viernes, 30 de noviembre de 2012

Una jornada en la granja

"Al sol del mediodía"
Gianni Strino
El abuelo se levantaba al amanecer. Procuraba no hacer ruido para no despertar a la Baronesa que dormía en la cama de al lado. Se vestía y salía dispuesto a empezar la jornada.

Se dirigía a los gallineros. Comprobaba que todo estaba en orden. Era función de mis tíos el levantarse en mitad de la noche para soltar a los perros en el interior de las naves y dejarles librar una lucha cruenta y asesina contra las ratas que, aprovechando la oscuridad, se habían infiltrado en ellos. Los roedores no sobrevivían a la pericia de los canes. Eran perros sin raza, que alcanzaban edades avanzadas. El pequeño Cordobés, pequeño y bravo, era uno de los favoritos de los primos. Yo prefería al impresionante y bondadoso Briones, ya muy viejo y aún tan grande como un poni, encargado de guardar la cochiquera. Él era tan inmenso y yo tan tan pequeña que nos mirábamos, cara a cara, sin tener que agacharme para hacerlo. El Siro, con sus rasgos de bulldog, se convirtió en un héroe al enfrentarse, sin pestañear, a dos agresivos Dobermans, escapados del solar de al lado, cuando se disponían a lanzarse sobre mi asustadísima prima Sole.

Una vez terminada la ronda, el abuelo regresaba a la casa y se preparaba el desayuno. A esas horas coincidía con frecuencia con él en la cocina y le imitaba en el proceso. Tostábamos el pan del día anterior hasta que la miga adquiría un bonito color. La arañábamos con un cuchillo para abrirla y que penetrasen en ella el sabor del ajo que frotábamos contra la tostada. Recuerdo aquel ruido del rascado que hacía el pan al lijar el diente y liberarlo de su aroma. Un chorreón de sabroso aceite completaba el aliño. El pan crujiente, y aún caliente, desprendía el sabor penetrante de aquella deliciosa combinación al morderlo. Aún hoy, ante el olor del pan tostado con su buen aceite y su ajo, veo en mi cabeza aquella cocina blanca, con su ventana entreabierta al patio.

Algunos días, el trajín matutino del abuelo se prolongaba y el desayuno era tardío. Esas mañanas, con los huevos frescos, recién puestos, y los pimientos, recogidos minutos antes de la huerta, la tita Mercedes le preparaba unos huevos fritos, festoneados con sus doradas puntillitas, acompañados por los pimientos. En ocasiones, el panadero ya había dejado para entonces unas barras frescas, del día, otras veces aún no había pasado y se recurría al pan asentado del día anterior. En ambos casos se podía leer en la cara de mi abuelo lo que disfrutaba al hundir la densa miga en la yema líquida y cremosa.

Frank Holl- By the fireside
Durante los meses de invierno, entre sus labores de primera hora estaba la de limpiar de cenizas la chimenea del salón y encender un nuevo fuego. Ponía un buen tronco en el interior del hogar, junto con algunas ramas más finas que prendiesen con facilidad y, finalmente, unos cuantos papeles arrugados de viejos periódicos. En pocos minutos el fuego crepitaba alegremente para que la habitación estuviese caldeada cuando la Baronesa se levantase, cosa que no sucedería hasta una vez entrada la mañana.

Después del desayuno, con las fuerzas repuestas, el abuelo retomaba sus funciones. Además de alimentar a los animales había que ocuparse de los huertos y de algún que otro cliente despistado que hacía su aparición a esa hora para comprar huevos. Mientras tanto la abuela desayunaba, en la cama, antes de levantarse. Para entonces la tita ya había dejado todo como los chorros del oro y la Baronesa se ocupaba personalmente de preparar la comida. Aún recuerdo a alguna desventurada gallina esperando su destino en la cocina antes de acabar con el pescuezo retorcido y literalmente desplumada. Los chiquillos nunca eramos testigos esa escena. Nuestra función consistía en quitarnos de en medio en esos momentos. Si no andábamos precavidos, enseguida la tita nos hacía entrega de un paño y un plumero, de la escoba o de la fregona, para que los empleásemos en la limpieza del transitado pasillo, o en la del enorme y vacío piso de arriba.

Era primordial desayunar bien porque la comida nunca se regía por horarios europeos. No obstante, el olor de lo que se cocía en la cocina estimulaba el apetito mucho antes de que se acercase la hora de hacerle honores. Un rato antes de sentarnos definitivamente a la mesa, mi abuelo y mis tíos se tomaban juntos un aperitivo. Unas patatas, unas aceitunas caseras y algo amargas, una fuente de pepino cortado y aliñado con aceite y sal, una ensalada con la dulce lechuga del huerto o unas finas rodajas de calabacín enharinado y frito, formaban parte de aquel tentempié que, con frecuencia, incluía también alguna apetecible muestra del menú del día. Si el abuelo miraba el reloj u oía la sintonía del telediario (al terminar) y la mesa aún no estaba ni siquiera puesta, permitía que los nietos compartiésemos con él aquellos platillos y matásemos momentáneamente al gusanillo (más bien la familia de escolopendras) del hambre.

Una vez las visitas se marchaban, sobre la mesa de madera oscura se extendía el hule para proteger la madera. Se escogía un mantel limpio, se distribuían las servilletas, marcadas por sus dueños con sus correspondientes servilleteros, y se colocaban los platos y los cubiertos. Yo me sentaba a la derecha del abuelo, salvo que algún invitado se introdujese entre medias. Aquel era en mi opinión, el lugar de honor. La comida era un momento de reunión, revestido de cierta solemnidad, lo que no interfería en que los hambrientos devorásemos los manjares preparados por la Baronesa. El abuelo se encargaba de partir la fruta y sus sandías y melones le despertaban comentarios de admiración y, muy raramente, también alguna crítica. Siempre buscaba lo positivo para alabarlo, incluso un día ante un infame guiso de una de mis tías (un fallo lo tiene hasta la cocinera más experta), instigado por la Baronesa a ofrecer su siempre magnánima opinión, se limitó a afirmar que el engrudo en cuestión estaba "un poquito mejor que crudo".

El abuelo siempre se echaba siesta. Se sentaba en su sillón, delante del televisor, y mientras se recogía la mesa, él se dormía. La tita Mercedes se escaldaba las manos al fregar los cacharros bajo el chorro de la única agua caliente del día y los demás salíamos a la era a sacudir el mantel y nos ocupábamos de barrer las migas del salón. Se echaban las contraventanas y la habitación se quedaba en penumbra. Sobre la tele sólo se oían los ronquidos fuertes y acompasados del abuelo. Era un momento sagrado, en el que ningún otro ruido podía interferir.

Por la tarde no se terminaba la faena. A veces nos convocaba a las primas y debíamos acompañarle al despacho a clasificar los huevos por cartones. Una máquina rotatoria los dejaba en las diferentes divisiones de la mesa y debíamos colocar los correspondientes a nuestra sección en sus cartones correspondientes. Nos aburría mortalmente esperar a que los huevos cayesen de su cinta transportadora pero nunca se nos ocurrió escaquearnos de aquella tarea, ni muchos menos comportarnos de la manera atropellada en la que lo hacen muchos viajeros en el aeropuerto ante una situación similar, salvo que ellos manejan pesadas maletas en lugar de  frágiles huevos. Había tardes que se subía a Linares y le convencíamos, aunque no siempre teníamos éxito, para que nos llevase con él. Si lo lográbamos, nos hinchábamos, ufanos como pavos reales, por la gloria de haber sido los escogidos para acompañarle en el trayecto y nos despedíamos con grandes aspavientos de los desventurados que se quedaban. Luego, o bien íbamos con el abuelo a hacer los recados, o bien nos dejaba en casa de alguna de mis tías, que se encargaba de devolvernos a la granja cuando bajaba a la reunión familiar habitual.

Una vez se ponía el sol llegaba el momento de echar una partida a las cartas junto con su hermano, su cuñado, mi padre o alguno de mis tíos. Jugaban al tute. Podía tocarles una mano buena o regular, unas veces cantaban 40, otras 20, o de repente fallaban y se llevaban un triunfo, para desesperación del que lo había dejado confiado sobre el tapete. Me encantaba observar el juego, sin interrumpir por supuesto, e internamente siempre deseaba que ganase el abuelo, que era el que mejor lo hacía. Los nietos organizábamos nuestras partidas de tute paralelas en el porche, aunque a nuestras barajas solía faltarles alguna carta. También era difícil conseguir montarlas con tan sólo 4 jugadores. Si alguno abandonaba su posición, independientemente del motivo, sería relevado inmediatamente por un impaciente voluntario. Mientras los mayores continuaban con su juego, los niños cenábamos temprano, en la cocina. Mi cena favorita era cuando mi abuela preparaba filetes rusos. Su adobo incluía almendra molida y azafrán, además de pan mojado y escurrido, ajo, sal y perejil. Tras su paso por la sartén caliente se les quedaba una preciosa cubierta dorada, fina y crujiente, con la carne jugosa y tierna en su interior. No sólo su aspecto resultaba apetecible, además olían a gloria. Si el postre consistía en natillas de huevo cubiertas con blandas nubes de merengue, mi felicidad gastronómica era completa.

