viernes, 31 de enero de 2014

Un árbol singular

Dos hileras de árboles montan guardia a ambos lados del camino. De toda la cadena de soldados sólo hay uno que resalta. Es un ejemplar distinto que destaca aunque se oculte entre el resto y procure, en vano, confundirse con ellos. Se mantiene a ras de la línea de formación, sin rezagarse ni sobresalir de lo trazado. A su nivel no hay ninguno como él, los suyos se han quedado atrás para formar otra serie, paralela y escondida, en segunda fila.

En primavera se espera siempre a asomar sus primeras hojas hasta que los demás casi han terminado de cubrir sus ramas y lucen con orgullo el esplendor del nuevo follaje. Sin embargo, a pesar de su paciencia, nada oculta la mancha oscura de su fronda que se recorta entre el regimiento. Las puntas de sus ramas estiradas caen sin fuerzas para elevarse. No quiere alzarse hasta tocar el cielo, sus hojas alargadas ansían apoyarse en el suelo a descansar. Suspira y el murmullo del grupo amortigua su voz, sólo él advierte que su susurro es diferente, como la música de un instrumento que vibra con la armonía del silencio y que nadie se detiene a escuchar. No comprende el deseo de volar de las hojas de sus compañeros. Lo ha probado y lo único que logra es que floten un instante en el viento, se agitan antes de soltarse y caer. ¿Es porque son pequeñas, ovaladas y les faltan alas? Los otros tienen hojas irregulares, amplias como mariposas con vértices que imitan las puntas de las estrellas.

En otoño se apresura a desvestirse con la esperanza de que su desnudez le asemeje más al resto. Sus finas ramas se deshilachan y envuelven la copa en una pelusa fina y despeinada como una flor gigante de diente de león que el aire amenaza con deshacer. Su corteza invernal es rugosa y oscura, un trazo que se funde en las sombras de la noche, un vacío negro entre troncos parcheados de un gris liso y blanquecino. Duerme y en sus sueños hasta la luna le delata. Su claridad recalca la palidez de los demás. La lluvia es su única aliada. Las gotas diluyen las imágenes, desdibujan las formas, el brillo de la humedad matiza los colores. El peso del agua hunde todas las hojas y agacha todas las ramas. Las voces se confunden en el agua. El engaño desaparece junto con la tempestad. El disfraz se seca y la verdad queda expuesta.

jueves, 30 de enero de 2014

Viaje de penitencia

- ¿Rezamos un rosario? - le preguntó la tita Mercedes a la Baronesa.
- ¿Otro?- se asustó el tito - ¿No sería mejor dejar descansar al Señor durante un rato? Al pobre le deben pitar los oídos.
- Nunca se reza lo suficiente - le contestó su mujer.
No tenía escapatoria, tendría que escuchar un nuevo rosario. Sin duda, en ese viaje llevaba acumulados méritos y rezos de sobra para ganarse el cielo.
El pobre tito no sabía que, en cierto modo, era el culpable de aquella situación. Había pisado un poco el acelerador, sólo un poco, lo suficiente como para valorar la capacidad de respuesta del coche. En ese instante sus tres pasajeras habían agarrado sus rosarios y comenzado sus oraciones. Cien kilómetros después, y tras otros tantos padrenuestros, los misterios ya no entrañaban nada misterioso para él. ¡Quería una tregua! Necesitaba un descanso.

- ¿No os apetece parar a tomar un cafecito? - propuso.
- Pues yo sí me tomaría unas hierbas - accedió la Baronesa.
Su hijo sonrió. La palabra de su madre era ley y sólo quedaba la cuestión de escoger un lugar en el que parar.
- En ese bar hay muchos camiones- le indicó su esposa. - Seguro que se come bien.

