domingo, 30 de junio de 2013

María (un cuento de mi amiga Olga)

Este cuento se lo ha escrito mi amiga Olga a su sobrina con motivo de su partida a su primer gran viaje. ¡Cómo crecen estos bebés! 

Estaba en el mejor momento del sueño, en concreto soñaba algo que parecía muy, muy real, algo que tenía que ver con el comienzo de una historia increíble, cuando, de repente, oyó un sonido… raro, hueco, como si de una gruta se tratara, y se despertó un poco. Prestó atención durante un rato, pero el sueño la venció y volvió a quedarse dormida. No sabía cuánto tiempo habría pasado desde esa primera vez cuando volvió a escucharlo. Esta vez mucho más cercano y, al contrario que antes, se repetía con regularidad, e incluso parecía que le tocara, o que le empujara. Era una sensación un tanto incómoda y no le gustaba.

Ella quería dormir. Sin embargo, parecía que se acababa la paz de ese día así que decidió despertarse. Primero estiró un brazo, mientras bostezaba, luego el otro, pero notaba que todo le pesaba. ¿Se habría quedado enganchada? ¿Por qué había dejado de tener sitio suficiente para estirarse como siempre? Mientras se ocupaba en estos pensamientos percibió de nuevo el ruido y, ahora sí lo tenía claro, una oleada que sintió como un empujón. Afortunadamente estaba completamente tumbada y no tuvo miedo de caerse. Eso sí, decidió que, definitivamente, debía levantarse del todo.

Volvió a intentar estirarse, sólo para ratificar que allí no había sitio. Abrió los ojos para averiguar qué pasaba, primero uno, el derecho, su ojo escrutador, el que más abría cuando tenía miedo o cuando reía…. Y no vio nada. Abrió también el izquierdo. Y la misma nada. Todo era oscuridad. Claro, pensó, si es de noche y estoy durmiendo, es normal que la luz esté apagada.

Y mientras intentaba hacerse la valiente en esas circunstancias un tanto penosas, vino otro conjunto de ruidos y movimientos. Y esta vez duraron mucho rato, tánto que empezó a encontrarse realmente mal. ¡Ya no aguantaba más! Basta que decidiera eso para que los ruidos y los movimientos fueran cada vez más frecuentes, y cada vez más dolorosos. Parecían golpes. En el fondo no sabía si es que aun estaba soñando o si, simplemente, su cerebro funcionaba más lentamente y por eso no conseguía terminar de despertarse.

Fuera por lo que fuera, empezó a buscar alguna luz que la guiara. Y allí, en cuanto estiró la cabeza, pudo ver un mínimo halo de luz. La situación era cada vez más insostenible. No recordaba que nunca la hubieran dado una paliza similar. Y lo que es peor, según avanzaba hacia la luz, y lo que ella creía era su salvación, más difícil era el camino. Sin duda su sueño tenía algo que ver con las grutas, porque eso era una cueva y sabía que ya que estaba entrando en ella, no había otra opción más que seguir hacia delante y salir. La marcha atrás, con todo lo que estaba pasando, no era una opción.

Siguió avanzando y, de pronto, la deslumbró una luz intensísima, cegadora. Se asustó un poco más pero reunió fuerzas para apresurarse en su salida. Consiguió avanzar un poco más y, sin saber cómo, se encontró frente a frente con unos pies grandes, muy grandes, de hecho nunca había visto unos pies similares. ¡Y además eran verdes! como de papel. Eso era raro. Miró un poco más y antes de dar más pasos se fijó en que había otros pies también muy grandes pero algo más alejados y nerviosos. No paraban de moverse, no paraban de bailar. ¿Qué era aquello? Decidió girar un poco la cabeza y se encontró de pronto con un trozo de tela marrón clarito, ¿o era un muro, o era piel? ¿Qué era? Guiñó los ojos, procuró pensar con más claridad, aunque era muy difícil mientras recibía golpes sin parar. Pero a la vez se dio cuenta de que los ruidos habían desaparecido, ahora todo era silencio, ¡por fin! ¡Qué tranquilidad!. Abrió su ojo derecho para investigar más y, de pronto, recibió una sorpresa. Se sintió traccionada por unas manos gigantes, que tiraron de su cabecita y la sacaron de aquella gruta en la que debía haber estado mucho tiempo, tanto que no recordaba.

Le dieron la vuelta y comenzó a ver un espectáculo digno de ser contado. El señor de los pies verdes tan grandes la sostenía en brazos, y le decía cosas como si la regañara. El otro señor con los pies verdes, el más nervioso no paraba de repetir: ¡Mira Violet qué guapa es! ¡Todo va a salir bien! Y en la cama de al lado, una mujer con el gesto cansado de haber hecho un gran esfuerzo, similar al que acababa de soportar ella, le contestaba algo como: ¡Ay Matt, qué contenta estoy! ¿Está bien?

Ella no sabía muy bien qué contestar. Todos la miraban y esperaban que hiciera un gran discurso. Pensó rápidamente y decidió comenzar por quejarse del despertar tan brusco que había sufrido, de los ruidos, de los dolores, de la oscuridad de dentro y, para no terminar con malas palabras, agradecer su colchón de agua en el que, hasta ese día, había dormido tan tranquila y feliz. Después preguntaría cuando podría volver a su cama. Y saludaría a esta gente nueva tan peculiar.

María decidió decir todo eso y mucho más. Pero cuando abrió la boca e intentó vocalizar sus pensamientos, tan meditados, se quedó muda de asombro porque lo único que podía pronunciar era : Buahhhh… Buah… Buah… ¡Oh, qué vergüenza! No sabía que le pasaba a su lengua. No podía hablar. Y los señores que estaban ahí mirando, al contrario de lo que ella podía esperar, empezaron a reírse y a llorar de alegría al ver que ella sólo podía decir: Buahh.. Buahh…

¡¡Qué raro!! Cada vez que intentaba decir algo, por más ganas que le ponía, solo obtenía un lamento, un lloro. Curiosamente, en cada ocasión sus espectadores se reían más y más. Y se la cambiaban continuamente de manos. Pero ¿qué estarían pensando? ¡con lo cansada que estaba! Ella solo quería  dormir un rato, que le apagaran la luz y contarles lo que había pasado ahí dentro. Pero aún le quedaban varias sorpresas. La señora que estaba en la cama la cogió con unos brazos muy dulces y empezó a mecerla con mucho cuidado, a un lado y a otro. Dijo que ella era Mamá. María no sabía por qué no era Violet, si antes el señor de los pies nerviosos la había llamado así. Pero si ella decía que era Mamá, sería que aquí la gente se cambiaba el nombre cada dos por tres. Y Mamá la acarició varias veces más, pero lo más increíble fue cuando la apoyó sobre su pecho. Resulta que desde allí María oía los mismos ruidos que antes le habían asustado, pero muy, muy lejanos, y sobre todo, ya no tenía dolor. El señor de los pies más grandes, que se llamaba Doctor antes y ahora, decía que eso no eran golpes, no! Él lo llamaba contracciones: ¡Qué alegría Violet que ya no tenga más contracciones!, dijo. Y María se preguntó de nuevo: pero si no es Violet, es Mamá, o ¿ ha vuelto a cambiar de nombre? ¡Qué gente más complicada!. Sólo abría su ojo derecho. Desde luego no se iba a molestar en abrir el otro ojo para ver cosas tan extrañas. Lo abriría cuando hubiera descansado. Notó cómo volvía el sueño. Estaba a punto de dormirse por completo cuando notó otras manos, también dulces y cariñosas. Le dijeron: ¡Hola María! ¡Soy Papá! Rápidamente volvió a abrir su ojo más atento y se extrañó de nuevo. ¡Ajá! El señor de los pies nerviosos es Papá, aunque a ratos también es Matt, y vete a saber cuántas cosas más. Definitivamente, he tenido bastante trabajo en poco rato. Decidió decirle que gracias por ese abrazo tan cariñoso, pero que quería dormir un poco más. En cuanto empezó a pronunciar la primera letra, volvió a sonar: Buah…Buah… Y según esperaba, Papá puso una sonrisa de oreja a oreja (no entendía muy bien por qué) y, afortunadamente, la dejó en una cunita para descansar. No era su cama de agua, pero tampoco estaba mal. Eso sí, tenía unas paredes a los lados para que nadie la viera mientras estaba allí dormida. Y no había tripitas cerca que hicieran ruidos. ¡Qué bueno era hacerse mayor!

En cuanto pasaron unas horas y se apagaron todas las luces, María se sentó en su cuna, miró por encima de sus paredes y observó cómo Mamá y Papá recibían a un grupo de personas. ¡Estas ya no tenían los pies verdes! Pero seguro que sí tenían nombres raros o cambiantes y, más seguro aun, se reirían en cuanto ella empezara a llorar. Desde luego tenía que encontrar alguna solución a ese problema, descubrir cómo expresarse. Con lo lista que era, no le costaría mucho. Lástima que no hubiera ninguna amiguita de su edad para probar.

Se dedicó a ponerse guapa. Con su manita se repeino sus mechones de pelo negro y decidió que para sus primeras visitas abriría los dos ojos, pondría su mejor sonrisa, y no hablaría nada. Nadie se iba a dar cuenta de lo que no podía hacer. ¡Sería perfecta!