Los mayores cenaban tarde, en la mesa del salón. Su cena era distinta a la de los niños. Al terminar, o a veces incluso antes, nos mandaban a la cama. Debíamos despedirnos de todos hasta el día siguiente con un beso de buenas noches. El abuelo también se retiraba temprano, poco después que nosotros. Si él se iba a dormir estaba claro que los niños no podíamos pretender quedarnos más allá de esa hora.

Las noches de verano, a través de las ventanas abiertas, la luz pálida del exterior se colaba en la habitación. Desde mi cama escuchaba el silencio seco de la era, el sigiloso movimiento del aire cálido al juguetear con las finas cortinas y el murmullo del campo agostado. Entre aquellos sonidos amortiguados se deslizaba el ruido de algún coche al pasar. Sin darme cuenta, me dormía.

¡FELIZ DÍA DE SAN ANDRÉS!

jueves, 29 de noviembre de 2012

Mañana de arte

La Señora me había recomendado encarecidamente que visitase la exposición del Prado del joven van Dyck. Como buena hija decidí obedecerla y aproveché una mañana de huelga para hacerlo. El arte siempre es un buen método para desconectar, al menos en mí caso. No sé si el bienestar que produce la contemplación de la belleza debería llamarse "Terapia de Stendhal" (ya que el síndrome afecta a los que son especialmente sensibles a ella y caen víctimas de los efectos de la sobredosis). Desde aquí le doy las gracias por el consejo a la Señora: me ha encantado.

La exposición del Prado es una muestra del trabajo de van Dyck hasta la edad de los 22 años. Se centra en el periodo que pasó de aprendiz y ayudante en el taller de Rubens, que le consideraba su alumno más aventajado. Marca las semejanzas y las diferencias entre el maestro y su alumno, y hace hincapié en cómo la personalidad de la pintura de van Dyck ya afloraba en esas primeras obras. Sus figuras son más rústicas, menos idealizadas, de formas robustas y fuertes, y sus gestos y actitudes denotan una mayor vitalidad. Los rostros, más afilados y con menos volumen en los rasgos y en el cuello, me recordaban en algunos cuadros a los del Greco, aunque no así la anatómica musculatura de los cuerpos. La influencia de Tiziano se deja ver en el uso de colores intensos, el rojo entre los predilectos, un rojo más bermellón que el del veneciano. Los retratos, incluso en esa temprana etapa, reflejan carácter y emociones que trascienden el lienzo. La compasión que provoca la mirada de su Cristo con la cruz a cuestas es sobrecogedora.

Además de las pinturas hay gran cantidad de dibujos que muestran las pruebas previas antes de llevar los motivos al lienzo. Permite estudiar la evolución de la obra, los cambios, los detalles... Realmente una exposición para disfrutar (y además sin demasiada gente y con poco ruido, una vigilante le ha indicado a un visitante al que le ha sonado el móvil que no podía hablar allí ¡Bravo!)

Al terminar me he subido a ver la exposición de Martín Rico, un paisajista español del S. XIX que desconocía. El primer cuadro es un retrato del afable artista realizado por Sorolla, del que era un gran amigo. La exhibición está dividida según un criterio temporal y geográfico. La atención a la luz y el detalle es de un preciosismo cautivador. Era el pintor de las aguas tranquilas, sus escenas transmiten la misma serenidad que los remansos de los ríos. La magia de su luz aumenta según se avanza en la exposición; la muestra en toda su intensidad en sus paisajes andaluces, con la nítida blancura de las ciudades y la radiante claridad del cielo. Las panorámicas de Venecia, que le otorgaron un reconocimiento más que merecido en América, reflejan la calma de la laguna y el equilibrio de la ciudad reflejada en el agua, sin pecar del efecto de cromo en el que otros caen. Además de las pinturas están expuestos sus diminutos cuadernos de dibujo que poseen una delicadeza extrema. Son auténticas joyas. Con finísimos trazos a lápiz perfila amplias panorámicas de vistas y ciudades en miniatura, esbozadas con una precisión asombrosa a base de sencillas líneas, muy limpias, llenas de aire y espontaneidad. Un hallazgo.

En una pequeña sala, justo a la salida de la exposición de Martín Rico, se exhibían tres representaciones de San Juan Bautista de Tiziano correspondientes a distintas épocas. Tiziano solía realizar una copia de sus obras para luego reproducirla en un futuro, aunque siempre con variaciones: no hay dos Tizianos idénticos. La comparativa entre uno y otro se muestra en los estudios radiográficos de las obras. El primer cuadro muestra un santo apolíneo, fuerte, en actitud de predicar. El segundo es más místico, su anatomía sigue siendo poderosa, aunque los músculos están menos definidos que en el primero, corresponde al instante en el que recibe la llamada divina. El tercer cuadro, de pinceladas más sueltas, formas menos definidas, sugiere un santo mucho más espiritual. Su figura se afina y, al igual que en el segundo, su rostro mira al cielo. Personalmente es el que más me ha gustado, aunque reconozco que el primero también me ha resultado muy interesante.

No he seguido en el museo sino que he optado por darme un paseo hasta la Fundación Telefónica y ver su colección de Cubismo (otra recomendación de la Señora). Hacía algo frío pero iba bien abrigada y la temperatura no me molestaba. La luz del sol y los árboles del Paseo del Prado, con sus copas aún con abundantes hojas doradas y cobrizas que también alfombraban el suelo, me hacían sentirme dentro de otra obra de arte.

La exposición de Telefónica estaba bastante vacía. Se divide en cinco espacios y está centrada alrededor de la figura y la obra de Juan Gris, que es uno de mis cubistas favoritos, si no el favorito. Con él el cubismo de Picasso y Braque evolucionó cuando estos pioneros lo abandonaron (el primero porque se dedicó a otras técnicas y el segundo porque fue herido en la guerra). No se trataba de descomponer las formas sino que al contrario: la geometría de las figuras le servía para crear composiciones pictóricas poéticas. De Juan Gris siempre he pensado que poseía una sensibilidad especial. Sus palabras me lo han confirmado y son la mejor descripción de su obra. Las transcribo porque me parecen muy explicativas, tanto en lo referente a su arte como a su carácter.

Hoy, evidentemente, me doy cuenta de que, en su comienzo, el cubismo no era sino un modo nuevo de representación del mundo (...)
Pero ahora que todos los elementos de la estética llamada cubista son medidos por la técnica pictórica, ahora que el análisis de ayer se ha convertido en síntesis por la expresión de relaciones entre los propios objetos, ya no cabe hacer ese reproche. Si lo que se llamaba cubismo no es sino un aspecto, el cubismo ha desaparecido; si es una estética, se ha incorporado a la pintura (...)
No siendo el cubismo un procedimiento, sino una estética, e incluso un estado de espíritu, debe tener forzosamente una correlación con todas las manifestaciones del pensamiento contemporáneo. Se inventa aisladamente una técnica, un procedimiento; no puede inventarse de la nada un estado de espíritu. (Juan Gris, 1925)

Yo trabajo con los elementos del espíritu, con la imaginación; trato de concretar lo que es abstracto, voy de lo general a lo particular, lo que quiere decir que parto de una abstracción para llegar a un hecho real. Mi arte es un arte de síntesis, un arte deductivo, como dice Raynal (...)
Considero que el lado arquitectónico de la pintura es la matemática, su lado abstracto; y deseo humanizarlo. Cézanne de una botella hace un cilindro; yo, en cambio, parto de este cilindro para crear un individuo de tipo especial; de un cilindro hago una botella, una determinada botella. Cézanne va hacia la arquitectura, yo parto de ella. Por eso yo compongo con abstracciones (colores) y recompongo cuando estos colores se han convertido en objetos, por ejemplo, compongo con un blanco y un negro y arreglo cuando este blanco se ha convertido en un papel y este negro en una sombra; quiero decir que dispongo el blanco para transformarlo en un papel y el negro para convertirlo en una sombra.
Esta pintura es a la otra lo que la poesía es a la prosa. (Juan Gris, 1921)



En palabras de Joaquín Torres-García sobre Juan Gris:
No vacilo en poner a Juan Gris, si no a la cabeza del movimiento cubista (pues considero a Picasso y a Braque como a sus verdaderos iniciadores), al menos como el que se acercó más a su justa expresión, dado las premisas que se impuso, y, por esto, por encima de todos.
Juan Gris es el geómetra perfecto. Por esto el más puro de los cubistas. No parte, como los otros, de la naturaleza para ir a lo abstracto, sino de lo abstracto de la geometría y el plano de color, para ir a la realidad.
Mejor concepto de una pintura construida no puede tenerse, y, en este sentido, fue un verdadero maestro. Más realista que Picasso, más lírico que Braque, quedan muy lejos de Juan Gris en cuanto a pura creación dentro de un perfecto ordenamiento.
Y es que en Juan Gris hay más capacidad y también más cultura. Esto le permitió llegar a mayor generalización, a más amplio y puro concepto de arte; a una verdadera arquitectura de formas y colores. Permítaseme, aunque no se comparta el criterio, que lo ponga como el primer pintor de nuestra época.


Además proyectan una corta película, amena e interesante, sobre la vida del pintor. Le sitúa en su época y habla de las relaciones con otros artistas, sobre todo hispanos e hispanoamericanos con los que coincidió en París, y la influencia que los unos tuvieron sobre el arte de los otros. Hay también numerosos documentos, libros, revistas, cartas y fotografías.