Sin fijarse demasiado en el local, su marido enfiló el coche hacia el aparcamiento. Como correspondía a un caballero de alcurnia, ayudó a las damas a bajarse y les ofreció su brazo. Los cuatro se encaminaron hacia la puerta y entraron en la sala. No había mucha luz pero sí abundancia de sofás y reservados. Resultaba muy agradable. Enseguida corrió una mujer a recibirles.
- ¡Qué amables!- comentó la Baronesa al resto - no hacía falta que nos atendiesen tan deprisa, la pobre está sin respiración y eso sin contar que apenas le ha dado tiempo a vestirse del todo.
- Buenas tardes - les saludó la muchacha con gesto interrogativo.
- Buenas tardes - respondió el tito. - ¿Tienen infusiones de hierbas?
La cara de la camarera se transformó en un poema.
- ¿Infusiones de hierba?- repitió.
- Sí, nos valen unas simples manzanillas - aclaró la tita.
La joven se inclinó sobre el tito y bajó la voz.
- Discúlpeme- dijo - pero creo que no se han dado cuenta de dónde están.

El tito miró a su alrededor y prestó atención a los detalles. Se percató entonces de la luz roja sobre la puerta y de las cortinas en los reservados, también de la pequeña pista de baile con una barra en el centro.
- Cati, Cati - susurró - ¡vámonos! que esto es un puticlub.
Cati abrió unos ojos como platos y, en su precipitación, casi empujó a la Baronesa hacia la puerta.
- No me encuentro bien - se excusó. - Necesito un poco de aire. Creo que es mejor que salgamos y reemprendamos el viaje.
La tita y la abuela se miraron extrañadas, sin comprender aquellas prisas. Lo cierto es que no cabía discusión posible, su chófer ya estaba fuera y les sostenía la puerta. Subieron al coche y, al arrancar, comenzaron un nuevo rosario. El tito se conformó, y hasta rezó un padrenuestro. Esta vez le iba a costar ganarse de nuevo el cielo.

miércoles, 29 de enero de 2014

Un guardarropa de cuento


A los autores de cuentos clásicos les habría venido muy bien disponer de un asesor de moda o, simplemente, ser mujeres. Sus protagonistas tienen algo en común: durante una fase de la historia su aspecto es el de auténticas zarrapastrosas. De ello se deduce que los conocimientos tanto de moda como de la psique femenina no eran el fuerte de los escritores, aunque en lo referente a imaginación a la hora de idear disfraces no tenían parangón. Seguro que triunfaban en Halloween.

A la pobre Cenicienta la cubren de cenizas de los pies a la cabeza. Supongo que semejante aspecto disuadió a su hada madrina de presentarse antes. No estaba segura de si, la que se suponía era su ahijada, había sido intercambiada por una cría de bruja llena de mugre y de canas. Hasta que los ratones, más puestos en tendencias que el autor, no le cosieron un bonito vestido a la chica, el hada no salió de dudas. Para entonces había perdido mucho tiempo y, con las prisas, actuó precipitadamente. ¿En qué estaba pensando, si es que pensaba en algo, cuando calzó sus pies con unos zapatos de cristal? ¡y con tacón! ¿Es que no se le ocurrió ningún calzado más propicio para asistir a un baile? No me extraña que a medianoche la protagonista huyese y abandonase por las escaleras el maldito escarpín (el otro le iba más justo y no consiguió quitárselo).

La Bella Durmiente debió de sufrir lo indecible acostada, sin moverse, durante nada menos que cien años, en su vestido de época. Salvo que, al igual que a Aquiles, la hubiesen bañado al nacer en el río Estigia lo normal es que la narcoléptica princesita se despertase con el cuerpo lleno de llagas. Corsés, ballenas, enaguas y miriñaques nos aseguran que no era tan delicada como la princesa del guisante, que no pudo conciliar el sueño por culpa de un guisante escondido debajo de veinte colchones y veinte edredones (aunque dudo que nadie se arriesgase a dormirse encaramado a semejante torre). A esa tierna criatura le soltaron tal aguacero encima que de su vestido sólo sabemos que quedó hecho un pingajo.