Llegaron unos que eran Abuelos, aunque decían que ellos no querían ser abuelos, aunque deseaban serlo. ¿Veis cómo no hay quien los entienda? y otros que eran Tíos y Tías. Estos tenían nombres raros y largos. Uno era María de la Inmaculada Concepción,….imaginad sí alguien puede quedarse con un nombre con tantas letras después de tanto trajín. Todos empezaron a abrazarme y me dí cuenta de que sólo con abrir los ojos, también sonreían, sobre todo Alvaro y José, porque las dos Tías lo que hacían era llorar, como Papá y Mamá. A estas ya desde el primer día pensé que era mejor llamarles Mari y Onga, a ver si diciéndolo con cariño no lloraban tanto ¿Será que también a ellas les habían pegado como a mí con las contracciones?. ¡Uf! eran demasiadas cosas para 3 horas de vida, ¿no? Decidí relajarme, y eso hice hasta que note algo raro en mi tripita y un olor muy malo y feo. Aquello era como para esconderse y no salir más. Sin embargo, ¡zas! me pillaron, me quitaron el pañal y todos tan contentos porque ¡había hecho mi primera caquita! Llamarían al Doctor que también se alegraría. La verdad es que esta gente se entusiasmaba ante las cosas al revés.

Y pensé que a lo mejor ellos no se daban cuenta de lo lista que yo era y no sabían que me daba cuenta de todo. Y entonces fui yo la que empezó a reírse y a dormir... y a sentirme muy feliz: ¡¡HABÍA NACIDO!!

PS: Gracias Olga por dejarme el cuento. ¡Buen viaje María! ¡Disfrútalo!

Pink Martini








viernes, 28 de junio de 2013

Es de bien nacido...

Es de bien nacido ser agradecido. No sólo eso sino que también lo es no esperar reconocimiento y cumplir las obligaciones simplemente movidos por el propio sentido de la responsabilidad, con la única recompensa de la satisfacción del deber cumplido.

Aunque las cosas se hagan por mero pundonor, el agradecimiento supone un orgullo adicional que no sólo estimula a superarse sino que ayuda a sentirse querido. En los últimos meses se han jubilado muchos de mis maestros, médicos, enfermeros y celadores, de mi época de MIR. Son gente que conformaba el hospital, porque un hospital no es un edificio lleno de camas. Para los pacientes es un nido en el que ingresan como polluelos desvalidos, dependientes de los cuidados del resto. Para los médicos residentes es un lugar de trabajo lleno de retos, una escuela en la que aplicarse a conciencia y también un segundo hogar con una nueva familia en la que apoyarse para tirar hacia delante, incluso en las situaciones más difíciles.

Dicen que nadie es irreemplazable, lo que se contradice con la frase de "otro vendrá que bueno te hará". Los buenos maestros son inolvidables y en Medicina la docencia no se limita a lo que viene en los libros de texto, eso es cuestión de hincar codos. El comportamiento profesional también precisa de modelos: se aprende a mantener la dignidad sin pisotear la de los demás, a reconocer las limitaciones, propias y ajenas, a sacar fuerzas de flaqueza, a vencer el miedo y tomar decisiones con la idea permanente en la cabeza de escoger lo mejor para el paciente, aunque el afectado no siempre lo vea así. Hay que olvidarse de lo cómodo, la prioridad no es uno mismo sino que en la práctica médica el enfermo es lo más importante. Sobre estos temas se pueden leer infinidad de manuales de ética pero nada es más demostrativo que un buen ejemplo. Es lo más difícil de alcanzar y sin embargo hay quien nació con ese don: gentiles damas y caballeros de los pies a la cabeza que siempre están en su sitio, siempre guardan las formas y que no son conscientes de su gran mérito.

jueves, 27 de junio de 2013

Verborrea

Hay quien tiene fama de buen conversador y otros que, simplemente son habladores. Estos últimos consiguen pasarse horas y horas sin callarse, ni siquiera parece que lo hagan para tomar aire, y entre ellos los hay que, además, tienen el dudoso mérito de no contar entre su palabrería ni una sola idea medio interesante. Las palabras vacías vuelan en el hueco correspondiente a su cerebro hasta salir disparadas hacia los sufridos tímpanos del que pillen por delante.

El concepto de interacción no lo tienen registrado y creen que para obtener popularidad deben, no sólo dirigir, sino monopolizar toda la conversación. Presuponen que el silencio es incómodo. No se dan cuenta de que es mucho peor caer atrapada en las aburridas redes de su logorrea que "dejar pasar un ángel". Por desgracia las normas de la buena educación dictan que no se debe interrumpir. En las ocasiones en las que es inevitable se descubre que, hasta en estos casos, es una regla que tiene sentido. Las interrupciones alimentan a la cotorra de turno, le dan una falsa impresión de interacción, además de refrescarle el tema. No es que vaya a contar algo nuevo, sino que repetirá lo ya dicho, por si alguien se lo había perdido. Hay que esperar a que se agote por sí solo aunque, antes, habrá logrado hacer lo propio con los que le rodean.

Estar en una conversación que, en realidad, no es más que un monólogo sin gracia, resulta tedioso para el oyente. No así para el que habla, que le gusta autoescucharse y piensa, por tanto, que el resto del grupo está tan entretenido como él. Mientras tanto, sus aturdidas víctimas no ven el momento de escapar de aquella encerrona y buscan cualquier excusa para respirar. En su ausencia la diarrea verbal continuará sin piedad. Una vez abiertas las compuertas el charlatán es incapaz de frenarse y, si es preciso, es capaz incluso de hablar solo (a fin de cuentas, con o sin público, es lo que hace porque, una vez transcurridos los primeros minutos, nadie le atiende). Si al pobre escapado no le queda más remedio que regresar, descubrirá que no ha perdido el hilo de la historia, si es que la hay, durante su desaparición.

Estas personas no necesitan ningún tipo de pie de entrada sino que desde su llegada acaparan la voz cantante. No les preocupa el tema de la charla anterior, ni siquiera se fijan en que la hubiese. Una vez empiezan, no le permiten al resto meter baza. Ante esa tesitura, hay pocas opciones: mentir como un bellaco y alegar que se tiene un compromiso previo (a veces incluso una puede llegar a usar las guardias como excusa) o aguantar mientras se implora a toda la corte celestial por una milagrosa afonía. Para colmo de males, los logorreicos suelen hacer gala de un tono monótono, soporífero, con lo que una se descubre con frecuencia pensando en las musarañas que son, sin lugar a dudas, infinitamente más interesantes (¡benditas musarañas!). Se escucha con un oído, sin procesar, o directamente no se escucha. El riesgo de dejarse llevar por el runrún de fondo es el de terminar por dar alguna cabezada, si es que el asunto se prolonga sin remedio.

Afortunadamente todo tiene un final y, en ese instante, no hay nada más apetecible que refugiarse en el más absoluto del infravalorado silencio.

miércoles, 26 de junio de 2013

En busca del paciente perdido

La consulta es una aventura a contrarreloj en la que hay que ingeniárselas para extraer la máxima información sobre cada paciente en un tiempo mínimo. Para lograrlo es preciso sortear todo tipo de trabas: la primera viene desde el mismo servicio de citaciones que ha decidido que, para ellos, es más cómodo abrirle al enfermo un nuevo episodio cada vez que acude al hospital. El médico quema su paciencia mientras investiga los procesos anteriores, muchos de ellos en blanco, hasta encontrar el que corresponde y continuarlo con el motivo de consulta actual. Sin duda es una estrategia para poner a prueba al facultativo y ver si es capaz de leerse, a toda velocidad eso sí, la información de todas las visitas realizadas al hospital por el paciente, desde su inauguración, y de ese modo hacerse una idea global de su estado.

Otras veces es el más difícil todavía: en citaciones no se conforman con crear la línea de un episodio sino que, directamente, le asignan un nuevo número de historia clínica (por supuesto vacío). Hay que sospecharlo al encontrar números demasiado recientes y también cuando un apellido es compuesto o contiene, o bien alguna preposición, o bien una "ñ". En ocasiones, a pesar de que el paciente afirma que se le ha visto previamente, no hay forma humana de dar con ninguna anotación. Hay enfermos colaboradores que describen sus síntomas y dan información voluntaria sobre su caso, sin embargo algunos creen estar delante de una pitonisa que, gracias a la ayuda de su ordenador-bola de cristal, averiguará todos y cada uno de sus males (para, a continuación, con un pase mágico de varita resolverle sus dolencias). En este caso una historia sin datos no ayuda a adivinar el pasado del cliente. Por supuesto, como siempre, la culpa es del médico por carecer de clarividencia.

En ocasiones la aventura de pasar consulta simula una cacería. Se está al acecho, la pantalla del ordenador avisa de que uno de los citados está en el hospital. Se da a la tecla de aviso y se oye el pitido en la sala de espera... No sucede nada, no se abre la puerta, no llaman, nadie entra. Es posible que el paciente haya recogido su papeleta en la máquina del hall y aún esté de camino. Un par de minutos después se repite el intento, con idéntico resultado. El tiempo pasa, aumenta el número de llamadas sin que nadie se asome por la puerta (en ocasiones algún listillo aprovecha, por si cuela). Se opta por hacer caso omiso de la dichosa protección de datos que impide nombrar directamente a los enfermos y les obliga a coger número, como en el mercado, y se sale a darles una voz. El paciente no aparece. ¿Estará en otra sala? Algunos confunden la sala de espera 2 con la sala de consulta 2 (que está en la sala de espera 1). Los carteles no les sacan de dudas. En nuestra zona de consultas sólo una de las puertas (de las ocho) corresponde a Medicina Interna. No obstante ésta es la única fácil de encontrar: en el cartel de acceso a la sala de espera pone "Medicina Interna" pero, por desgracia, no hay nada que dé pistas sobre a qué servicio pertenecen el resto de las puertas.