Ahora que viene el puente, es un plan para no perdérselo. En el reina Sofía también tienen obras de Juan Gris pero no tantas como aquí y la exhibición no está tan orientada a explicar la relevancia de su figura. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Alcachofas en salsa de la Tita Mercedes

Margaret Tarrant
Me apasionan las alcachofas. Su característico regusto algo dulzón, supuestamente a regaliz, que se intensificaba al beber agua, me entusiasmaba ya en mi más tierna infancia. Por entonces los recuerdos gastronómicos estaban por formar, no identificaba los sabores con facilidad, muchos aún me eran desconocidos y descubrir uno nuevo y delicioso me suponía todo un acontecimiento. Definitivamente era una niña gourmet.

Con las alcachofas, el hecho de encontrarme un trozo en el arroz, o las lentejas, me trasportaba directamente al limbo de la felicidad gastronómica. Lo paladeaba como si se tratase de un caramelo para conservar el recuerdo de todos sus matices (y lo logré). No hay ninguna otra verdura que comparta con ellas su peculiar sabor, tan característico, lo que las convierte en mis favoritas indiscutibles (junto con el cardo y los espárragos).  Son exquisitas en cualquier preparación: a la romana, en puré frío o caliente, con legumbres o pasta, en la salsa de la lasaña, sobre la pizza, como parte de la ensaladilla rusa, solas en ensalada o en salsa, dentro del arroz, rehogadas o en tortilla. Combinan con carnes, pescados y cualquier otra verdura, además de por supuesto con jamón y con gambas. Rellenas de foie con un huevo frito de codorniz por encima son un manjar. Tanta versatilidad sólo tiene un pequeño inconveniente: 3 kg de alcachofas frescas apenas rinden para un plato.

A House no le gustan como a mí, no comparte los mismos recuerdos de infancia. Una lástima ya que eso me obliga a finforronearmelas todas. Es uno de los platos estrella de la tita Mercedes de Madrid. Después de una visita a casa de las titas, el hecho de regresar cargada, entre otras muchas delicatessen, con un tupper de alcachofas en salsa, o un arroz con alcachofas, y saber que House me las va a ceder cariñosamente, me hace quererle aún más si cabe. Él se ocupa de terminar con las habas en sobrehusa, que a mí me van menos, mientras que yo me encargo de dar buena cuenta de todas las alcachofillas (y si me siento caritativa incluso a veces le dejo alguna para que las pruebe). En nuestra última visita nos surtieron con comida para alimentar un regimiento y no tener que guisar durante toda una semana. Anticipándome a aquello me ocupé de hacer hueco en la nevera, que se quedó tiritando, e incluso me llevé unos tuppers (para no dejarlas a ellas sin ninguno). Empero, ante la actividad febril que las dos damas habían desarrollado en la cocina a lo largo de los días previos mis medidas resultaron insuficientes. Lo que me asombra es que, siendo su nevera bastante más pequeña que la mía, a ellas les quepan las cosas sin dificultad. Además de lo que habían preparado de menú, que donde no cabía era en la mesa, y que incluía, además de los aperitivos, un arroz de pollo y mariscos del que, a pesar de repetir, aún nos llevamos para la comida del día siguiente, tenían hueco suficiente para las viandas de mi madre (junto con parte del arroz) y las cosas especialmente guisadas para el pobre House (que había salido de una guardia infernal). Sin embargo, una vez de vuelta a casa, en mi nevera vacía yo apenas encontré sitio suficiente para colocar "sólo" esa última parte: codornices en salsa, deliciosas espinacas, guiso de berenjenas con carne y, fuera del frigorífico, rosquillos suficientes para el desayuno y el postre de tres días.

Esta vez las alcachofas, tiernísimas, estaban en el arroz. Además me traje su receta especial. En el colmo de la comodidad he descubierto que Gutara tiene unas ya envasadas que están estupendas (naturales, sin ácido) y que siempre tengo en casa. Si no se van a consumir todas hay que ponerles limón o perejil o se ponen negras, aunque siguen igual de buenas. Las versiono en un instante, según el ánimo del día.

ALCACHOFAS EN SALSA de la tita Mercedes

Ingredientes:
4 alcachofas por persona.
1 cebolla mediana
1 tomate rojo y hermoso
Ajo, perejil y una hoja de laurel
Aceite de oliva virgen extra.
Un pellizco de azafrán (opcional)
Sal.
1 cucharada sopera y colmada de harina (para espesar. También se puede usar almendra molida)

Elaboración:
En primer lugar, arreglar bien las alcachofas: hay que quitarles las hojas verdes y duras de fuera y también los pelos finos de su interior (este último paso es fundamental porque resulta muy desagradable sentirlos en la garganta). Ponerlas en remojo con agua con perejil o limón para que se conserven blancas. La vitamina C presente tanto en el perejil como en el limón evita que se oxiden y se ennegrezcan. De vez en cuando también conviene frotarse los dedos con ello para evitar que les suceda lo mismo a las uñas.

Poner al fuego un poco de agua con sal y la hoja de laurel y cocer los corazones de alcachofas hasta que estén blandos y tiernos. ¡Cuidado! Hay que vigilarlas porque tardan muy poco, aprox. unos 7 minutos, y no interesa que se deshagan. Sacarlas del agua y ponerlas en una fuente. Reservar el caldo de cocción.

Por cada kg de alcachofas hacer un sofrito con la cebolla picada, el tomate, el ajo majado, con el perejil y el azafrán. Cuando la cebolla esté transparente añadir 1 cucharada de harina y el caldo de las alcachofas. Cocer hasta que espese. Pasar por la turmix para que quede una salsa fina.

Verter por encima de las alcachofas y darles un hervor, muy corto.
Es recomendable dejarlas reposar tapadas una vez hechas antes de servir para que cojan bien todos los sabores. 

martes, 27 de noviembre de 2012

Resignación y Reacción

Hay momentos en los que las aspiraciones y las quejas sólo avivan el descontento general. Cuando algo es irremediable hay que asumirlo como tal y sobrellevarlo lo mejor posible con la esperanza de que esa disposición contribuya a salir del atolladero. Resignarse va en contra del instinto pero ¿no es la razón del hombre la que ha adaptado la naturaleza del resto del mundo a sus deseos?

No obstante, aunque se parta de esa buena disposición de base también hay situaciones que desencadenan de manera inevitable una reacción. La tolerancia ha rebasado su nivel de sobresaturación, la exigencia aumenta y la paciencia se agota. La cuerda se tensa y se desgarra fibra a fibra, sin nada que alivie la tensión. Llega un punto en el que no da más de sí y se rompe. Una vez rota, repararla es más difícil de lo que habría sido evitar ese punto crítico. Sin embargo la falta del sentido de la medida prevalece habitualmente y siempre se estira un poco más, pese a que se barrunte que sólo pende de un hilo. La cuestión final siempre es averiguar la resistencia del material del que está fabricado ese hilo.

Mientras el juego sea limpio la situación se sobrelleva, pero cuando el perjuicio de muchos va a redundar en el beneficio de unos pocos tramposos y marrulleros, las tornas cambian. Antes de que viren por completo se opta por bloquearlas. ¿Servirá de algo?

¿Se paralizará la privatización del sistema sanitario con lo que eso conlleva, no ya para los médicos sino para los pacientes (que, aunque la mayoría lo ignore, son los auténticos perjudicados en la jugada)? Ahora empiezan con seis centros, pero en realidad lo que dice la ley que pretenden aprobar es que se permite la venta de cualquier centro sanitario a inversores privados. Lógicamente si se hace una ley como esa es con el propósito de, poco a poco y con el tiempo, deshacerse de todos los hospitales.

Se afirma que no habrá diferencias cuando ya las hay. Se defiende que se conseguirá una mejor gestión pero ¿a costa de qué? Sin duda el trabajo repercutirá sobre los médicos pero, por desgracia, la atención sobre quien repercute es en el enfermo. No serán las patologías banales las que se verán afectados por estas medidas, al contrario, posiblemente esos usuarios salgan más contentos que con el sistema actual. Esos enfermos son rentables: el sistema paga por ellos y el gasto que implican es mínimo. Se calcula que cada cliente dejará un beneficio que se estima entre los 40 y los 80 euros, lo que sumado supone unos cuantos cientos de millones de euros. ¿Cómo es posible si actualmente sólo da pérdidas? Además, pese a que el dinero inicial provendrá de los impuestos de los ciudadanos, no serán estos los que verán el rendimiento de su inversión, sino que se lo llevarán unos pocos privilegiados bien posicionados.

Actualmente los hospitales de gestión privada compran lista de espera de cirugías sencillas, de pacientes por otro lado básicamente sanos, a los hospitales de gestión pública. Para hacerse con ellos todo vale, hasta el engaño si es necesario. Les aseguran que "si no acceden a su "petición" su cirugía se demorará varios meses". Algunos prefieren esperar y quedan gratamente sorprendidos cuando "esos meses" se limitan a una o dos semanas después. ¿Qué sucede cuando a alguno de estos pacientes operados fuera le sobreviene una complicación imprevista? ¿Dónde acuden en ese caso? Lógicamente a su hospital. ¿Dónde se les revisa y se les sigue? En ese primer hospital.