A la misma estirpe invulnerable que la Bella Durmiente pertenecía la cuidadora de gansos, cuya rebeldía la llevó a rechazar las presiones de la moda. Seguro que su armadura de juncos la protegía de los ataques de sus animales. Es la única justificación razonable de su indumentaria. No eran prendas ni bonitas, ni cómodas, ni favorecedoras. ¿Quién sabe? Quizá sólo pretendiese ser original para llamar la atención. ¡A fe que lo consiguió! y, dado el final del cuento, con mucho éxito.

Con Piel de Asno se excedieron. ¿Bajo los efectos de qué sustancia concibieron un borrico que cagase monedas de oro? ¿No había una manera más refinada de acuñar dinero en ese reino? En cuanto se les pasó el delirio los mismos autores fueron conscientes de la magnitud de aquel disparate y optaron por poner fin a la existencia del bicho. Aún no debían andar muy finos porque eso de sacrificar al pobre animal (¿qué culpa tenía de haber nacido?) a manos de la princesa no se ajusta al talante de la dulce damisela. En su desvarío la llevaron a exhibir aquella piel a modo de abrigo, para colmo sin curtir. Ignoraban que ninguna mujer que se precie, por muy desesperada que esté, se cubriría con semejante atuendo.

Los escritores no sólo desconocían la moda y la mente femenina, tampoco daban la talla en lo referente a la alta costura masculina. El mejor ejemplo de cómo sacarle partido a la falta de ideas se muestra en el traje nuevo del Emperador. El autor no encontró nada suntuoso que ponerle, lógicamente no le valían los harapos habituales o le habría dotado de un guardarropa bien surtido. La decisión final fue salomónica: ni lo uno, ni lo otro. Se acepta que la naturaleza es sabia y nunca se equivoca y, no obstante, pocos se atreven a exhibirla al desnudo. Tras esta reflexión la deducción lógica sería: ¿qué mejor traje que la propia piel? Y disponían nada menos que de un emperador para encarnar al embajador de esta corriente. Para vergüenza de su abanderado, el plan no funcionó. El monarca nada pudo hacer frente al decoro impuesto por Adán y Eva en el Primer Libro.

martes, 28 de enero de 2014

Decálogo del profesor por Bertrand Russell

Aunque hoy sea Santo Tomás de Aquino, los siguientes consejos para profesores, a los que les he añadido a última hora un pequeño comentario personal, son de Bertrand Russell.

1. No estés completamente seguro de nada. Es sorprendente descubrir lo equivocado que se puede estar en temas de los que se estaba convencido. 

2. No consideres que merece la pena esconder evidencia porque lo evidente saldrá a la luz. En palabras del refranero: se caza antes a un mentiroso que a un cojo. 

3. Nunca intentes desmotivar el pensamiento, tendrás garantizado el éxito. Esto se debe a la ley del mínimo esfuerzo, pensar cuesta y si no hay razón para ello ¿por qué hacerlo?

4. Cuando encuentres oposición, incluso de tus hijos o tu pareja, trata de zanjarla con razones y no con autoridad, porque una victoria autoritaria es ilusoria. No vale el argumento "porque lo digo yo".

5. No sientas respeto por la autoridad de otros, siempre se encuentran autoridades contrarias. Entre unos y otros fórmate tu propio criterio con tus propios argumentos. 

6. No emplees el poder para suprimir opiniones que creas perniciosas, si lo haces las opiniones te suprimirán a ti. La represión nunca es una buena medida, suele provocar el efecto contrario al deseado. 

7. No temas parecer excéntrico, todas las opiniones actualmente aceptadas fueron excéntricas en algún momento. Mostrarse siempre de acuerdo con el resto no fomenta el desarrollo de una línea de pensamiento original. 

8. Complácete más en el disentir inteligente que en el asentir pasivo. Si valoras la inteligencia como se debe la primera implica un acuerdo más profundo que la última. Discrepar supone escuchar y sopesar la opinión del otro para ser capaz de rebatirla. 

9. Se escrupulósamente veraz, incluso si la verdad resulta inconveniente. Es aún más inconveniente cuando tratas de esconderla. La enseñanza se basa en el conocimiento y no en el engaño, recurrir a él es una bajeza que conduce al desprestigio. 