El caso es que todos los días me toca ir a la busca y captura de algún pobre paciente. Pruebo en la sala de espera de al lado. Si no tengo éxito, me voy a la del fondo (por si han caminado hasta que se les ha acabado el hospital). Si aún así no doy con ellos, miro los datos de la historia por si figura algún número de móvil. En ese caso les llamo por teléfono y les explico que soy su doctora (se sorprenden, casi les parece una broma), que sé que llevan un rato en el hospital pero que no les encuentro. Algunos afirman que están en la sala de espera. Les hago entender que no están en la correcta (lo comprueban y confirman que tengo razón). Me aseguran que se dirigen a mi encuentro. Les espero. Por desgracia, aún así, alguno se pierde de nuevo.

martes, 25 de junio de 2013

Descubrir el mundo

El supersobrino no quiere perderse ni un sólo detalle de lo que le rodea. Para conseguirlo no puede permitirse detenerse ni un instante, debe aprovechar cada minuto del día. Quiere tocarlo todo, probarlo todo, incluso los brazos de la infinidad de familiares y amigos que van a visitarle, a él y, de paso, a sus padres. Se sabe un truco infalible con el que conquista a cualquiera: le mira con sus enormes ojos, le sonríe y le enseña sus primeros dientes de leche, le echa los brazos y, una vez en ellos, le acaricia la cara (con especial énfasis en las gafas, collares y pendientes). No habla pero eso no es óbice para no participar en las conversaciones telefónicas. Empieza a dar sus primeros pasos. Aún le falta seguridad para ir suelto y, como tiene prisa por experimentarlo todo, prefiere agarrarle el dedo a alguien. Con ese apoyo se desplaza hacia su objetivo a la máxima velocidad que le permiten sus piernas (las de su soporte no cuentan).

Durante la visita a mi abuela, su bisabuela  de 95 años, que está en una residencia, se prendó del andador de la dama y decidió probarlo. Tras seducir a su dueña con un despliegue de gracias y carantoñas, obtuvo el permiso necesario para conducir el aparato. Al principio ejerció de guía y no sólo empujó el andador sino que, enganchada a él, también llevaba a mi abuela . Al cabo de un rato la pobre mujer acabó con la lengua fuera, incapaz de seguir el ritmo del chiquillo. A partir de ese instante se erigió en auriga titular de aquel maravilloso vehículo y, para deleite de todos los abuelos allí ingresados, lo paseó feliz en un recorrido turístico por todas las salas y pasillos.

Todo es nuevo en este viaje y la casa de los abuelos es un hogar lleno de tesoros con muchos, muchos libros. De hecho los libros son los únicos objetos vedados. El abuelo no le permite sacar ninguno de la estantería aunque no pone reparos si el interés se limita a acariciar sus lomos. El resto de las piezas, fruto del espíritu nómada y algo coleccionista del catedrático, rebosan atractivo. Provienen de cualquier rincón del mundo, muchas han permanecido años encerrados en sus estuches originales y ahora salen al fin a la luz para ser sostenidas por las privilegiadas manos del supersobrino. El bebé las estudia desde todos los ángulos con verdadero interés científico. Comprueba todas y cada una de sus propiedades, sin olvidarse de su sabor, su resistencia y su rozamiento. Las traslada de una habitación a otra y, como no es capaz de acarrearlas al tiempo que camina agarrado del dedo de alguien, opta por gatear sobre ellas y se arrastra por el suelo con sus joyas bien cogidas en las manos, sin soltarlas hasta hallarles un sustituto.

Los columpios del jardín son su parque de atracciones. Tiene que subirse a todo aunque, si no considera que sea lo suficientemente excitante, lo abandona para ir a buscar algo más estimulante. Es inagotable. A su año de edad le gustan las emociones fuertes: trepar por el tobogán para lanzarse sin más frenos que los brazos que corren a recogerle, mecerse en el columpio y protestar si desciende de altura y, por supuesto, cambiar continuamente de actividad para seleccionar, entre todas, la más apasionante.

lunes, 24 de junio de 2013

Paradoja de luz y oscuridad

El paisaje no se reconoce al contemplarlo de día y de noche. ¿Es la oscuridad la que cambia las cosas o es acaso la luz? ¿Cuál es la verdadera imagen de la realidad?

La noche parece ocultarlo todo bajo un manto denso pero, paradójicamente, es entonces cuando permite ver las estrellas más lejanas. La noche es profunda, infinita, y es esa misma profundidad sin fondo la que revela el universo a la mirada.

Cuando amanece el cielo se aclara. La atmósfera iluminada se vuelve ligera, incluso etérea, pero sólo en apariencia. La luna se decolora, a veces se distingue como una sombra blanca, tan transparente que deja que el azul del cielo la atraviese. Las estrellas se desvanecen sin moverse de su sitio. ¿Qué les sucede? ¿Desaparecen por arte de magia? No, aunque suene contradictorio es el efecto cegador de la luz lo que las tapa. El día perfila los objetos y recorta las distancias, pero no todas, sino tan sólo las que se encuentran dentro de los confines de su influencia. Más allá de sus fronteras el espacio exterior se vuelve invisible y de todas las estrellas sólo queda el sol. Su luz deslumbra, encierra el planeta en ella y no deja ver más allá.

Entonces ... ¿es la luz o la oscuridad la que esconde y transforma la realidad?

sábado, 22 de junio de 2013

Arte en el Monasterio de Santa María del Paular

Una exposición para un espacio / Un espacio para una exposición por María José Zapatero Molinero, profesora de Arte

La exposición ACB que actualmente se muestra en el Monasterio de Santa María de El Paular (Rascafría, Madrid) nos ofrece la oportunidad de contemplar un conjunto de esculturas, óleos, obra en papel, obra gráfica y fotografías del coleccionista Alberto Corral en un lugar idóneo. Su viuda Bárbara Rueda comisaría la excepcional muestra desplegando un elegante montaje. La Secretaría de Cultura del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte la patrocina.

Las obras expuestas se realizaron entre los años 60 del siglo pasado y la primera década del actual. Su autoría corresponde a artistas españoles y estadounidenses muy reconocidos - algunos vivos, otros fallecidos – que trabajan desde el expresionismo abstracto al pop, pasando por el minimalismo y el informalismo. Las obras de escultores, pintores y un fotógrafo - convenientemente seleccionadas de la colección de Alberto Corral - se distribuyen en el recién estrenado espacio de cinco salas con ritmo sereno y claridad visual. Chilida y Tapies, Frank Stella y Motherwell, Alfaro y Susana Solano, Pérez Villalta (magnífico su oleo Puerta en la primera sala) y Jasper Johns están, entre otros, presentes en la muestra.

Sorprende gratamente el sabio aprovechamiento del sobrio espacio expositivo al que se tiene acceso desde el Claustro del Monasterio y en el que originariamente estaban ubicadas en él las celdas de los monjes. Techos altos, ventanas como modernas saeteras sin jardín en el que distraer la mirada; el enjalbegado de las paredes, el negro delimitando vanos y las maderas y cementos vistos. La iluminación lateral natural excelente y la cenital artificial destacan el valor textural, espacial y temático de las obras que dialogan entre sí en cinco subespacios interconectados sabiamente. Ejemplo de esa interconexión son los diálogos que fluyen entre Busto de Leiro, Biblioteca de Barceló y Cañas de Schoosler, Cuadrado de Anthony Caro y Nenúfares y nubes de Lichtenstein.

Como colofón de la visita nos queda escuchar el diálogo muy sutil y sugerente entre los Carduchos del Claustro y las modernas obras del espacio ACB. Podemos sentir el leve peso del espacio expositivo perfectamente encajado en el añoso e histórico del recinto del Monasterio de Santa María de El Paular. Nos sorprende la capacidad de conexión/adaptación que se establece entre ellos. Esto se lo debemos a la comunidad de monjes que tan esmeradamente cuida del patrimonio monástico; a Alberto Corral, fallecido en 2008, y pionero en el coleccionismo de escultura contemporánea; a su viuda que seleccionó la obra; al arquitecto que concibió el espacio expositivo; y a los organismos oficiales que han apostado por las obras de la bellísima colección ACB para traerla a El Paular.

Con estas “nuevas miradas” podremos pasar una jornada de convivencia entre espiritualidad y cultura.

PS: Gracias a la autora por permitirme transcribir su texto en el blog. 
Esta reseña está publicada en la página web del Monasterio en la sección de Actividades de Amigos del Paular:  http://monasteriopaular.com/amigos/actividades.html

viernes, 21 de junio de 2013

Veterinarios infiltrados

La yegua había pasado la tarde inquieta. Rechazaba la paja, el agua y se reclinaba sobre las paredes del establo con la cabeza gacha y los ojos dilatados. Su cuerpo entero se estremecía. Pepe la estudió pensativo. Todos los signos indicaban que el momento del alumbramiento se acercaba. Decidió avisar al veterinario.

Mientras tanto sus nietos observaban la escena  ocultos tras el muro del abrevadero. No se habían escondido allí para preparar una de sus travesuras sino por curiosidad, para enterarse de lo que le sucedía a Altair. Osquítar estaba muy preocupado, no le gustaba el aspecto del caballo y como nadie más parecía darle importancia optó por investigar por su cuenta. Su hermana María le acompañaba. Le había prometido quedarse callada y quieta y, de momento, lo cumplía. La mente del niño bullía. Algo pasaba, la yegua estaba enferma, si no ¿por qué hablaba el abuelo con el veterinario? ¿Sería culpa suya? ¿Acaso le habría sentado mal la hierba fresca que le había traído? No, seguro que ese no era el motivo. ¡Si la había cortado del rincón favorito del huerto del bisabuelo Andrés! No sólo era la zona más verde sino que, además, el bisabuelo sostenía que rendía la mejor cosecha de toda la granja. Esa era la razón por la que la había escogido y también por la que su ropa estaba teñida de manchas verdes, no como el impecable vestido de su hermana que siempre procuraba no ensuciarse. Se había limpiado la tierra de las manos en el pantalón, sin mejorar el estado ni de unas ni del otro. Por si eso no bastase para delatar su fechoría, sus dedos aún conservaban restos del barro y del olor de las plantas.