Tras el gasto que supone la construcción de nuevos hospitales hay que lograr hacerse con pacientes a cualquier precio. La financiación de estos centros se basa en que el estado paga una cuota por cada habitante de esa zona sanitaria, dependen de ellos para que les cuadren las cuentas. ¿Cómo se consigue que las líneas de autobuses cambien su trayecto y paren en esos centros y ya no pasen por los antiguos? Está claro que esa astuta maniobra requiere algún tipo de intervención externa, no se cambia una ruta así como así. Esta jugada no es infalible: hay pacientes que disponen de coche y prefieren ir a lo "viejo conocido" que a lo "nuevo por conocer". ¿Cómo capturarlos? Una serie insistente de llamadas, en las que hasta las amenazas son válidas, consiguen convencer hasta a los más reticentes. Las peticiones se transforman en demandas. La gran mentira a la que recurren consiste en declarar que su historia clínica se ha trasladado al nuevo centro y que, por tanto, en el antiguo ya no le van a atender. Otra estratagema es la de derivar pruebas médicas, simplemente para así realizarlas más rápidamente, a estos hospitales y, una vez allí, de paso, darle cita con el especialista de turno para que valore los resultados y actúe en consecuencia. ¿Qué hay que operar? No se preocupe, aquí se lo arreglamos todo.

¡Semejante interés resulta casi increíble! ¡Cuánto altruismo! Si esta preocupación por la asistencia fuese de aplicación universal nadie tendría reparos ante la privatización. Sin embargo no sólo hay que ser rentable, sino obtener ganancias y no todos los pacientes son rentables. Serán los enfermos crónicos, los oncológicos, los ancianos, los críticos y un largo etc de estancias aún más largas que ese etc sí que notarán esos ajustes. ¿Cómo? No es tan difícil: valga como ejemplo el rechazar enfermos de otras comunidades a los Centros de referencia (hasta hace poco nacional), negar tratamientos experimentales, pese a su eficacia, o fármacos de "uso compasivo" ante los que no hay alternativa, determinar criterios de edad para colocar o no colocar en la cirugía algún tipo de prótesis. Son cosas que ya suceden puntualmente y el miedo es que su aplicación se generalice.

Se reservarán hospitales para atender a los pacientes crónicos y ancianos, que suponen mayor gasto. Esos centros seguirán incluidos dentro del sistema actual. Sin esta premisa para deshacerse fácilmente de estos pacientes, a los del grupo privado no les interesaba encargarse de la Sanidad madrileña.

Ya ocurre con clínicas privadas que, independientemente del estado del paciente, en coma o moribundo, una vez superada la cuota económica cubierta por su seguro, si no se avienen a pagar de otro modo, se trasladan al servicio de urgencias del hospital público que le corresponda. Las hospitalizaciones prolongadas, llegado un momento, serán dadas de alta por orden del gestor (que no por criterio médico). Me pregunto también si se construirán dos servicios de urgencias, como actualmente existen en algunos centros, en los que los pacientes "buenos" se atienden por un lado y los "indeseables" por otro. ¿Enmoquetarán las salas de espera de los buenos y no dejarán ni una mísera silla en los pasillos donde aguardarán los otros? De alguna parte del presupuesto de mobiliario tiene que salir el gasto de la moqueta.

Quedan muchas cuestiones pero este post lo termino con esta: ¿Se podrá evitar que a fecha de 31 de Diciembre pierdan su empleo los eventuales del sistema sanitario? ¿No es una vergüenza que después de un mínimo de 10 años para obtener el título de especialista, con un periodo de MIR en el que uno vive en el hospital, sin dormir más que a ratos perdidos, la reestructuración exija que no se renueve ni uno solo de esos contratos? Los servicios van a tener que apañárselas y funcionar con menos personal. Si los pacientes ya se quejan de las demoras y hay sobrecarga de trabajo ¿cómo esperan solucionar la situación? ¿Acaso van a remitir las quejas a la gestión privada? Seguro que saben cómo sacarles un buen rédito, es sólo cuestión de cobrar por el trámite.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Sanidad pública vs privada por House

El autor de esta entrada, en la que queda todo dicho con la claridad que le caracteriza, es House. 

La sanidad universal gratuita es un "accidente" en la historia que pocos países se pueden permitir. Los que lo hacen lo consiguen a base de un sistema de regulación y control del gasto bastante estricto. En la mayoría de países no es así, sino que funciona como una actividad económica más de la que se benefician grupos empresariales y los propios médicos. Con esto se explican las razones "ocultas" por las que hay grupos empresariales con influencia política que quieren cambiar el modelo y terminar con el sistema. Es muy simple: tal y como está actualmente planteado no es rentable, no genera beneficios y, por lo tanto, debe ser cambiado. ¿Por qué no ganar dinero con algo que lo está dando en países como EEUU? Si pueden traer los casinos de Las Vegas, lo que sin duda resultará muy lucrativo para los implicados, ¿por qué no importar de paso su modelo sanitario? Además de la ganancia económica para unos pocos ¿qué implica esta transformación?

Lograr una sanidad con cobertura (aparentemente) amplia con los recursos económicos disponibles, y que además le dé dinero a los empresarios, pasa por: putear a los médicos (esto no es una novedad sino que ya se hace; en caso de discrepancia, léase el siguiente párrafo) y recortar el gasto (aunque esa medida obligue a dejar determinadas patologías sin cubrir y a desatender los procesos/pacientes que no son rentables. Esto englobaría enfermedades crónicas y oncológicas, ancianos con su pluripatología y polimedicación, síndromes congénitos... casos que, más tarde o más temprano, se quedarán sin atención, a merced de sus propios recursos.)

España es el país de la UE con sanidad pública en el que menos cobran los médicos. Nos han recortado el sueldo más de un 20% en los últimos 3 años y no hemos hecho ni un día de huelga por ese motivo, a diferencia de otros colectivos públicos. Corren malos tiempos, hay que atarse los machos y lo hemos hecho sin pestañear, después de todo tenemos trabajo y, de momento, seguimos cobrando cada mes. Tener médicos con un sueldo precario, y un contrato más precario todavía, permite aprovecharse de ellos y explotarlos con extrema facilidad. La cosa no termina ahí, sino lo que es más grave, en casos de gestión privada las decisiones puramente médicas pueden (y de hecho así sucede) condicionarse a un criterio económico manejado y dispuesto por el empresario.
¿Es esto una exageración? Pues para ejemplo un botón: no hay que olvidarse de que en Valencia fue un completo fracaso y en Cataluña ya dieron estos pasos para la privatización de la gestión hace más de 10 años y con eso han logrado, hoy por hoy, el servicio sanitario con las mayores listas de espera y las peores prestaciones (aunque eso habría que documentarlo) de todas las comunidades autónomas. Y también tienen la mayor deuda.

¿Qué sucede con la prensa? ¿Cómo es que no informan? ¿Por qué no denuncian esta situación? Creo que la triste realidad no le sorprenderá a nadie. Ha llegado un punto en el que los medios de comunicación también se han convertido en una actividad económica más que trabaja al servicio de los que controlan la riqueza y el poder político. Raramente publican toda la verdad o se ocupan de investigar en serio los asuntos realmente importantes, esos que inciden en la calidad de vida de la población. Siguen una estrategia de silencio, o de verdades a medias, que con facilidad puede convertir una situación de denuncia para el beneficio de los pacientes en otra de desprestigio a los profesionales. ¿Por qué si no es el New York Times el que se dedica a investigar las cuentas en Suiza de los políticos españoles? 

En resumen: el juego va de terminar paulatinamente con un sistema público, que no da dinero a casi nadie, para convertirlo en otro privado, o semi-público, con coberturas parciales para aquellos que lo puedan pagar. Esto redundará en el beneficio y enriquecimiento de los que ya tienen más que cubiertas sus pensiones y atención sanitaria, y se logrará a costa de la población más frágil y, por supuesto, de los profesionales que ya se han acostumbrado a no ganar mucho y que se van a ver forzados a tomar decisiones, que deberían ser puramente médicas, según criterios de rentabilidad económica si es que desean permanecer en sus puestos de trabajo. Se dispone de un numeroso excedente de profesionales a los que ya tienen acostumbrados a ganar sueldos irrisorios en relación a la responsabilidad que asumen por ellos y a la capacitación que poseen, aunque sea solamente en términos comparativos con otros países "ricos". Ahora tan sólo queda obligarles a que realicen su trabajo con el criterio añadido de ahorrar dinero para los que quieren ganarlo. Es solamente cuestión de amenazarles hasta que se sometan ante el miedo de quedarse en el paro. Para empezar nada mejor que con fecha 1 de Enero inaugurar el año poniendo en la calle unos 1000 profesionales sanitarios en la comunidad de Madrid. ¡Si eso no sirve de escarmiento!

Por desgracia esto no lo podemos resolver los médicos, sino que se tiene que concienciar la población, que son los que votan y los que deberían formar el grueso de las protestas. La oposición a este negocio tiene que salir de los hospitales a la calle, a través de los usuarios que, de momento, aún somos todos, y sí, hay que exigir que el  uso del sistema se racionalice aunque no a base de privatizar la gestión. Si se tolera que se empiece por ahí, en unos años se privatizará del todo y sólo tendrán acceso a sanidad de calidad los pudientes. El resto, para hacerse idea de lo que se avecina, tendrá que recordar cómo eran las cosas en los años 50: morir en la calle y verse en la tesitura de decidir si es mejor comprar la pastilla de la tensión o un pollo para comer. Claro que la repercusión de esto último en el sistema tampoco es tan dramático: en poco tiempo se ahorrarían un montón de pensiones. Así habrá más dinero para repartir entre los políticos y los que controlan sus hilos que, paradójicamente, no somos precisamente los que votamos.