10. No envidies la felicidad de aquellos que viven en un paraíso de tontos porque sólo un tonto pensaría que eso es felicidad. Suena casi de perogrullo pero la verdadera felicidad radica en saber valorar las cosas y en ser capaz de mostrárselas a otros para compartirlas con ellos.

PS: Le agradezco a Titón su aportación en los comentarios que os añado a continuación:


Muy bueno el decálogo, pero ya que estamos me gustaría añadir un par de cosas de mi propia cosecha. Aunque mi experiencia en el campo de la docencia sea corta, intento basar mi trabajo diario en dos pilares fundamentales:

1º - Trabaja e innova siempre. Que las clases no sean repetitivas, busca material nuevo y crea el tuyo propio. No solo lo agradecerán tus alumnos, de ese modo se logra una buena salud laboral. Se evita caer en la rutina, causante inevitable del aburrimiento y del síndrome del profesor "quemado."

2º - Basa el método de enseñanza en crear la necesidad de aprender. Obligar no funciona ni crea hábitos duraderos. Por el contrario, si se crea la necesidad de leer, por ejemplo, tendremos un lector potencial que disfrutará con un libro en sus manos.

Pero como dice Don Manuel más arriba, los decálogos se quedan siempre cortos. Llegar a manejar y usar la verdadera esencia de cualquier pauta de este tipo conlleva muchísimo esfuerzo, dedicación y trabajo.

También hermanísima ha contribuido con un excelente consejo y un agradecimiento al que me sumo:

El tema afectivo siempre suele funcionar bastante bien. Es muy importante crear un vínculo con nuestros alumnos, que noten que los queremos y que las cosas que hacemos tienen un único objetivo: ayudarles a desarrollarse como seres humanos que viven sociedad. Si además conseguimos que aprendan a expresar lo que saben, que empaticen con compañeros y profes, que reconozcan que la equivocación es el primer paso hacia el conocimiento, que entender y saber son conceptos distintos y que ayudar a un compañero es explicarle lo que no sabe y no decírselo sin más, estaremos en otro nivel de la docencia.

En esta parte de mi docencia, estoy disfrutando con la experimentación de distintas metodologías, agrupamientos alternativos y el trabajo a distintos niveles para incluir en el aula a todos: desde el más torpecillo al más listo. No es tan difícil como se cree y da buenos resultados.

Brindo por todos esos docentes que nos han abierto las puertas de la imaginación y del conocimiento y que con su ejemplo nos han enseñado a ser mejores personas. Nuestra familia ha dado muchos y hemos tenido la suerte y el privilegio de tener muchos más. Amiga de madre, desde aquí te hago este pequeño homenaje a ti también.

lunes, 27 de enero de 2014

Sueños extraños

¿Sueñas en blanco y negro o en color? La primera vez que oí esa pregunta me sorprendió. Daba por sentado que todos compartíamos la manera de soñar. Hay noches que sueño en blanco y negro pero la mayoría de mis sueños son en color. ¿Habéis soñado alguna vez que camináis por una ciudad desierta? Cuando era pequeña solía tener ese sueño. Es un sueño en blanco y negro, de calles de aceras grises y paredes de bloques de piedra también gris. Es de día pero el cielo está cubierto de nubes y la luz es blanquecina. No hay lluvia, nada se mueve. A través de los escaparates no se ve a nadie, la ciudad está muerta, sin más vida que la mía. Recorro calles conocidas y me adentro en otras desconocidas, todas vacías. No estoy asustada, sólo desconcertada. Entiendo lo que pasa, sé que estoy sola y paseo mientras cavilo, sin saber qué hacer.

Mi otro sueño en blanco y negro es el de la lluvia. Es una cortina de agua que no me deja ver nada. Sé que son lágrimas, las lágrimas de una tristeza inmensa, desoladora. Llorar a mares no alivia la pena, sólo la aquieta, supongo que por agotamiento. Es un sueño del que aún me queda congoja al despertar.