Se abrió la puerta y entró Paco, el veterinario. Osquítar gateó para asomarse por el borde del pilón. Vio cómo exploraban al animal. El albéitar le palpó la tripa y luego le auscultó. Al terminar miró al abuelo e inclinó la cabeza hacia un lado.
- Aún le queda un buen rato. No podemos hacer nada. De momento es cuestión de esperar - comentó.
Pepe asintió.
- ¡Ya me lo imaginaba! Si te apetece podemos acercarnos a la casa a tomar un tentempié. Matamos el tiempo y cogemos fuerzas para luego - le propuso.
- Buena idea - accedió Paco.

Los dos hombres abandonaron la cuadra. Ninguno se había percatado de la presencia de los dos infantes infiltrados. Tras oír aquella conversación Osquítar se sintió incluso más intranquilo que antes. Su hermana le cogió la mano.
- ¿Qué hacemos ahora? – le preguntó en voz baja.
- No sé – le respondió el niño cabizbajo. Si el veterinario afirmaba que él no podía hacer nada, entonces ¿quién curaría al animal? – Voy a quedarme aquí, con Altair. Al menos tendrá compañía.
María no estaba dispuesta a marcharse y abandonarles a su suerte.
- Yo también me quedo – declaró.

Los chiquillos cambiaron su escondite por el corral de la yegua. María le acarició la cara, le hizo cosquillas en las orejas y Óscar cogió el cepillo para pasárselo por el cuello. Eso siempre le gustaba. Con cuidado recorrió su cuello, sus crines y también su lomo. La yegua, agradecida, apoyó la cabeza sobre el hombro del pequeño. El niño le devolvió su muestra de cariño y le rodeó su cuello con sus brazos. Al abrazar al animal notó cómo se estremecía. Trato de darle ánimos, intento sujetarla, pero las patas cedieron bajo el peso del dolor y la yegua se recostó sobre la paja.
- ¿Qué le ocurre? – se asustó María.
En su fuero interno el muchacho opinó que aquello no era ninguna buena señal, pero no le confesó su temor a su hermanita. No quería alarmarla.
- Voy a explorarla – declaró con una confianza que estaba lejos de sentir.
Le tocó la tripa. Imitó los gestos que le había visto hacer al veterinario, como si fuese un experto. Sintió un temblor bajo sus manos pero no fue lo único que percibió; también notó un bulto.
- ¡Hay algo aquí dentro! – exclamó.
- ¿Es eso lo que le molesta? - inquirió María.
- Supongo - consideró su hermano. -Tenemos que conseguir que lo expulse.
- ¿Cómo?
Buena pregunta. ¡Ojalá supiese cómo sacar lo que fuese de ahí dentro! No podía perder mucho tiempo en pensar un plan, cuanto antes actuase, mejor.
- Tendremos que empujarlo desde fuera – resolvió casi por intuición. - Parece lo más lógico.

Esperó a la siguiente contracción y, justo entonces, apretó el vientre de Altair con todas sus fuerzas. El "algo" se desplazó y la yegua se relajó. Al poco rato se sacudió de nuevo. Osquítar repitió la maniobra una y otra vez. María le contemplaba sin atreverse ni a respirar. De repente vio surgir un cuerpo del interior de la tripa. Estaba pringoso de sangre y recubierto por unas membranas viscosas. Lo más extraño es que parecía estar vivo. La chiquilla dudó un instante. Al final suspiró resignada: se iba a manchar el vestido pero debía ayudar a su hermano a extraerlo de allí. Se agachó y tiró de aquello. Se le resbaló entre las manos. Antes de insistir lo apoyó en su falda y lo envolvió con la tela. Lo agarró con firmeza, comprobó que ya no se escurría. Poco a poco salió del todo. María no daba crédito.
- ¡Óscar mira! - gritó asombrada.
- ¡Pero si es un potrillo!
- Sí ¡Altair es una mamá! ¿Verdad que es precioso?

Los niños estaban eufóricos. El cansancio desapareció de golpe, se olvidaron del esfuerzo y la tensión mientras observaban fascinados a la yegua que lamía con ternura al recién nacido. Mientras le limpiaba con sus besos, éste intentaba ponerse en pie. Ambos hermanos se sentían tan emocionados por lo sucedido que ninguno oyó el chirrido de las bisagras de la puerta, ni los pasos de su abuelo y el veterinario que se detuvieron en seco en el umbral de las caballerizas, sorprendidos ante el desenlace.

jueves, 20 de junio de 2013

El Gran Cañón


Tenía muchas ganas de conocer San Francisco y aproveché las vacaciones de mi primer año de MIR para visitarlo. Me guisé un plan a mi gusto, para comérmelo también a mi gusto ya que me fui por mi cuenta y riesgo. Quizás con menos riesgo de lo que indican mis palabras, porque el catedrático había estado allí previamente y, gracias a sus contactos, pude alojarme en Berkeley con algunas de sus antiguas estudiantes. De este modo podía estar sola, sin sentirme sola en todo momento.

Por las mañanas cogía el Bart y me bajaba en Powell St para iniciar mi recorrido por las calles: Union St, Finantial District, Embarcadero, Coit Tower, Pier 39, Palace of Fine Arts, Golden Gate y Golden Gate Park, las casas victorianas de Alamo Sq, las curvas de Lombard St, Chinatown, the Beach, etc. Me pateé la ciudad con todas mis ganas, de cabo a rabo y de cuesta a cuesta. Entre medias, me apunté a una acampada a Yosemite que vi anunciada en la agencia de turismo (en la confluencia de Powell con Market St). En aquella excursión conocí a otro puñado de viajeros solitarios, gente con más ganas de conocer mundo que sociedad. No por ello eran bichos raros, huraños e introvertidos. Todo lo contrario, el trato con ellos me resultó muy fácil, supongo que porque todos teníamos muy clara la importancia del espacio vital de los demás y lo respetábamos. No sólo sabían comportarse dentro del grupo, sino que su conversación era original, interesante y muy entretenida. En la furgoneta y en los fuegos de campamento todos contaban curiosas anécdotas. Quizás el caso más extremo era una chica australiana que se había tomado un año sabático para dar la vuelta al mundo estilo "mochilero". Por aquel entonces ya habían transcurrido 9 de los doce meses e incluso se planteaba una prorroga. Sin duda yo era la menos aventurera: tenía a mi padre en el país, aunque fuese en otro Estado (por aquel entonces se había marchado a Phoenix, Arizona), y mi solitario viaje no se podía considerar verdaderamente como tal sino que residía con estudiantes que él conocía.

The Chasm of the Colorado - Thomas Moran
Hacia el final de mi estancia me fui a visitar a mi padre. Aunque en ocasiones sea una hija desnaturalizada, esa no fue una de esas veces. En vez de encontrarnos en Phoenix, ciudad que no parece poseer especial atractivo, mi padre propuso que pasásemos unos días en el Gran Cañón. Desde San Francisco compré un vuelo barato con South West Airlines (compañía con buenos precios, buena atención telefónica y muchas facilidades a la hora de conseguir billetes internos, por lo que recurrí a ella en más ocasiones) y me embarqué para allá. En Phoenix debía cambiar de avión para llegar hasta la pista de Flagstaff (que es sólo una pista, no un aeropuerto). Aquel segundo aparato era muy pequeño, con motor de hélice y no más de 10 ó 12 asientos, mucho más amplios que las ridículas sillitas habituales en las grandes aeronaves, todos ellos pasillo y ventanilla al mismo tiempo. Eran de piel negra, me imagino que sintética, bien mullidos (lo que tenía su explicación y resultó de agradecer) y muy cómodos. La tripulación consistía en piloto y copiloto pluriempleados, que también ejercían de auxiliares de vuelo. Nos informaron sobre las medidas de seguridad y nos comentaron que como en el trayecto había algo de tormenta tendríamos que dar un pequeño rodeo. Al parecer el pequeño avión no era capaz de atravesarla. Mi espíritu aventurero decidió disfrutar de aquella experiencia y reconozco que hice bien al tomármelo con ese talante. El viaje fue agitado. Rodear la tormenta no significaba volar por cielos azules y tranquilos, sino en la periferia de su núcleo. Los rayos nos rozaban y las sacudidas por las turbulencias me hacían saltar del asiento a pesar del cinturón de seguridad, que mantuvimos abrochado durante todo el vuelo. No obstante disfruté de ello igual que si se tratase de una larga montaña rusa. Como desagravio y para rematar el viaje sobrevolamos el cañón antes de aterrizar (me imagino que si eres piloto y tienes esa ruta debe de ser difícil resistirse a la tentación). Tuve la inmensa fortuna de que nuestra llegada coincidiese con una magnífica puesta de sol. El bloque entero de la enorme meseta, con las grietas del cañón excavadas en su rojiza arcilla, se encendió con la luz anaranjada, roja y dorada del cielo. El espectáculo me sobrecogió. Se me hizo un nudo en la garganta, no me atrevía ni a parpadear mientras miraba fijamente aquella escena con la frente pegada a la ventanilla, completamente hipnotizada. Me sentí feliz y emocionada. En ese instante comprendí a las víctimas del Síndrome de Stendhal y personalmente opino que sus crisis son motivadas ante la idea de tener que alejarse de semejante belleza. Aún tengo aquella imagen grabada en mi retina, no la he olvidado.