Lo más triste es que conseguirán tergiversarlo todo y que parezca que el fracaso del sistema es culpa de los profesionales: "los médicos no quieren porque perderían su estatus" ¿Qué estatus? Es su jugada y han jugado tanto con ella que se conocen todos los trucos y la llevan muy bien estudiada. Al contrario que con la parábola de "Pedro y el lobo" siempre alcanzan su objetivo y convencen con sus argumentos al crédulo pueblo, dispuesto a escuchar su sarta de embustes sobre las ganancias personales de los facultativos en el asunto. Si se puede considerar ganancia el mantenimiento de un sistema sanitario universal, entonces sí que estamos defendiendo esa ganancia, aunque personalmente considero que son los enfermos los que más ganarían.

Desprestigiarnos es muy sencillo. Lo facilita tanta mala prensa acumulada, sin censura alguna, sin cotejo de datos. Lo que se promueve en los medios es la idea de que el médico es culpable hasta que demuestre su inocencia, y para entonces el morbo ha desaparecido y con él se ha perdido el interés en su caso. Es una de sus mejores bazas. En las conversaciones con la administración para negociar, no ya cuestiones económicas sino aspectos de la gestión, la amenaza es difundir primero verdades a medias o, si es necesario, directamente mentiras rastreras y completas. Todo vale con tal de poner a la opinión pública de nuevo en contra de los profesionales. Saben que ante la unión de médicos y pacientes tendrían casi garantizado el fracaso de sus intenciones.

LA SANIDAD ES DE TODOS, no es "algo" de los médicos. Somos unos privilegiados por contar con el sistema actual. Defenderlo nos incumbe a todos. Si el pueblo no se conciencia y actúa, se perderá mucho en este juego y luego será tarde para lamentarse. 

Plan de sostenibilidad

Hay pacientes que no tienen muy claro qué hacer y deciden consultar:



El paciente conoce mejor que nadie sus síntomas e Internet le proporciona el arma perfecta. Ahora sólo tiene que ir al médico a darle una lección al respecto al desorientado médico.


Alguno no se ha aprendido bien la lección y hay que intervenir: 



Para luego darle el alta:


Y para terminar, unas cuantas matemáticas que no dan risa: 

Enunciado del problema: 
En la gestión privada se asignará una cuota de 441 euros por habitante y año (según fuentes de AFEM). Se calcula obtener un beneficio, que aunque el dinero salga de los impuestos redundará en la empresa privada, que oscilaría entre los 60 y los 80 euros por persona. Se plantean los siguientes casos:
- El cetuximab es un fármaco que se usa en diversos tratamientos oncológicos. Se precisa una dosis inicial de 400 mgr/m2 seguida de 250 mgr/m2 semanal lo que daría una media aproximada de entre 600-700 mg al inicio y de unos 400 mg semanales. Cada vial de 100 mgr de Cetuximab tiene un coste de 250 euros lo que, con unas simples operaciones matemáticas, daría un resultado de 1000 euros por semana. 
- El Adalimumab (Humira) es otro anticuerpo monoclonal que se utiliza en el tratamiento de enfermedades crónicas autoinmunes (digestivas, reumatológicas). Una caja con dos plumas (1 inyección cada 15 días) cuesta 1200 euros (una caja cada mes).
- El Infliximab es otra sustancia de la misma familia que comparte similares indicaciones. Se usa a dosis de 5 mg por kg de peso (en las semanas 0, 2 y 6) y el precio de 100 mg (o sea para 20 kg) es de unos 1200 euros. Dado que es dosis por peso si los pacientes adelgazasen, se ahorraría.
- El tratamiento de la esclerosis múltiple con Betaferón supone un gasto de 1000 euros mensuales.
- Cada semana de tratamiento con hormona de crecimiento cuesta 200 euros.
Eso sin contar las consultas, las pruebas y la necesidad de otras medicaciones o del gasto derivado de los ingresos en las crisis de este tipo de enfermedades.

Con estos datos toca resolver la ecuación para encontrar la solución a las siguientes incógnitas:
¿De dónde saldrán los beneficios en estos pacientes?
¿Quién pagará por ello? ¿Cómo? ¿Hasta cuándo?

¡Eureka! Los políticos dicen tener la respuesta. ¡No es ciencia, es magia! (aunque citando a Arthur C. Clarke: "la magia es sólo ciencia que no entendemos aún")

Espero que los avances científicos descubran cómo realizar el truco en la vida real. Debo reconocer que a mí se me escapa y no me cuadran las cuentas. La siguiente cuestión que se me plantea es: ¿Qué sucederá después?


sábado, 24 de noviembre de 2012

Luna

Hasta que pueda volver a poner el corto de La Luna os dejo este precioso paisaje para que imaginéis que es lo que piensa la luna sobre la Alhambra ¿Serán "Los cuentos de las 1001 noches"?
Paisaje lorquiano- José Luis del Palacio

¿A dónde van a parar las estrellas fugaces?
¿Dónde está el mundo de los cuentos?
¿Dónde reside la ilusión?
Sólo hay que levantar la mirada para encontrar ese lugar que está lleno de poesía, deseos y sueños.
¿Qué sucede cuando no la vemos?
¿A dónde se va?
No es que haya desaparecido. Sólo hay que cerrar los ojos porque, en esas noches, ella también es un sueño.




Aviso estreno "La señorita de Trévelez"

Un mensaje de Choce (los preciosos carteles también están diseñados por él)
Aviso que las entradas para el próximo estreno del grupo de Teatro La Cabria,  "La señorita de Trevélez", que tendrá lugar el próximo día 1 de Diciembre a las 21:00h, en el Teatro Cervantes, de la ciudad de Linares, ya están a la venta en el Despacho parroquial de San José, en horario de tarde, y también se podrán adquirir en taquilla el mismo día de la representación. Los beneficios de la representación se destinarán a ayudar a la parroquia.


































































¡Break a leg! a base de reverencias entre un millón de aplausos. (Es más fino que desear ¡Mucha mierda!, sobre todo ahora que ya no hay coches de caballos que vayan a convertir esa expresión en algo literal a la puerta del teatro, gracias a la gran afluencia de público)

viernes, 23 de noviembre de 2012

En el pellejo... de una patata


Soy pequeña, redonda y estoy enterrada. La tierra a mi alrededor es rugosa y seca, y a través de ella noto pasos que se hunden y terrones apelmazados que se agrupan y me empujan.
Siento algo que tira de mí con fuerza. ¡Me han enganchado! Por favor ¡no me arranquen tan bruscamente! ¡Tengan un poco de cuidado, que no me voy a resistir! Ya salgo. ¡Uff, qué frío hace aquí fuera! La luz me ciega, pero dura poco. Me lanzan sin contemplaciones a un cesto. Allí estamos muchas. Guardamos silencio sin saber qué harán con nosotras.

Nos alzamos por los aires y caemos en un contenedor mucho mayor. Rodamos de un lado a otro. Es divertido. Nos sorprende un ruido intenso y sentimos como nuestro nuevo hogar se mueve. Damos saltos arriba y abajo con cada bache. ¡Ay! ¡Qué golpe! ¡Vaya un patatón el que me ha caído encima! ¡Ni siquiera se disculpa! Opto por retirarme del área de peligro y me refugio en una esquina.

Nos detenemos. El mundo se inclina y resbalamos cuesta abajo. Rodamos unas sobre otras. ¡Horror! ¡El patatón de nuevo! ¡Ayayay! Parece que él y su pandilla la han tomado conmigo.
Me sacan de allí. ¡Gracias! Estoy sobre un suelo que avanza. El ruido es insoportable. Caigo al vacío y, al igual que en un circo, una red me detiene. ¡Estoy atrapada!  Junto a mí hay otras como yo. ¿Seremos hermanas de mata? Saludo, pero mis compañeras no me responden. ¡Qué estiradas!

¡Cuánto jaleo! ¡Qué ambiente! Nos cogen y nos dejan de nuevo en el estante. En una de esas, aprovecho para colocarme en primera línea y lucirme. Me siento bonita. ¡Funciona! Un ojo me mira, nos agarra y nos agita. Nos mete en una bolsa y nos saca de allí. Siento curiosidad e inquietud ¿Qué nos sucederá ahora?

El agua tibia resbala sobre mí y se lleva los restos de polvo que aún tenía pegados. ¡Ya era hora! Mi vestido es marrón y sigue sucio a pesar del lavado. Está pegado a mi carne. Me desnudan sin pudor. Una vez supero la vergüenza inicial disfruto de las caricias de la fina lámina de metal que me exfolia. La toilette es completa. Incluso me curan ese callo tan molesto que se me clavaba hacia dentro.

Oigo el agua que hierve a borbotones. Me colocan en una curiosa bañera y el vapor me envuelve. Me relajo en esa sauna que disuelve mis durezas. Me siento tierna e hidratada, apetecible y jugosa. Me untan con aceite para nutrirme cuando salgo de allí. Una sartén. Hace calor. Me bronceo. ¡Ahora sí que estoy realmente seductora con este tono dorado!

