viernes, 1 de marzo de 2013

Patinaje artístico

Siempre he asociado el patinaje sobre hielo más con el arte que con el deporte. La música, el contraste de colores de los vestidos de telas ligeras y vaporosas convierten a los patinadores en bailarines y la pista en un escenario. Me encanta el modo en el que se deslizan a toda velocidad sobre el hielo y parecen flotar sobre las cuchillas. Aceleran, se elevan, vuelan y contengo la respiración mientras giran en el aire. Danzan y rotan sobre el patín en un remolino de eje tan perfecto como el de una peonza. Se doblan, se estiran, y crean figuras elegantes, tan llenas de equilibrio y gracia como las del ballet. Al verles me entran ganas de imitarles.

He patinado muy pocas veces sobre hielo. Da la falsa impresión de ser algo muy sencillo, que se reduce a una cuestión de resbalar y dejarse llevar por la inercia, tan ligera como el viento. Es una lástima que además exista la fuerza de la gravedad y que sea ésta la encargada de devolverte dolorosamente a la realidad. Para colmo de males, la única pista que había en Madrid estaba abarrotada de aficionados y era impensable intentar nada más artístico que mantenerse en equilibrio, esquivar a los caídos y evitar ser víctima de empujones y de risas malintencionadas. Tras la experiencia real, la ilusión de deslizarse sobre las cuchillas se deshacía al igual que el hielo. Repetir al año siguiente servía para afianzar la lección y recuperar algún moratón.  

El patinaje artístico está íntimamente ligado a mis últimos recuerdos de la Baronesa. Era la hora de la siesta y emitían el campeonato del mundo por televisión. Sonó el teléfono. Reconozco que en ese momento lo cogí sin gran interés, con la atención puesta en el ejercicio de Miki Ando. Hay instantes que lo cambian todo, y ese fue uno de ellos. En lugar de la esperada puesta al día habitual, mi pobre madre me contó muy afectada que la abuela había perdido el conocimiento de repente, así sin más, durante la comida. Me olvidé por completo de la pista de hielo, no me enteré de nada de lo que sucedía en ella y, sin embargo, aquella escena se me quedó grabada. Tanto es así que, hasta la siguiente temporada no me apeteció volver a ver más patinaje y aún ahora, al recordarlo, se me hace un nudo en la garganta. También se ha convertido en algo que me hace viajar atrás en el tiempo y revivir otros muchos momentos compartidos con la Baronesa. Son momentos llenos de cariño, a los que me aferro.

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