Mi pregunta sería: ¿cómo prefieres soñar? Prefiero los sueños en color, aunque resulten extraños, como ir sin zapatos, por la calle o por el hospital. A pesar de los cientos de pares en el armario, ese día los he olvidado. Mantengo la ridícula esperanza de que nadie se dé cuenta, eso sí, no paro de zascandilear, descalza por los pasillos, ni un momento. Siempre tengo que ir a algún lado. Otro sueño que me agobia es el de no lograr andar, lo intento y las piernas se me doblan y tengo que avanzar con las manos y de rodillas, no me rindo y sigo. Como el conejo de Alicia pretendo llegar deprisa a algún lado y se me hace tarde.

Mis pesadillas son en color. Me persiguen y huyo, puede que vuele aunque para volar doy brazadas, como si nadara en el aire. Parece fácil, natural y real. También es vívida la sensación de que me agarran o la que me despierta sobresaltada porque noto algo maligno que se acerca a mi cuello. Sólo me duermo de nuevo si subo las sábanas hasta la nuca y me las coloco a modo de collar para que me protejan. Esos son sueños de oscuridad, las amenazas son sombras que surgen de las tinieblas. Son sueños negros pincelados de marrón, morado y rojo, muy distintos a mis primeros terrores infantiles, de cuando sólo tenía dos años, y que no he olvidado: mi habitación había desaparecido, no había paredes ni suelo y mi cama flotaba, perdida en el universo, mientras las estrellas se desplazaban a mi alrededor. Si abría los ojos, las estrellas no se iban, seguían allí.

domingo, 26 de enero de 2014

La creatividad y la educación por Sir Ken Robinson

¿Os habéis planteado por qué la educación está diseñada así? ¿Qué es lo que hace que unas asignaturas se consideren más importantes que otras? ¿Qué tienen las matemáticas y la lengua que las convierta en superiores a las artes? ¿Cuál es la finalidad de la educación? ¿Cómo funcionan la mente y el cuerpo de un profesor universitario? La respuesta a esta pregunta, a partir del minuto 9:50, no tiene desperdicio. ¿Por qué es vergonzoso equivocarse si de errar se aprende? ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Por qué un título ya no te abre las puertas

La siguiente charla me resultó no sólo interesante sino muy entretenida. Intercala anécdotas con un toque de humor entre la teoría que consiguen captar y mantener la atención del espectador.


Hermanísima expone su comentario desde el punto de vista del docente actual. Os añado su texto a la entrada para completarla:
Muy bueno. La verdad es que dice verdades como puños y muchas de ellas nos las planteamos los docentes todos los días. Totalmente de acuerdo con él en lo de la hiperactividad, la mayoría de esos niños que se diagnostican con TDH simplemente tienen dos buenos guantazos bien dados y una minoría tienen algún talento oculto. Por supuesto que alguno también estará medio loco y debería estar medicado con algo más que Rubifén.
El mundo va por caminos que nadie conoce y yo lo único que puedo ofrecer a mis alumnos es lo que tengo: les ofrezco la oportunidad de hacerles pensar de la forma más creativa y divertida que encuentro, lo que no he oído en ningún momento en la conferencia es qué es es lo que van a hacer los alumnos por su futuro porque si yo pongo todo de mi parte y ellos no ponen nada de la suya ¡Mal vamos!
No voy a entrar a mencionar a todos los responsables de este proceso: familia, sociedad, estado... que muchas veces se lavan las manos y nos dejan todo el trabajo a los docentes. Yo sólo puedo decir que en ésta, como en todas las profesiones, hay mucho inepto y que es de necios y de vagos dejar la educación de nuestros hijos en manos de unos pocos ¡Cuántas más personas intentemos hacerlo bien, más posibilidades tendremos de triunfar! 

viernes, 24 de enero de 2014

El Catedrático y la Señora ponen orden

Íntimo ha generado unos comentarios muy interesantes. Los del Catedrático y la Señora responden además a la pregunta de Manuel. Para que resulten más cómodos de leer os los pongo en forma de entrada. 