Entro en una pequeña gruta. Me dan un masaje húmedo con unas piedras de marfil blancas. Me deshago casi por completo. Está oscuro. Caigo con propulsión. Siento algo ácido pero enseguida paso a través de un tubo. He quedado reducida a unas simples moléculas desperdigadas. Una corriente nos arrastra. Viajamos. Algunas nos abandonan por el camino. Son muchas las que se dejan llevar por una atracción, casi incontenible, provocada por los músculos rojos y fibrosos, tan fuertes y poderosos. Me resisto a su encanto.  ¡Demasiado pronto! Quiero descubrir más cosas. Finalmente, casi en solitario, llego a una zona llena de sonidos, imágenes, cuentos,  ideas y recuerdos. ¡He encontrado mi lugar! Mi periplo ha terminado.


La curiosa patata se quedó fascinada
 con las nóvelas de aventuras de Verne
PULPO CON PATATAS

Congelar un pulpo (de entre 1.5-2 kg de peso) al menos durante 24 horas. Descongelar antes de cocinar.
Poner el agua a hervir con una hoja de laurel y una cebolla. Sumergir el pulpo 3 veces antes de dejarlo cocer.
A los 25 minutos (si el pulpo es más grande necesitará más tiempo de cocción) añadir las patatas enteras y peladas y dejarlas otros 25 minutos hasta que estén hechas.
Sacar las patatas y taparlas para que se mantengan enteras, firmes y cremosas.
Pochar una cebolla. Añadirle una pizca de pimentón, sin dejar que se queme para que no amargue.
Poner el sofrito en una fuente de barro. Repartir las patatas, el pulpo partido y un pimiento rojo asado en trozos. Añadir un par de cucharones del caldo de cocer el pulpo.
Asar en el horno a unos 190º durante 15 minutos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Thanksgiving: tarta de calabaza con especias

La fecha de Thanksgiving varía anualmente en el calendario. En EEUU 1798 George Washington estipuló su celebración el último jueves del mes de Noviembre. Este día se mantuvo así hasta 1941, en el que una proclamación del congreso determinó que la fiesta correspondiese al 4º jueves del mes de Noviembre.

El origen de esta fiesta proviene de la celebración de la cosecha, tanto por parte de los nativos como de los primeros peregrinos. Dado que, al principio, la colonia de Plymouth no tenía suficiente comida para alimentar a la mitad de sus 102 colonos, fueron los nativos de la tribu Wampanoag los que ayudaron a aquellos peregrinos: les dieron semillas y les enseñaron a pescar. La conmemoración del día se instituyó en 1621, aunque en el estado de Florida se data la primera celebración de la cosecha por los españoles en el año 1565. La práctica de llevar a cabo un festival de la cosecha como éste no se volvió una tradición regular en Nueva Inglaterra hasta finales de la década de 1660.

En Canadá, el día asignado para esta fiesta es el segundo lunes del mes de Octubre. Allí, la primera celebración de este día no estuvo relacionada con la cosecha, sino que proviene de una raíz religiosa. La efeméride se debe al explorador Martin Frobisher, marino inglés que emprendió tres expediciones con la idea de buscar de un  pasaje por el norte que le permitiese alcanzar el océano Pacífico y, desde allí, China y la India. Partió desde Inglaterra, subió por las Shetland hacia el Ártico. En su primera travesía uno de sus barcos naufragó, otro se vio obligado a regresar y sólo uno pudo bordear Groenlandia y alcanzar tierra al noroeste. En su segundo viaje, con financiación de la corona, el hielo le impidió desembarcar en Groenlandia y creó un asentamiento en la isla de Hall. En 1578, tras su tercer y último viaje a estas regiones, Frobisher llevó a cabo una ceremonia formal, en la actual bahía que lleva su nombre, para darle gracias a Dios y al cielo por haber sobrevivido al difícil periplo en aquellos mares tormentosos cuajados de icebergs.

La cena tradicional consiste en pavo acompañado de pan de maíz y el postre clásico es una tarta de calabaza, generalmente de corteza crujiente y relleno cremoso, hecho del puré de la cucurbitácea mezclado con azúcar, huevos y especias.

Esta receta está sacada de un cuaderno recopilatorio escrito por una asociación de abuelas de un "Hogar del Pensionista" de San Francisco y comprado en una librería de segunda mano en Berkeley.

TARTA DE CALABAZA CON ESPECIAS

Ingredientes
Base
- 600 gr de galletas tipo Napolitanas
- 80 gr de mantequilla muy blanda.

Relleno 
2 tazas de calabaza cocida y escurrida
3 huevos ligeramente batidos
1 taza y media de leche evaporada (se puede sustituir por una tarrina de 200gr de queso Philadelphia Light y media taza de leche)
2/3 de taza de azúcar moreno (1 taza si se ha utilizado queso Philadelphia)
1 cucharadita de canela molida
1 cucharadita de jengibre molido
Un cuarto de cucharadita de clavo molido
1 cucharadita de vainilla
Una cucharada sopera de Bourbon
Media cucharadita de sal (no poner si se ha usado queso Philadelphia en lugar de la leche evaporada)

Elaboración
Base
Moler las galletas y mezclarlas con la mantequilla blanda. Sobre la base de un molde desmontable, forrado con papel parafinado, colocar la mezcla de galletas bien prieta.
Enfriar en la nevera durante al menos 30 minutos.
Relleno
Mezclar todos los ingredientes del relleno con la batidora.
Verter sobre la base de galletas una vez ésta haya adquirido consistencia al enfriarse.

Cocción
Hornear a horno fuerte, 220ºC, durante unos 20 minutos, hasta que cuaje y la superficie no oscile al inclinarla.
Enfriar durante toda una noche para que se asiente bien.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Fósiles del planeta Gavín


Tras el eclipse la luna ilumina las desgastadas mesetas tibiales de un mágico mundo de fantasía. Sobre las colinas onduladas de los cóndilos se elevan los fragmentos de roca de una gastada rótula. Entre sus sueños Javier Comas ha descubierto los delicados fósiles olvidados del planeta Gavín. En su obra recorre, al igual que una sonda espacial, las suaves dunas de ese antiguo desierto en busca de los restos de su vida pasada.

Junto a las estrellas se asoman a la noche semillas enterradas que otrora arrastró el viento. Al amanecer la luz dorada revela esqueletos de murciélagos que se colaron en sus cielos y que reposan para siempre en la pendiente de sus laderas. Escondido en sus simas aún quedan restos del mar de líquido sinovial en los que flota, a la deriva, el recuerdo cristalino de una hoja hundida. Su silueta evoca la imagen de un árbol perdido en medio de un bosque que ya no existe.

Los fósiles del planeta Gavín conforman una colección exquisita, de sutiles sombras apenas esbozadas, perfiladas entre los gráciles relieves de un mundo perdido.

martes, 20 de noviembre de 2012

Reglas de sangre

El día que tengo quirófano es, sin duda, el que más disfruto. ¿Es que poseo una vena sádica incontrolable? ¿Soy acaso un ser de esos que se relamen al pensar en la sangre fresca? Considero que en absoluto.

Contra todo pronóstico soy la primera en cerrar los ojos con fuerza y tapármelos con las manos cuando me encuentro ante una película en la que se exhibe crueldad. De hecho, por regla general, las evito. ¿Una película de miedo? ¡Horror, no! Definitivamente no son lo mío. Puedo contar con los dedos de una mano las que he medio visto. La más espantosa sin duda fue Pesadilla, para la que quedé con una amiga por error, o quizás sea más apropiado calificarlo de ignorancia: no sabía a lo que iba, jamás había visto una película de terror y ni con mi mente más calenturienta era capaz de imaginar algo semejante. La primera escena me pilló desprevenida. A partir de ahí me pase el resto de la proyección arrebujada en el asiento, con el abrigo sobre la cabeza, los párpados apretados, para que no se colase a través de ellos ni una sola escena más, y con los oídos colapsados con kleenex, además de con las propias manos, que era lo único de lo que disponía. Anteriormente había visto "El Baile de los Vampiros" en uno de los cines de los Colegios Mayores. Aunque se suponía que era una comedia,  ni hermanísima ni yo le vimos la gracia por ningún lado (gracias a aquella experiencia pasamos varios meses durmiendo con las sábanas enroscadas alrededor del cuello y, por supuesto, sin levantarnos para nada durante la noche). De todas ellas la única que me gustó fue Drácula de Bram Stocker (que me pareció buenísima y más romántica que terrorífica, aunque para entonces ya estaba escarmentada y la vi en DVD, a una hora razonable (sobremesa), con buena luz y bien acompañada. House me indicaba cuando podía abrir los ojos de nuevo tras los pasajes más desagradables.) Mi sensibilidad no sólo se ve afectada en las secuencias de terror, sino que cualquier escena sangrienta, desagradable, sádica, morbosa o "gore" me produce un tipo de repulsión similar, y aún no he hallado nada que me compense el pasar voluntariamente por ese trauma. ¿Disfrutar de la película? Mi concepto de disfrutar discrepa.