Mi padre me recogió en el aeropuerto. Había buscado un cómodo apartahotel con una pequeña cocina en la que podíamos tomar el desayuno antes de salir a recorrer todo el perímetro de El Gran Cañón. Nuestro desayuno para coger fuerzas consistía en una generosa porción de tarta de limón con merengue. Tanto el catedrático como yo podemos devorar una vaca nada más levantarnos si se tercia. Una vez calmado el estómago, emprendíamos el camino. Nuestra ruta prevista podía suponer 800 km entre ida y vuelta y había que cumplirla a rajatabla desde el primero hasta el último metro. A la hora de conocer cualquier monumento, el catedrático es incansable. Subiría el Everest en una jornada si encontrase un sherpa que se prestase a semejante hazaña. House opina que yo también, pero eso es porque nunca ha viajado con mi padre. Todo es cuestión de entrenamiento, incluso eso. Los castillos de Castilla la Vieja de mi infancia y las iglesias alemanas de mi adolescencia, con independencia de credos, junto con los recorridos por rincones desconocidos de ciudades, carreteras y bosques, forjaron en mi mente la necesidad de ver todas y cada una de las piedras de absolutamente todos los monumentos de cualquier sitio (y tengo pesadillas en las que olvido visitar alguno).

North Rim - Lewis Ramsey
Conducíamos durante horas y horas hasta el destino de turno. Una vez lo alcanzábamos seguíamos nuestra ruta a pie, a buen ritmo, nada de paseítos de domingueros. En el tiempo limitado del que disponíamos debíamos estudiar el Cañón desde todos sus ángulos. Doy fe de que, se mire desde donde se mire, es impresionante. El South Rim es la parte más desértica y turística, la que ofrece una perspectiva más amplia del interior del cañón y una panorámica más extensa. Es la imagen que aparece en fotografías y documentales, aunque nada se acerca a la realidad de lo que supone contemplar, y sentir, ese escenario en toda su magnitud e increíble belleza. Vimos la entrada del Río Colorado al inicio del cañón mientras nos dirigíamos hacia el North Rim. La orilla norte es bastante distinta a la sur. Aunque tiene zonas despejadas, el terreno está básicamente cubierto por bosques. De entrada esa zona resulta algo menos vistosa porque el paisaje desde allí no es tan apabullante como el que se puede contemplar desde la zona Sur, no es ni tan extenso ni tan profundo. En su lugar posee otro tipo de encanto: grandes claros que se abren a praderas verdes rodeadas de árboles, cubiertas por un cielo intensamente azul y envueltas por un aire cristalino en el que se respira la calma.

El Cañón es un territorio sagrado para los indios que escogieron instalarse allí en una reserva. Posiblemente la única riqueza de ese terreno desértico sea su increíble belleza, pero los nativos no aspiran a amasar grandes capitales de oro y activos en los bancos, sino que les basta con disfrutar de la fortuna de vivir en semejante maravilla de la naturaleza, de compartirla y preservarla para futuras generaciones. ¿Alguien puede presumir de una herencia mejor que esa?

miércoles, 19 de junio de 2013

El sabor de las estrellas

A Erri de Luca le cuentan historias las piedras de su hogar en la montaña. Esas piedras que guardan el calor de las tardes al fuego del hogar, devuelven las conversaciones, acogen el cansancio al final de una escalada y se expanden con la satisfacción del que regresa tras alcanzar la cumbre. Acompañan la soledad pensativa de una tarde desapacible y protegen ante el fragor de una tormenta. Su voz se quiebra con las grietas abiertas por el hielo. Duermen y sueñan los mismos sueños que el resto de la montaña.

Habla la montaña, sólo hay que escucharla. En los caminos las botas crujen sobre las rocas y ese sonido transmite historias de decisión, de dolor, de lucha, de retirada y de conquista. Las huellas se graban y se borran pero los pasos se quedan en la tierra. Suena el tiempo, cada estación susurra de un modo diferente. El viento avisa al acercarse la lluvia y la humedad amortigua el eco seco de los golpes. En la niebla se confunden las palabras y las imágenes se pierden en un laberinto ciego y sin salida, lleno de peligros. La nieve cubre todo, incluso los sonidos.

A Erri de Luca no sólo le habla la naturaleza de la montaña. Le habla la ciudad en la que se crió, los recuerdos se asoman a sus ventanas y le gritan a la calle. Sabe escuchar los pensamientos de los hombres y guardar sus secretos. Oye el suspiro que levanta el sol cuando acaricia el mar. Conoce también el lenguaje de las estrellas, dice que las constelaciones forman las letras del alfabeto hebreo. Cambian las noches y surgen nuevas palabras que leer, nuevos significados escritos en el cielo. Afirma que "en verano las estrellas pierden migajas que te llegan a la boca" y que "son saladas con sabor a almendras amargas". "Algunas noches hay tormentas de estrellas desmigajadas. La tierra está sembrada de ellas, las recibe sin poder devolverlas."

Si este verano me veis mirar al cielo con la boca abierta, será para no perder la oportunidad de saborear una migaja de estrella.

martes, 18 de junio de 2013

La bruja y las hadas

Érase una vez una bruja que empleaba sus poderes en curar a la gente. Eso no significa que fuese una bruja buena. ¿Acaso era mala? No, no era lo que se entiende por malvada. Digamos que tenía un carácter regularejo, en ocasiones era malévola y con frecuencia sangrienta, aunque nunca cruel. Su técnica favorita consistía en cortar a sus víctimas para extirparles la enfermedad. Como no era una salvaje, en sus intervenciones disponía de un mago que volatilizaba cualquier posible dolor. Tras disecar los órganos, cerraba los cuerpos y prescribía las pócimas necesarias para que cicatrizasen de nuevo.

Por regla general todas las brujas son de trato difícil pero incluso ellas, aunque sea muy esporádicamente, tienen ratos buenos. Cuando eso sucedía nuestra bruja procuraba mostrarse lo más encantadora posible para compensar sus días malos. ¡Lástima que al no ser dueña de una simpatía desbordante sus demostraciones pasaban bastante desapercibidas! De hecho hasta ella misma reconocía que su encanto estaba muy por debajo de la media de las criaturas de otras estirpes, tanto mágicas como comunes.

Además de con los magos, para realizar sus conjuros contaba también con la ayuda de las gentiles hadas. Las hadas inspiran confianza, son naturalmente amables y su dulzura contribuía a mitigar los temores de aquellos que recurrían a la bruja en busca de un remedio para sus males. No obstante, las hospitalarias hadas no siempre llegaban a un entente cordial con la inquieta bruja. Convivían a pesar de las tremendas diferencias entre los caracteres de sus distintas especies. Las hadas forman una comunidad que se mueve y piensa en grupo. Consultan al resto sus decisiones y actúan de acuerdo a los dictados de su reina, sin salirse de lo escrito en los edictos. No reciben la misma formación mágica que las brujas. Sus poderes son antagónicos y, no obstante, se complementan. Cuando ambas cooperan sus efectos se multiplican por lo que ambas, especialmente las hadas, procuran sobrellevar lo mejor posible las idiosincrasias de la otra parte, y satisfacer las manías de las brujas más caprichosas para así tenerlas contentas y que todo salga a la perfección.

Las hadas, siempre sociables, habituadas a coordinarse y a compartir sus ideas con sus compañeras, no comulgaban con el individualismo de la bruja, especialmente cuando ésta hacía caso omiso del estricto protocolo de la corte. Se esforzaban por lograr que aquella oveja negra se adaptase al rebaño sin tener siempre en cuenta la coyuntura de que no se trataba de una de ellas. Nunca se rendían aunque, con una bruja tan terca, fracasaban en su intento una vez tras otra. La bruja se resistía a sus razones, no comulgaba con su punto de vista y pretendía que se acatasen sus órdenes, sin rechistar. En ocasiones no pedía sino que exigía, las relegaba al papel de esclavas. Sin embargo las hadas son libres, tan solo dependen unas de otras y la unión de su casta es tan fuerte que, ni los ogros, ni los magos ni la bruja más malvada son capaces de doblegarlas.

Llegó el día en el que las hadas, a pesar de su trabajo, no consiguieron complacer a la bruja. Todo empezó con un debate en el que ninguna de las dos partes convenció a su oponente. El roce inicial desembocó en más desavenencias. El ambiente se caldeó y las relaciones se enfriaron.  Rifirafes, tiranteces, riñas y pequeños altercados aumentaron la tensión latente. Las discusiones rompieron la ilusión de armonía entre ambos bandos y llegó el choque. La bruja estalló y se rebeló contra las normas impuestas. Blandió con dureza su varita  para defender su lucha, y esgrimió sus argumentos tejidos en un sortilegio.

Dio comienzo la Edad oscura. ¡Se habían desatado las fuerzas del mal, se había atacado el orden preestablecido! Muchas fueron las hadas que se escandalizaron ante la actitud de la bruja y unieron sus serenas voces en un rumor hostil. Enmudecieron ante la injuria, llenas de tristeza, con la esperanza de despertar su arrepentimiento. Deseaban transformar su espíritu independiente en una parte más del pensamiento común y devolver la rutina a su cauce habitual. Con toda su buena voluntad le ofrecieron un café mágico y un bisturí y, gracias a su encanto y al poder del escalpelo, la contestataria bruja y las hadas sacrificaron unas cuantas perdices para comérselas tan felices.

PS: Agradecimientos.
Gracias al anónimo que dejó el germen de este cuento en su comentario. La tentación era irresistible (las brujas son incapaces de no caer en ella).

lunes, 17 de junio de 2013

Marco Aurelio y el deber

Levantarse cuesta más o menos según lo que nos aguarde al día siguiente. Cuando es algo que esperamos con impaciencia, apenas dormimos la noche anterior deseando que amanezca de una vez. Si no que se lo digan a hermanísima la noche previa a Reyes, o incluso a su cumpleaños (confieso que es algo que a mi también me ilusiona). Si se trata de cumplir con algún tipo de obligación, cualquiera, desde la más habitual de ir al trabajo hasta tener que ocuparse de algún trámite burocrático, lo que es aún peor, entonces la pereza se adueña de nosotros y supone un triunfo arrancar.