La opinión del Catedrático: 

A ver si ponemos un poquito de orden.
Hay varios tipos de escritura y todo ello, en nuestro mundo occidental, es bien conocido desde hace unos dos mil quinientos años, así que no inventamos nada.
Para centrarnos en Grumpy, lo que hay que considerar son varios aspectos.
a) Uno puede escribir para sí mismo. Lo guarda en una carpeta y lo relee cuando le parece oportuno, generalmente con provecho. (Nada nos da la visión real nuestra tanto como repasar lo que en momentos nos pareció importante y comprobar lo que sigue siéndolo). Es aconsejable quemar esos papeles cuando se está a tiempo, si se deja la instrucción de que otros los quemen, generalmente se tienen dudas, más o menos fuertes, sobre la conveniencia de su destrucción. Lo que el heredero debe hacer es quemarlos, sin más. Si no se queman, puede haber "daños colaterales".
2) Se escribe para ser leído. Prescindo de los textos científicos o didácticos, que, naturalmente, tienen su propia dinámica, para limitarme a los literarios.
a) El autor literario escribe porque lo necesita y, aunque restrinja su círculo de lectores, siempre tiene que existir.
b) El autor literario escribe para ser leído.
En ambos casos me parece que lo que importa es el texto. (Hablo de escritura profesional, se entiende, los blogs se han convertido en el acceso libre de los pinchaposos, tan evitables como los campirris).
Lo que le ocurre a Grumpy es que no se decide a reconocer la realidad: quiere ser leída, sabe que es leída y que su lectura atrae a varios tipos de lectores. Al mismo tiempo, trata de imponer su mundo interior, a mi juicio por un camino resbaladizo.
Escribir es tachar y romper. El blog es la tentación de la facilidad, uno cede a ella fácilmente, tanto más fácilmente cuanto más joven se es o menos experiencia se tiene.
El lector no es gratis, hay que ganárselo. Reconozco que, a veces, no paso del primer párrafo o leo al bies. Quizás no guste que lo diga; pero es la realidad de cualquier lector.
El profesional de la escritura tiene que saber qué lectores le interesan. Algunos quieren los más posibles (económicamente es lo más rentable), otros prefieren lo seguro a lo probable. Como en toda decisión humana, uno se puede equivocar, corregir y volver a equivocarse.
Quien hace público lo que escribe siempre piensa que alguien disfrutará o con ello o le aprovechará. Se impone por ello una reflexión sobre el tercer don de los Reyes Magos, la mirra. Se trata del recuerdo de lo contingente, de la evanescencia de la vida. "Mortificarse", que es el sentido de la mirra, es, etimológicamente, 'hacerse para la muerte', o sea, reconocer esa evanescencia y ajustarse a ella. No es, como algunos creen erróneamente, darse latigazos en la espalda o clavarse cristales para hacerse sangre. Es, sencillamente, vivir con la conciencia del tiempo. (Esa conciencia puede incluir o no una dimensión de eternidad; pero no es el momento de discutirlo).
Escribe un ser con tiempo, en un tiempo dado y para seres con tiempo.
Quizás desde esa perspectiva algunas preguntas queden resueltas. Si no, el tiempo nos dará más respuestas.

¡Ah! Y escribir no es un acto íntimo, es un acto comunicativo. Cuando uno escribe totalmente para sí mismo, lo que hace es salir de sí mismo para volver a entrar. Otra cosa es engañarse.

La opinión de la Señora:

Ese recorrido desde la "nube rosa" al texto escrito siempre ha dado lugar a muchas discusiones sobre el rasgo que debe predominar en el proceso. Es un problema complejo, pero nuestra época se caracteriza por la libertad creativa y podría decirse, en la línea de lo que apunta Manuel Márquez Chapresto, que es el propio autor el que condiciona su estilo en función de que su mensaje llegue al lector de un modo más genuino y acorde con la idea que quiere comunicar. Claro que en otros momentos, si esa idea es un desahogo imaginativo o esa vivencia propia que pugna por tomar forma en la palabra, entonces el lector no importa (o importa poco) y es el autor mismo el que ajusta su lenguaje a la expresión de esa parte que es de su mundo y que en muchas ocasiones, a pesar de hacerse explícito en el mensaje, se queda sin ser compartido con el otro.