Con semejantes remilgos ¿cómo soy capaz de operar? En realidad la explicación es muy simple: existen distintos tipos de sangre. Está la sangre, luego la ¡sangre! y finalmente ¡LAA SAAANNGREEE UUUHHHH! La sangre de las cirugías debe incluirse en el primer grupo, la de las urgencias en el segundo y la del miedo y el sadismo pertenecen claramente al tercer rango. La de las analíticas, especialmente cuando es propia, se sitúa a caballo entre los dos últimos.

En una operación la sangre está controlada, al menos idealmente. El concepto general es que "cuanto menos sangre mejor". Esto es debido a que la regla de oro de las cirugías es la de "ver" lo que se opera: saber reconocer las estructuras, los planos, conocer la anatomía para anticiparse a lo que pueda surgir. La sangre en exceso no permite ver, por eso una buena hemostasia es fundamental. Si se diseca por el plano adecuado también se minimiza el riesgo de sangrado. Son planos de separación en los que los vasos se identifican y se pueden ligar y quemar antes de cortar. En ocasiones ese tratamiento es insuficiente, un vaso se rompe y puede sobrevenir un momento de estrés. La adrenalina se dispara, la concentración se fija aún más y esa eventualidad se convierte en prioridad absoluta: antes de proseguir hay que cortar la hemorragia. Si se puede ligar el vaso en el momento ¡perfecto!, si no es así, hay que tomar alguna medida que permita progresar en ese sentido hasta cazar el vaso en cuestión y controlarlo definitivamente.

En las urgencias los sangrados aparecen de repente y sin avisar. Hay que descubrir su origen sin más demora. Hacerlo en medio de un mar rojo no lo facilita: gasas, ¡muchas más gasas!, aspiración, tirar, lavar, limpiar coágulos... ¡Hay que correr! El paciente está despierto cuando comienza la hemorragia y con frecuencia hay que iniciar la actuación sobre ésta antes de dormirle por completo. Mientras el anestesista le inyecta las drogas, el cirujano ataca. Si es una herida quirúrgica hay que reabrirla inmediatamente: fuera grapas y puntos, separar los bordes, levantar rápidamente los colgajos, tirar, limpiar, lavar. Todos los pasos se encaminan a orientar el origen y revelar el vaso culpable. Una carótida provoca una hemorragia cataclísmica, una yugular puede dar sangrados intermitentes, que ceden al abrir el cuello para buscarlos, los vasos arteriales evolucionan mucho más rápidamente y los venosos son más larvados, pero también más difíciles de encontrar.

Todas las hemorragias se quedan grabadas a fuego en la memoria. Recuerdo una rotura aórtica en una guardia en la que me metí en quirófano a ayudar a mi amiga, la cirujano vascular de guardia. Mi papel se limitó a meter el brazo en el abdomen lleno de sangre y coágulos del paciente y agarrar y apretar la aorta rota con todas mis fuerzas contra la columna vertebral mientras llegaba el cirujano vascular localizado, al que habían avisado. No se veía nada. Notaba el latido en mi puño y los huesos de las vértebras con la mano. En esos momentos se recurre a todas las fuerzas, se vacían las reservas de cortisol y adrenalina  y el cerebro funciona a mil por hora, aunque a la hora de la verdad no se sea capaz de nombrar ni una pinza de hemostasia, ni de pedir una ligadura (definitivamente no es el área del lenguaje la que se estimula). El tiempo vuela aunque parezca hecho de instantes eternos. Al terminar el cuerpo aguanta sorprendentemente bien tras la tensión hasta que, poco rato después, toda esa energía desaparece y sobreviene el gran bajón. El agotamiento es total y aún así hay que terminar la guardia y cruzar los dedos para que esa noche no suceda otro caso desesperado.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Una sugerencia con consecuencias

Un beso para Posti (Florence Liley Young)
Hace un año llamé a Posti para felicitarle por su cumpleaños y el chiquillo me comentó tímidamente que pensaba que, a lo mejor, le ponía algo en el blog en homenaje por su día. Es cierto que tenía razones para esperar algo así. Yo solita, y sin ayuda, me había metido en ese jardín al haber colgado algunas entradas por ese mismo motivo: los 40 años de hermanísima y, a reglón seguido, otra para mi angelical prima y también para su hermano (a los que separan varios años menos un día), unos recuerdos para mi tío y un homenaje a la tita Mercedes. ¿Cómo podía resistirme a su petición? Lógicamente, me senté delante del ordenador y escribí una entrada para mi primo pequeño. Hermanísima, que es además su madrina, también le redactó una bonita carta.

Tras esa experiencia quise evitar que nadie más pudiese sentirse decepcionado por esperarse un post y no encontrárselo y, para no olvidarme de ninguno (con tantos como somos, un lapsus lo tiene cualquiera) y evitar hacer distinciones, envié un mensaje general a la familia para elaborar una lista con los cumpleaños de todos aquellos que desearan figurar en el blog. Mi convocatoria gozó de un gran éxito y allí se inscribió hasta el apuntador. Si alguno faltaba, o dudaba, ya se encargaba cualquiera de sus allegados de persuadirle o reparar el fallo, e incluso de abrirle una cuenta de correo llegado el momento. De ese modo quedé encargada no sólo de bucear entre mis recuerdos hasta encontrar una anécdota tierna, divertida, original y característica del protagonista del evento, sino también de inaugurar la cadena de correos familiar de su día en cuestión con una frase sencilla de felicitación y un enlace al blog con la entrada correspondiente. A partir de ahí el resto se enganchaba en serie con un "responder a todos". Aparecían nuevas "felicidades" y la cadena se disparaba a modo de spam (para desesperación de nuestro intruso accidental, cuya presencia ignorábamos, y sobre el que también escribí. Lo merecía tras casi un año de compartir su cuenta de correo con todos nosotros).

Redactar más de 70 posts de homenaje no ha sido siempre tarea fácil. Aunque los lazos familiares son estrechos, no llevamos vidas paralelas. Soy la mayor de las primas, con 20 años de diferencia con algunos de los pequeños, y la distancia generacional, además del hecho de vivir lejos de la granja y de sólo ir allí durante las vacaciones, ha influido sobremanera en la cantidad de recuerdos que era capaz de rascar. Mi carácter algo huraño y el pasarme buena parte del día inmersa en la lectura, lo que hacía que no siempre estuviese en primera línea o participase en todas las actividades generales, no ha contribuido a facilitar el trabajo. Afortunadamente mi memoria es tirando a buena, aunque mi despiste sea considerable.

Se ha terminado el ciclo y he disfrutado con ello. Espero que a todos los que les haya gustado su entrada le den un beso a Posti como último responsable de la tarea. ¡MUCHAS FELICIDADES POSTI! (y otro beso de mi parte)


domingo, 18 de noviembre de 2012

Respuesta a un artículo del País

Hoy el País, que una supone ingenuamente se haría eco de la noticia de la "Marea Blanca" en defensa de la Sanidad Pública, hace justamente lo contrario: colgar en primera plana un artículo defendiendo las bondades de la Sanidad Privada. Es un artículo tendencioso, sin ningún tipo de investigación sobre lo que hay detrás, simplemente una muestra de la manipulación que se pretende ejercer sobre la opinión pública para salirse con la suya. Lógicamente para lograrlo habrá que desprestigiar aún más a los médicos que, al luchar por el sistema actual, no lo están haciendo por ellos sino por los enfermos. 

Les he dejado este comentario en respuesta a su información tergiversada. No creo que sirva de mucho pero sería bueno que alguien investigase un poco más para tirar de la manta y descubrir qué es lo que se esconde tras la privatización. 

"Lo que no se cuenta es lo que hay detrás de esa rentabilidad. Los seguros privados pagan cifras irrisorias por las cirugías y directamente no pagan al médico por las revisiones. Las complicaciones acaban con mucha frecuencia en hospitales públicos y, lo más vergonzoso, hay centros que prometen curaciones a pacientes incurables y cuando les han exprimido todo el dinero, tras dejarles en la miseria, se disculpan y los devuelven a la Seguridad Social para que se ocupen de ellos, que el banco ya se encargará de desahuciar a su familia. Operar lista de espera de pacientes sin patologías asociadas claro que es rentable. Encargarse de los ancianos, los pacientes crónicos y los críticos es lo que no lo es. ¿Qué va a suceder con ellos tras la privatización? Tendrán que ir a centros de "beneficencia" para su asistencia. ¿Cuántos hospitales van a transformar del mismo modo que La Princesa para que se ocupen de los ancianos no rentables y no tenga que hacerse cargo de ellos el grupo privado? Por último, los beneficios de un dinero que proviene de los ciudadanos ¿quién se los embolsará?"

El Gato Con Botas: Los 3 Diablos



El encanto es una de las armas más peligrosas ¡Es tan fácil acabar atrapado entre sus redes! ¿Qué no? ¿Acaso alguien es capaz de resistirse al que emanan estos feroces mercenarios?

sábado, 17 de noviembre de 2012

Mytho Logique



¿Es mentira la imaginación? ¿Qué ocurre cuando la evidencia produce una falsa impresión y la verdad es increíble? Simplemente que las desventuras de los personajes se pueden convertir en algo muy cómico para el espectador.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Habas en sobrehusa

Heidi Presse
Las habas tienen un sabor muy característico, ligeramente amargo, que cuenta con muchos adeptos. Personalmente yo no me encuentro entre ellos. No es que sea uno de esos sabores que se aprenden a apreciar con el tiempo y no las haya probado lo suficiente. Las he probado desde mi infancia y debo reconocer que el modo en el que más me gustan es crudas, recién desgranadas, fresquísimas, según las cogía mi abuelo de la mata. Aún así, prefería las habicholillas con diferencia y, si debo escoger una verdura con un regusto amargo, sin duda serían los espárragos trigueros, especialmente los silvestres que recoge mi tío Andrés a lo largo de sus paseos a la orilla de los olivos. Me encanta el crujido que hacen al partirlos con los dedos, el olor que desprenden lentamente en la sartén con un buen aceite y su poquito de sal antes de añadirles unos huevos batidos y cuajarlos en una irresistible y dorada tortilla.

