida. Han llamado a los pacientes y les han hecho responder cuestionarios del antes y después y los resultados son como para dar saltos de alegría. En una escala del 1 al 10 su valoración de su calidad de vida antes era de poco más de 4 y la del después supera el 8. Los cuestionarios en los que se les pregunta sobre su ánimo, movilidad, cuidado personal, malestar y actividad diaria han subido de 0.6 puntos (sobre 1) a más de 0.9

En los congresos, en las revistas, hay que hablar de números, pero lo importante es lo que esos números traducen. Uno de mis últimos pacientes nuevos me contaba que llevaba un mes sin dormir, se despertaba en mitad de la noche con una hemorragia y podía pasar horas intentado cortarla; no es el único. Otra me comentó que con la seguridad que le daba no sangrar había ganado independencia, se atrevía a hacer planes con gente, a salir de casa. En esa misma línea otro de mis enfermos me dijo que había bajado a Madrid para acompañar a su madre al médico, hasta entonces intentaba evitar salir de casa. Otras pacientes se olvidaban de coger las cosas para taponarse "por si acaso sangraban" cuando salían. Pequeñas rutinas del día a día, como atarse los cordones de los zapatos, eran impensables, inclinarse implicaba sangrar. Para una de mis enfermas, salir a comprar el pan suponía tal aventura que su marido iba detrás con el coche para recogerla por si se ponía a sangrar. La ansiedad, el miedo al sangrado y la debilidad de la anemia les impedían llevar una vida medio normal. Para la mayoría, planificar un viaje era una osadía, para venir a verme a Madrid por primera vez tenían que hacer acopio de valor. En un caso, estuvieron a punto de detener el AVE porque mi futura paciente no dejó de sangrar en todo el camino.

Con el tratamiento, no solo es la calidad de vida del paciente la que mejora, también la hace la del médico que ve que esos enfermos, a los que temía, aparecen con menos frecuencia por la urgencia. Nunca sabías cómo iba a ir una de esas hemorragia, cuando venían era porque ellos no podían controlarla (y de epistaxis saben más que muchos médicos) y para el especialista cortarla costaba un triunfo. Sé que suena chocante, pero para mí, atenderles es una alegría, es gente entregada, agradecida y cariñosa, es una relación diferente, más estrecha, casi familiar. A veces pienso que vivo con ellos un periodo de luna de miel, que con el tiempo es posible que aparezcan complicaciones y que el tratamiento resulte más difícil, menos eficaz o cualquier otra cosa terrible, pero habrá que enfrentarse a lo que surja cuando surja, y hasta entonces, aprovechar el momento.