En Brainpickings descubrí estas reflexiones del emperador romano Marco Aurelio, que escribió mientras se encontraba con las legiones romanas en Europa Central entre los años 170 y 180. Al parecer él también necesitaba concienciarse para abandonar el lecho, y era algo que se tomaba muy en serio.

Cuando estas somnoliento por la mañana, y te resistes a salir de la cama, haz esta reflexión: "Debo levantarme para ocuparme de las labores que me incumben como un hombre. ¿Haré con desgana lo que nací para hacer, y por lo que vine al mundo? ¿Qué? ¿Acaso me crearon sin más propósito que permanecer tumbado a mi antojo en una cama cálida?" - Pero una cama cálida es cómoda y agradable, te dirás. "¿Naciste sólo para complacerte en vez de para llevar a cabo y ejercitar tus facultades? No ves a los mismos arbustos, a los gorriones, las hormigas, las arañas, las abejas, todos ocupados y en sus distintos puestos cooperando para adornar el sistema del universo?" 

"¿Y tu solo renuncias a cumplir con las obligaciones del hombre, en lugar de realizar con entusiasmo la parte que te corresponde por naturaleza?" - Pero un poco de descanso y relajación, insistirás, es necesario. "Es cierto, pero la naturaleza ha puesto límites a esta indulgencia, igual que lo ha hecho a comer y a beber. Soprepasas los límites de la moderación, de lo que es suficiente, en este caso. Aunque debo confesar, que en lo relacionado con los negocios, consultas tu situación y te mantienes dentro de un límite moderado." 

Esta claro que para el emperador romano la pereza de los lunes al empezar la semana (que luego se continúa con la del resto de los días laborables) no está justificada. Hay que ponerse en marcha para la batalla aunque, a diferencia de Marco Aurelio, la mayoría no contamos con legiones que nos ayuden a enfrentarnos al enemigo. Los tanques y un ejercito de vehículos ligeros nos esperan en la carretera y, tras superarlos, la tecnología de última generación (lo era cuando se abrió el hospital) se opondrá con frecuencia a nuestra estrategia. ¿Conseguiremos convencer a nuestro adversario?

domingo, 16 de junio de 2013

Primer año

No hay nada que despierte más expectación en una familia que los progresos de un bebé durante su primer año. El interés comienza desde antes del nacimiento. La embarazada se convierte en la portadora de una barriga, sin más. Se supone que en las puérperas baja el cociente intelectual, pero ¿a quién le importa el cerebro de la madre? Todo el protagonismo le pertenece a su inexistente cintura. ¿Ha crecido? ¿Ha bajado? ¿Se mueve? ¿Se contrae? Tras nueve meses de estimulante conversación no es de extrañar que el intelecto se deteriore.

La fase de las contracciones llenan de emoción a todo el mundo salvo a la que las sufre, que soporta el dolor estoicamente con la ilusión de que se acabarán en el preciso momento en el que, al fin, nazca su hijo. La tripa ya no importa, todo el interés se concentra en el cervix. Hay una única pregunta que se repite con la misma regularidad que las contracciones: ¿Cuántos centímetros ha dilatado? El proceso es muy lento, pasan horas y más horas. Ya no sólo es el dolor, sino la sed, el cansancio y el hambre.

Tiene lugar el feliz alumbramiento. El pequeño asoma la cabeza y a partir de ese momento se erige en el rey de la familia. Un rey que sólo necesita abrir la boca para que acudan a él, que hace su trono de los brazos de todos. Su sueño es sagrado. La vida del resto se rige por sus horarios y se atienden al instante cualquiera de sus necesidades, si es posible antes de le dé tiempo a protestar.

Cada nuevo logro es una fiesta. El bebé empieza a distinguir las formas ¿me verá? Echa sus primeras sonrisas y con cada una de ellas conquista sin remedio a aquel al que va (supuestamente) dirigida. Cuando levanta la cabeza es Atlas que sostiene sobre sus hombros el mundo. Comienza a hablar: ajo, papapapapa, mamamamama y ni el discurso del premio Cervantes recibe tantos aplausos. El pequeño se mueve y cada movimiento le equipara con un atleta olímpico. Mantiene el equilibrio sentado mejor que un gimnasta sobre el caballo con arcos. Chapotea en la bañera como Phelps. Gatea doscientos metros por el pasillo más rápido que Usain Bolt. Gira las manos y ni Sara Baras tiene tanta gracia cuando baila. Estrena sus primeros pasos y se entrena en sus primeras acrobacias. Se cae, el daño se amortigua gracias a su pañal acolchado, y al levantarse asustado se gana una ovación de ánimo.

El primer año es una sucesión de triunfos a celebrar. ¿No debería continuar igual toda la vida?

viernes, 14 de junio de 2013

Tempus fugit

¿Dónde va el tiempo cuando se escapa? ¿Dónde se esconde el ayer? ¿Dónde se recogen los días tras la puesta de sol y se ocultan las noches al amanecer? ¿Dónde está el refugio del pasado? ¿Hay un lugar en el que resida el tiempo?

El tiempo no se desvanece, está siempre ahí, revolotea a nuestro alrededor sin que nunca seamos capaces de atraparlo. Sin embargo no se va a ningún lado, se queda retenido entre la luz, aunque es aún más fugaz que ésta. La distancia lo retrasa y nos permite contemplarlo.

El tiempo es un bucle, un laberinto de origen perdido. Vemos el pasado de nuestro universo más lejano, pero no el presente porque tardará años en llegar hasta nosotros y ya será pasado cuando lo alcancemos, al fin, en el futuro de ahora que, entonces, será presente.

¿Qué es el tiempo? Si lo calculamos por la distancia que recorremos en nuestro viaje por el cosmos estaría, en ese caso, relacionado con el espacio. Si es por la sucesión de días y noches, por lo que podemos observar del universo, tendría que ver con la luz. Sin embargo en la vida lo medimos en función de nuestra memoria.

Sea lo que sea el tiempo no se pierde. Los grandes momentos quedarán ahí, colgados entre el infinito. En algún lugar será ahora, recalará en la luna en un segundo, en otros no sucederá hasta dentro de un minuto, en el sol tardará ocho y pasarán millones de años hasta que la escena de ese evento aparezca en el centro mismo del universo, donde nacen las galaxias y donde ya existía el tiempo. ¿Qué les sucede a los recuerdos que para nosotros conforman nuestro tiempo? ¿Viajan con él? ¿Adónde?


jueves, 13 de junio de 2013

San Antonio de la Florida

La pequeña ermita de San Antonio de la Florida, tras su fachada austera, de estilo Neoclásico, alberga una joya en su interior. Su planta de cruz griega, formada por una nave abovedada y una cúpula, está decorada por una de las grandes obras maestras de Goya.

La historia de la ermita se remonta al año 1732, en la que se construyó una primer edificio, obra de Churriguera, próximo a la Puerta de San Vicente, en la que los devotos se reunían a venerar una figura de San Antonio de Padua. En ese mismo emplazamiento se construyó una segunda ermita, en este caso obra de Sabatini. Carlos IV la trasladó en 1792 a su localización actual y encargó la obra al arquitecto italiano Felipe Fontana, que diseñó la ermita definitiva. Los altares son de estuco italiano, rematados por ángeles del valenciano José Ginés. Los cuadros de las capillas laterales son obra de Jacinto Gómez Pastor. Una lámpara de bronce, obra de Domingo Urquiza, orfebre del palacio, cuelga de su centro con cadenas del Toisón de Oro. En 1919 los restos mortales de Goya se trasladaron desde Burdeos para ser enterrados en ella. Se reconvirtió en Museo y se creó una ermita gemela al lado dedicada al culto.

Goya comenzó el trabajo de los frescos en Junio de 1798 y lo terminó en Diciembre de ese mismo año. Fueron 6 meses en las que dio rienda suelta a toda su efervescencia creativa. Es un Goya maduro, recién salido de una grave enfermedad, que le dejó sordo como secuela. Su percepción del mundo era distinta, su visión se había hecho mucho más crítica, y reflejó estos cambios en su trabajo. Desarrolla una interpretación personal del tema, la composición y los personajes que se adelanta a su época y que supone un estudio de la naturaleza humana. Sus pinceladas sueltas y disociadas preludian el impresionismo. Se adelanta al expresionismo con trazos gruesos en los rostros y figuras que recuerdan a sus posteriores pinturas negras.

La técnica que empleó fue la del "Fresco con acabado en seco".  En el fresco se emplean colores diluidos que se aplican sobre el mortero húmedo para que quede bien impregnado y se fije al secar. Se utilizan modelos de cartón que Goya modificaba sobre la marcha, usándolos a modo de esbozos, tal era su fiebre creativa. Cada jornada del pintor abarcaba una gran extensión. Pintaba rápidamente, los perfiles resultan casi abocetados, con pinceladas sueltas y transparencias que dotan de "magia" a la composición. El "acabado en seco", retoques realizados sobre el mortero ya fraguado, le permitió realzar y resaltar colores, siempre de una gran riqueza, sin depender del límite de tiempo impuesto por la técnica del fresco.

No recurre a la Mitología. La cúpula está decorada con un milagro popular que el pintor traslada al Madrid de su época: San Antonio resucita a un hombre para que exculpe con su testimonio a su padre, acusado injustamente de su muerte. Un primer círculo de majas, chiquillos, campesinos y, por detrás de estos, una serie de personajes desdibujados, de tez olivácea y gestos de angustia,  rodean el perímetro de la pintura, tras una valla, a modo de corso. Contemplan el milagro y su expresión refleja asombro, devoción, reverencia, apatía y también miedo. Murmuran y comentan entre ellos, algunos incluso se asoman y miran directamente al espectador, conectan con él. Los blancos de las camisas, los vitales rojos de las faldas, los azules de los mantos, destacan sobre los tonos apagados y grises del fondo con montes que representan la Sierra de Guadarrama.