Mi abuelo recogía las habas de su huerto y las traía orgulloso a la casa. Eran unas vainas grandes llenas de semillas carnosas y tiernas. A la hora de plantarlas le asignaba el trabajo a mi hermano y sus dos secuaces, a cambio de una pequeña recompensa económica. Para que la planta creciese en condiciones, sin ahogarse, les indicó el mejor modo de realizar la tarea: les señaló la distancia a la que debían cavar los agujeros y les explicó que tenían que enterrar tres semillas en cada uno de ellos para conseguir una mata digna. Ni cortos ni perezosos los mercenarios se pusieron a la obra. El campo arado era grande y el cubo de habas estaba lleno hasta los topes. Tras haber recorrido un par de surcos se hartaron de contar. Un par de surcos más allá, los riñones y las manos empezaron a acusar el esfuerzo. ¿Pasaría algo por no seguir las instrucciones detalladamente? A fin de cuentas no era más que echar a un hoyo un puñado de habas. Seguro que daba lo mismo tres que cuatro, y el cubo estaba repleto. Una vez bajo tierra ¿quién iba a darse cuenta? Continuaron sembrando con esa filosofía en mente. Al terminar el cubo, fueron a recoger sus honorarios.

- ¿Ya habéis terminado? ¿Tan rápido?- se extraño mi abuelo.
- Por supuesto- afirmaron muy ufanos los tres chiquillos.
- ¿Y habéis tenido suficiente para todos los surcos?- se interesó el abuelo.
- La verdad es que nos han faltado unas cuantas habas- reconoció mi hermano (unas cuantas significaban un surco y medio sin plantar)
- ¡Qué raro!- se extrañó mi abuelo- Las había contado y estaban justas.
¡Contado! No "contaban" con ese detalle.
- ¿Seguro que lo habéis hecho bien? ¿Tres por agujero?- insistió el abuelo.
- Sí, sí- afirmaron - lo hemos hecho según tus instrucciones.
- En fin, supongo que me habré equivocado en los cálculos - comentó el abuelo mientras les daba los cinco duros de recompensa prometida.

Unos meses más tarde las matas brotaron. Para meterse en esa jungla habría sido necesario un machete. Claro que la intervención, a renglón seguido, de mi tío "el Gris" derivó en un gran ahorró de trabajo.
- El otro día me comentaron que ha salido un herbicida para la maleza que, a baja concentración, acaba con la grama sin perjudicar los cultivos. Podríamos probarlo- le sugirió a mi abuelo.
- No estaría mal. Nos ahorraría un montón de trabajo- accedió éste.
- Yo me ocupo, no te preocupes por nada- le prometió el tito.
Con su habitual disposición, le falto tiempo para ponerse manos a la obra. A última hora de esa misma tarde el campo de habas ya había sido regado en su totalidad con la disolución del milagroso producto. Al día siguiente, del matorral amazónico no quedaba más que el testimonio marchito y mustio de sus restos arruinados.
- ¿Qué ha sucedido?- preguntó mi abuelo al encontrarse aquella terrible devastación.
- Que lo del herbicida era un engaño y evidentemente no sólo quita las malas hierbas sino también las buenas- se justificó mi tío, desolado y frustrado.
- Pero ¿lo usaste en todo el campo? ¿Por qué no lo probaste nada más que en un sector?
Mi tío miró con asombro a su suegro. ¿Cómo no se le había ocurrido hacerlo así? Demasiado tarde, claramente aquello no tenía remedio.

Hubo que esperar una nueva cosecha para obtener habas. En esa ocasión el abuelo se ocupó de todo y el resultado final le dio razones suficientes para sentirse orgulloso. Mi abuela las preparó en tortilla, con arroz con conejo y, por supuesto, en sobrehusa (un tipo de potaje que es además la receta favorita de mi padre y que aquí transcribo).
Shelling Peas- Robert G. Hutchison

HABAS EN SOBREHUSA
Se fríen un par de dientes de ajo en láminas y se rehoga una cebolla picada hasta que se torne transparente.
Se añaden a la sartén las habas frescas peladas y se marea todo junto, muy ligeramente.
Se cubren con agua y se les pone un poco de pimentón, una pastilla de Avecrem, sal y un chorro de vinagre. Se dejan hervir. Debe quedar un guiso caldoso.
Al final se les echa una cucharada de pan rallado, un poco de comino y un huevo batido o unos huevos duros picados. Se sirven calientes y recientes.


jueves, 15 de noviembre de 2012

Un patio particular

Sutton Palmer
El patio de la granja era un lugar lleno de vida. Nada más salir te recibía con sol y un olor intenso a jazmín. Ese aroma se ha grabado en mi memoria de tal modo que lo tengo íntimamente asociado a la granja. El arbusto lleno siempre a reventar de pequeñas flores blancas se apoyaba en la pared que había entre la casa de mi abuela y la cocina de mi tía. Según mi tía abría la puerta por la mañana, aparecían una veintena de gatos a saludarla. Sabían que traía con ella un buen cazo de migas en leche que devoraban en un santiamén. Luego se esfumaban y no volvían a asomarse por allí hasta la mañana siguiente.

Según avanzaba la mañana era el olor a comida lo que impregnaba el aire. Al alejarse la hora del desayuno y no acercarse la de la comida, que no se esperaba hasta bien entrada la tarde, aquellos aromas me provocaban gruñidos en las tripas. Afortunadamente nunca me negaban un tentempié. La excusa de que me iba a quitar el apetito sabían que no tenía validez en mi caso. 

En los laterales del patio solía haber ropa tendida secándose al sol. Me gustaba cuando eran la sábanas grandes y blancas las que colgaban de las cuerdas y creaban pequeños refugios en los ángulos de las esquinas. A veces ponía una silla escondida detrás de una de ellas y me sentaba allí a leer. El techo estaba cubierto por un enramado de parras cuyas grandes hojas daban sombra al patio. Hacia finales de verano, se llenaban de dulces uvas de un color dorado pálido. Recuerdo que mi abuelo protegía los racimos con las redes de las mosquiteras para evitar que se las comiesen las avispas. Claro que con mi hermano y sus secuaces matando a esos insectos a cinco duros el centenar, eran pocas las que sobrevivían a la masacre.

Los jazmines no eran las únicas flores del patio. Sobre el suelo de barro cocido, debajo de la ventana de la cocina de mi abuela, tenía mi tía unos tiestos de geranios de carnosas y pilosas hojas y yemas de un tono claro de verde y abundantes ramilletes de flores rojas. Siendo muy pequeña descubrí que estas matas no nacen de semillas, sino de esquejes que se clavan directamente sobre la tierra. Al lado de aquellas macetas estaba "la pila". Era una pila de piedra tradicional pero con la característica añadida de ser el lugar de la granja con mejor suministro de agua, sobre todo caliente, por lo que, además de servir para frotar alguna prenda de vez en cuando, la utilizábamos cuando queríamos lavarnos el pelo. Aquello era todo un ritual. Primero teníamos que ir a la cocina de mi abuela a buscar la pequeña jarra de hojalata azul en la que mezclábamos el agua fría y caliente (de grifos separados, por supuesto). Una vez pertrechados con el recipiente, ya podíamos poner la cabeza dentro de la cubeta de la pila para remojar el pelo con aquello. Rara vez contábamos con champú, solíamos usar el jabón de lagarto, hecho en Canena, que tenía la ventaja de no hacer mucha espuma y necesitar sólo un enjabonado para limpiar a conciencia. Más valía así porque para el aclarado final las reservas de agua caliente, incluso en esos grifos, se habían agotado y todas las teorías de que el pelo quedaba más brillante si se usaba agua fría las inventó mi abuela mucho antes de que las anunciasen los expertos en cabello. Era la única manera de que nos enjuagásemos el jabón en condiciones. En verano el agua fría salía caliente del depósito con sólo esperar a las horas centrales del día. Con el calor de Linares muchas veces la ducha diaria era un manguerazo en el centro del patio que, además de quitarnos el polvo de nuestras excursiones, nos refrescaba lo que, con más de 40 grados a la sombra, se agradecía.

Childe Hassam "Red Geraniums"
El patio era lugar de paso para nuestras correrías. Desde ahí accedíamos a las viejas naves: al cuarto de los juguetes, a los tejados, a las ruinas de los gallineros, incluso a los columpios y a la piscina. También servía para dar la vuelta a la casa y cruzar por dentro a modo de atajo, lo que resultaba muy útil cuando jugábamos al escondite. Ofrecía tantas vías de escape que era un lugar ideal para ocultarse ya que te permitía aislarte y desaparecer cuando alguien se acercaba.