La bóveda está decorada con unas hermosas "ángelas", de gran belleza, que descorren unos cortinajes, blancos, dorados y de fondo gris, en contraste con los colores más fuertes de la cúpula, como si pretendiesen mostrar el escenario de un teatro. Lucen vestidos blancos y ligeros, según la moda de María Luisa, con capas más pesadas de tejidos densos, en tonos oscuros y cálidos, que rompen esa suavidad y realzan el movimiento.

Para el ábside Goya escogió un tema bíblico tradicional, el de la Adoración de la Trinidad, y es esa zona la que trató de un modo más clásico. Rostros dulces y figuras con túnicas sueltas que flotan  sobre un fondo liso y sencillo, en un suave y luminoso tono de pálido ocre que sustituye al acostumbrado azul celeste.

"San Antonio de la Florida"
Es Goya, pasión y furia.
Pinceladas vibrantes de genio
esbozadas sobre el yeso.
Trazos de luz y de aire,
grabados en el paisaje.
Unión de realidad y milagro,
de fervor, de horror y llanto.
Líneas de suaves contornos
realzan los dulces rostros
de ángeles que, tras las cortinas,
muestran la belleza divina
que guarda la regia capilla.

miércoles, 12 de junio de 2013

Pastéis de Belém

El día que escogimos para visitar Belem, comprobamos, con gran pesar, que no éramos ni los únicos turistas ni los únicos habitantes de Lisboa a los que se les había ocurrido semejante idea. El tranvía iba abarrotado y aunque nos dio una vuelta turística por las calles fuimos incapaces de disfrutarla como se merecía ya que apenas veíamos más allá de la espalda del pasajero contra el que teníamos clavada la nariz.

El vehículo no se vació hasta su parada final en Belem y ganas nos dieron de emprender el regreso con él. En vez de seguir nuestros instintos nos dejamos llevar por los de la masa y nos dirigimos en tropel hacia el monasterio de los Jerónimos. Se trata de un precioso edificio de estilo manuelino que, por desgracia, ya estaba lleno hasta la bandera aún antes de nuestra llegada. En su interior no se disfrutaba de otros detalles que no fuesen las cabezas que ya conocíamos del tranvía. Lo que lo abandonamos y nos encaminamos hacia la Torre de Belém. Allí había menos gente, aunque eso no significa que estuviésemos más anchos. La magnífica torre dispone de una única escalera de caracol, en la que no cabe ni uno de esos bichos que le da nombre puesto de perfil y que, para colmo de males, se emplea por igual para el sentido de subida como el de bajada. Deberían estudiar la posibilidad de instalar un semáforo que regulase el tráfico de gente. Optamos por pasear.

Ya de vuelta me paré a comprar los típicos Pasteis de Belém. Estaba claro que la tónica del día eran las muchedumbres y los clientes se desbordaban por las puertas de la famosa pastelería. ¿De dónde salía tanta gente? ¿No estaban todos en el tranvía, en el monasterio o atrapados en las escaleras de la Torre? Pues al parecer no, sino que aún quedaban los suficientes como para abarrotar la pastelería y desesperar a House, que se quedó fuera. Conseguí abrirme paso hasta llegar al mostrador (mejor no revelaré mis métodos porque creo que la cortesía influyó menos que mi capacidad para crear huecos). Mi costumbre de hablar a voces con los pacientes sordos (que afirman que a mí me oyen muy bien y culpan a su familia de no vocalizar) me sirvió para hacerme con una cajita de esos anhelados manjares. Fui incapaz de hacer lo necesario para lograr más, por lo que nuestros familiares tendrían que ir ellos mismos a buscarlos si deseaban probarlos. Definitivamente no íbamos a regresar en un futuro próximo a la zona a pelearnos con el resto de los turistas. 

Cogimos de nuevo el tranvía. Se acercaba la hora del almuerzo y aún no sabíamos dónde comeríamos. El ánimo de House, entre las hordas y la hipoglucemia, no se ajustaba a ningún estado ni medio propicio para pedirle opinión. Aunque yo tenía varias sugerencias tampoco el momento era el más adecuado para ofrecerlas. En todo caso me quedaba el consuelo de que, si el hambre acuciaba, siempre contábamos con la opción de atacar los "pasteis". 

Fue el tranvía el que decidió por nosotros. Aunque en teoría nos tenía que dejar en las proximidades del hotel, a medio camino, y sin previo aviso, el conductor decidió que allí mismo terminaba su circuito y dio media vuelta. Ante la perspectiva de reencontrarnos con la multitud, nos bajamos. La afortunada coincidencia fue la de andar bastante cerca (por supuesto cuesta arriba) de un restaurante recomendado por unos amigos del hospital. Hacia allí nos arrastramos ( por el empinado adoquinado, sin ayuda de grúas ni poleas). Es un sitio diminuto, metido en un callejón de aspecto infame pero no hay que dejarse desanimar por ello. Allí suele ir Mario Soares y también iba Saramago, su nombre es Farta Brutos y se encuentra en el Barrio Alto. La sala es muy hogareña y la carta se escribe a mano a diario. Todo es fresco y delicioso. No nos limitamos a reponer nuestras desfallecidas fuerzas sino que ya puestos, nos resarcimos y comimos opíparamente. Para rematar el festín nos trajeron un carro de postres del que servirnos a nuestras anchas y del que nos pusimos las botas: melocotones al oporto, jugosas naranjas peladas en rodajas y una crema tostada digna de morir de un empacho por ella.

La receta original de los Pastéis es casi un secreto de estado. Los elaboran también en otros sitios de Lisboa, como en el Café Martinho da Arcada, en la Praça do Comércio, al que le gustaba ir a Pessoa y donde se toma también una estupenda cataplana. Hasta que alguien vaya a Belém a por unos pocos, siempre le queda la opción de probar a hacerlos.

Pastéis de Belém
Ingredientes
Molde:
- Una lámina de hojaldre preferiblemente casero.
Relleno:
- 250 ml de nata líquida.
- 4 huevos
- 15 gr de harina
- 100 gr de azúcar
- Un trozo de piel de limón recién cortada.
- Un palo de canela.

Elaboración
Calentar la nata, con la canela y el limón. Añadir el azúcar. Batir los huevos y añadirles poco a poco la leche caliente. Ponerlo a cocer a fuego muy bajo removiendo constantemente.
En cuanto haya espesado ligeramente, retirar la canela y el limón y reservar.
Cortar círculos de hojaldre y colocarlos sobre moldes rígidos para magdalenas o muffins. Verter sobre los círculos de hojaldre, que habrán de llegar a la mitad de altura del molde,  la crema hasta que casi alcance el borde.
Hornear en horno precalentado a 220º hasta que suban y se doren.
Al sacarlos, bajarán un poco. Enfriar sobre una rejilla, no mucho, sólo hasta que estén templados.
Antes de servir, espolvorearlos con canela y azúcar glass.  

martes, 11 de junio de 2013

Recuerdos de Lisboa

Lisboa está situada en un emplazamiento precioso, para el que conviene ir en forma y entrenado en el deporte de la escalada  Sus maravillosas panorámicas se deben a su situación sobre una serie ininterrumpida de colinas que obligan al visitante, además de a los habitantes, a subir y bajar cuestas constantemente. Aunque parezca que lo peor es la subida, al cabo de un par de días, cuando las piernas sufren los tirones de las agujetas, la bajada impone verdadero pavor. Merece la pena, además de tonificar los músculos se disfrutan de unas vistas increíbles desde cada una de sus cimas.

La ciudad posee un gran encanto. Es un encanto viejo, decrépito en algunos rincones. En algunas zonas los claros dejados en las fachadas por los azulejos azules desprendidos despiertan la impresión de que el resto también está a punto de caerse a pedazos. El empedrado le da un aire antiguo aunque sus irregularidades obligan a andar con mucho tiento. Llama la atención la cantidad de "viejas con muletas", según la caritativa expresión de House, que pasean por la ciudad. La traumatología y la ortopedia deben de ser las actividades más rentables a las que dedicarse. El clima contribuye con su granito de arena, en este caso con sus gotas de agua: llueve con mucha frecuencia (y a veces con muchas ganas, de manera imprevista y con un fuerte viento asociado, de esos capaces de llevarse las mesas, sombrillas y sillas de cualquier terraza, como pudimos comprobar en vivo y en directo). El suelo, resbaladizo de por sí, se transformaba en una auténtica pista de patinaje. Esos días las abuelitas debían de estrellarse por cientos y ya se sabe que, a partir de cierta edad, la cadera es quebradiza y los huesos frágiles.

La comida era sencillamente fantástica. En Lisboa, y en el resto de Portugal, probar el bacalao es obligado. No soy nada bacalaera, incluso en ese detalle me parezco a mi abuela paterna pero, afortunadamente, existe la versión 'a bras', con su cebollita pochada y su huevo jugoso, cubierto por crujientes patatitas paja que camuflan la textura del bacalaó. Nos pusimos las botas de exquisiteces: pescado fresco, marisco de todo tipo y, como colofón, los postres, caseros e irresistibles. Eso por no hablar del vino y del inolvidable y adictivo oporto, del que dábamos buena cuenta en nuestras tertulias de sobremesa en los sillones del bar del hotel. El primer día nos bebimos un par de botellas de una cosecha con más solera que yo. Su precio nos preocupó sólo cuando ya era demasiado tarde.
Continuará

lunes, 10 de junio de 2013

En escena

La lluvia es tan fría que las gotas se congelan en copos de nieve helada. De entre los pliegues de mi bufanda veo el calor que escapa en forma de nube. Me encojo dentro de mi abrigo y camino deprisa hasta llegar al teatro. Entro desde el callejón, por la puerta lateral que da acceso a lo que se esconde tras las bambalinas. Me desprendo de la humedad, la abandono en el ropero capa a capa y la cambio por la segunda piel del maillot. Corro a la sala de ensayos. Descalza, me apoyo en la barra y empiezo el calentamiento. Reviso las posiciones. Hago una serie de pliés y equilibrios en relevé. Paso por toda la tabla: rond de jambe, glissé, battement, frappé, arabesque. Poco a poco mis músculos se ablandan.

Me dirijo al vestuario. Me desnudo de nuevo y me pongo las medias. Las estiro mientras compruebo que estén rectas. Doy una vuelta con mi vestido y el tul de mi falda flota alrededor de mis piernas. Retoco el maquillaje en el espejo. Marco bien todos los rasgos: rojo rabioso en los labios, máscara negra en las pestañas y la sombra, de un gris azulado, sobre los párpados. Reviso el peinado, ajusto bien los mechones dentro del recogido y los rocío con laca para fijarlos en su sitio.

La música suena. El escenario me espera. Me quedan sólo unos minutos. Es el momento de sacar las zapatillas de su funda. Están hechas y ajustadas a mi medida. Aún conservan la rigidez previa al estreno. Froto la suela con resina, las doblo y las golpeo contra el suelo. Me las calzo y anudo las cintas en los tobillos. Flexiono los pies hasta que noto el crujido que me indica que ha cedido el refuerzo de la punta. Estoy lista.

Oigo los acordes previos a mi entrada mientras voy hacia mi puerta. El corazón me late deprisa, trato de adaptarlo al ritmo de la música. Cierro los ojos, respiro hondo. Me concentro y olvido los nervios, de ellos sólo queda un nudo en la boca del estómago. Estiro el torso,  alzo el cuello, doy un paso de puntillas mientras alargo los brazos y salgo a escena. Encadeno los giros, mantengo el eje y la mirada clavada en mi punto de referencia. Salto y tenso el cuerpo para suspenderlo en el aire durante todo un compás. Me recoge mi pareja y me enlazo a ella hasta formar un único bailarín hecho de dos mitades. La música vuela y el tiempo con ella. Mi actuación dura poco más que un suspiro pero al terminar siento como mi alma estalla. Oigo aplausos, me inclino en una reverencia.

Desde el palco, me lanzan un ramo de rosas asalmonadas y desde el foso de la orquesta otro de peonías blancas. Sonrío mientras sostengo ambos entre mis brazos. Sé que he de escoger. Las rosas son la elegancia de una vida tranquila, de tiempo para mí, de viajes, de libros, de buena sociedad, de cultura al alcance de la mano y de arte en los museos. Las peonías son pasión, son música trepidante con momentos de exaltación intercalados con ratos de profunda melancolía, una aventura inesperada cada día. Si rosas sería una reina, si peonías una diosa. Difícil elección ¿o no?

Elijo una rosa y la lanzo a la orquesta, repito el gesto con una peonía que envío al palco. Beso los dos ramos  y los abandono sobre el escenario.

domingo, 9 de junio de 2013

Con alas



¿Cuales son los ingredientes de un inventor? Un poco de inspiración avivada por la pasión, el tesón y el optimismo, liberar la imaginación y soñar, que no falte la diversión ni, por supuesto, el toque de genio. Me encantan las musas de este corto, a pesar de su aspecto poco mitológico. ¿No os gustaría recibir de vez en cuando una visita similar?

sábado, 8 de junio de 2013

Parecidos


Los sábados por la mañana, o algunos domingos si la guardia no me permite ir el sábado, me acerco a visitar a mi abuela a su residencia. Soy su nieta favorita, no por ningún mérito personal, ya lo era antes de ir a visitarla, sino que ese favoritismo se debe a algo visceral. Se supone que la confianza surge casi instintivamente ante alguien en el que nos reconocemos, con el que compartimos rasgos o gestos, y mi abuela afirma, desde mi más tierna infancia, que me parezco a ella. Ambas somos de fácil trato (ejem), pacientes, comprensivas, compasivas y sutiles en nuestras críticas e insinuaciones.

El parecido físico con mi abuela es motivo de orgullo, así que me hincho como un pavo cuando alguien lo señala. Mi abuela era una mujer muy guapa, y aún a sus 95 años conserva buena parte de su atractivo además de aparentar bastante menos edad de la que figura en su partida de nacimiento. Posee una belleza muy de los años 50, y no es su hermosura, sino ese estilo de estética, algo retro, en lo que consiste mi herencia. No me puedo quejar, es una buena base sobre la que trabajar y, tras una serie de trucos adquiridos con la práctica, he aprendido a sacarme el suficiente partido como para ofrecer una imagen presentable. Insisto en realzar los ojos, marcar los labios y lo fundamental: esconder cuanto pueda mi nariz (tarea nada fácil porque no sólo es grande sino que tampoco comparte su forma con la de mi abuela). Tras el arreglo, cuando me sale bien, hay hasta quien me ve incluso "mona", pero el mérito es del pincel, no del lienzo. Sin trabajo es mejor no mirarme demasiado, de hecho el pintalabios (rojo) va conmigo a cualquier lado para evitar asustar involuntariamente a nadie. Mis labios sin cosméticos son demasiado pálidos y el color del rouge se puede extender también por las mejillas para lograr un aspecto saludable. No es que sea simplemente pálida, es que se olvidaron de colorearme.

Son muchos los nietos que recuerdan a sus abuelos aunque no compartan con ellos más que el 25% del material genético. O bien en el proceso de meiosis el espermatozoide paterno culpable de mi futura aparición sólo portaba DNA de su madre, mi abuela paterna, o bien le tocaron en el reparto los genes dominantes (hecho que se ajusta bastante bien al temperamento de mi abuela). Tras ver viejas fotos familiares la responsabilidad cabe asignársela también a mi bisabuelo, cuya hija es la versión femenina de él.

Los mencionados genes dominantes de mi antepasada decidieron hacer honor a su condición y tomar, en lo posible, el mando de la progenie de mis padres. Empezaron conmigo, la primogénita, y se las apañaron para darle a mis rasgos un aire similar a los de ella, aunque menos perfectos (al fin y al cabo era el primer intento). El siguiente experimento fue hermanísima, el conjunto salió mejor aunque el parecido era menor. El hermano era chico, así que sacó un poco de cada lado. Con hermanita se tomaron su tiempo y se esmeraron: hicieron bien los rasgos, incluso la nariz, todos perfectos y sin errores, e incluso se atrevieron a innovar y pusieron un toque más de azul en los ojos y aclararon el tono rubio del pelo (cosa que ya habían probado, con gran efecto, en hermanísima).

Como resultado final las tres hermanas nos parecemos a mi abuela paterna sin por ello asemejarnos demasiado entre nosotras. Mis hermanas son preciosas mientras que en mi caso sólo tengo arreglo. Si alguien cree que exagero (¿yo?) o padezco de modestia (tras leer el blog dudo que nadie esté predispuesto hacia esa opinión) sólo tiene que hacer la prueba de fuego (mejor dicho de agua) y mirarnos a las tres juntas tras asomar la cabeza mojada y la cara limpia de la piscina. La elección se decantará hacia cualquiera de mis dos "h", sin discusión. En el caso de que sean mis primas, de la rama materna, las que llenen la piscina, el espectador tendrá la sensación de contemplar una auténtica exhibición de sirenas. En ese caso es mejor que me dé la vuelta y me sumerja para que sólo se aprecie mi larga y rojiza cabellera.

viernes, 7 de junio de 2013

Se lo voy a decir...

En el blog me esfuerzo en generalizar y aún así los hay que se creen que les señalo con el dedo. No reconocen la ironía, la exageración para rizar el rizo, sino que se sienten directamente atacados. Su afán de protagonismo les pierde, pero se equivocan: es mi blog y la heroína soy yo (salvo el día que le regalo la entrada a alguien especial por su cumpleaños). Son evidentes mis pretensiones a estrella, sólo hay que contar el número total de entradas, en menos de dos años de andadura, para hacerse a la idea.

El reparto de personajes principales que me acompaña en mis historias está claro. No sucede lo mismo con el elenco de secundarios, formados por una nebulosa indefinida. Su carácter no corresponde a un sólo individuo sino que se compone de una serie de atributos entremezclados. Las anécdotas en las que intervienen contienen una base en la realidad más o menos retocada por mi punto de vista (la guionista y gran estrella de la película). El tipo de retoque que sufren depende del día. Las situaciones ridículas y molestas son susceptibles de ser afiladas con sarcasmo. A más tontas y retorcidas, más humor se requiere para enderezarlas.

Al parecer el humor no es cosa de risa. Ofendidos al verse envueltos en tamaña afrenta, los anónimos secundarios se identifican y se quejan. Me sorprende la madurez de su actitud. Al igual que los niños de un jardín de infancia, buscan a un superior al que llorarle. Como no tienen a mano a su papá para acusar al niño malo del colegio, le cuentan la infame felonía a mi pobre jefe que tiene que soportar, sin más culpa que la de su puesto de mando, la descripción detallada de la injuria que su subordinada ha cometido. Albergan la esperanza de que así me gane una buena reprimenda que me cubra de ignonimia. ¿Seré capaz de levantar la cabeza de nuevo tras semejante oprobio o me veré vencida por la humillación de mi deshonra?

He aprendido la lección y para demostrarlo voy a compartir ese mismo talante y "se lo voy a decir... al blog"