Íntimo

Escribir es un acto íntimo. Al sentarse delante de la hoja en blanco uno bucea dentro de su mente para encontrar lo que, en ese momento, desea contar. Sea lo que sea, una historia, un paseo, un comentario de un libro o una idea ridícula, es algo que, hasta entonces, sólo le pertenecía al escritor. Durante el proceso se abstrae de tal modo que abandona el mundo que le rodea, incluso la noción del tiempo le es ajena. No sólo busca las palabras sino también la manera de expresarlas. La música de las frases no es otra que el ritmo que marca su respiración. El corazón se acelera, la garganta se cierra mientras que deja sobre el papel una parte de sí, una parte que pocos, muy pocos, conocen. No es un fragmento de su realidad mundana, sino una porción del ser que integra su realidad imaginaria.

El escritor se halla inmerso en un conflicto entre sus dos realidades. La que comparte con el resto es su realidad mundana, esa que es necesaria e inevitable, y en ocasiones monótona y rutinaria sin posibilidad de escape. Su refugio es su realidad imaginaria, la que le pertenece en exclusiva y que se adapta a su ánimo, a la compañía y al momento. Es la que vuelca en sus escritos, la que ve reflejada al leer los escritos de otros. Es su propia realidad, la que crea, la que le apetece de verdad vivir, en la que se siente cómodo porque las cosas son como deberían ser, en la que es lo que pretende y hace lo que desea. Los propósitos dejan de ser intenciones para convertirse en hechos y el resto del mundo se siente feliz por ello. Esa realidad es, sin duda, mucho más interesante.

jueves, 23 de enero de 2014

¿Buena, mala o mejor?

Siempre me ha gustado la famosa frase de Mae West de: "Cuando soy buena, soy muy buena pero cuando soy mala, soy mejor". Es algo que, en momentos puntuales, comparto. Procuro ser buena, lo intento la mayor parte del tiempo, de veras, trato de hacerme con el secreto de ese espíritu angelical natural en algunos y, cuando creo que me acerco, me esmero por conservarlo. A veces hasta me da la impresión de lograrlo, aunque sea esporádicamente. Soy una optimista nata y esos instantes son efímeros. Se volatilizan tan rápidamente que no dejan rastro. Estoy convencida de ser la única que los percibe, supongo que porque soy consciente del esfuerzo. Sucede por accidente lo que no me permite repetir el experimento a voluntad.  Eso sí, el hacer algo bueno por alguien suscita una enorme satisfacción interna. Se eleva la autoestima, el amor propio y el ajeno.

En lo relacionado con la bondad y la maldad una cosa es evidente: cuando eres buena nadie te lo reconoce, sin embargo las maldades, por pequeñas que sean, no pasan nunca desapercibidas.

No siempre consigo ser buena y, al carecer de término medio, lo que me toca es ser mala. Me olvido de donde guardé la tolerancia, saturo mis mecanismos de autocontrol y exploto. Me dejo llevar por mis instintos. A diferencia de Mae West, cuando soy mala no es que sea mejor, es que soy maquiavélica. El infierno se desata en mi imaginación. Afortunadamente no llevo a cabo las maquinaciones que se me ocurren, me suelo limitar a pensarlas y a mantenerme a una cierta distancia prudencial de aquellos que no se encuentran en esos momentos en situación de favor. En general no me gusta el contacto con la gente, salvo con los seres que he elegido por algún motivo, racional o irracional, en cuyo caso me encanta.

Mis estallidos son tan fulminantes como meteóricos. Si me callo todo vuelve a su cauce, aunque es fácil que la situación se repita en un futuro. Total no ha sucedido nada grave, todo queda en un acelerón ante un contratiempo. El problema llega cuando, tras varios silencios, decido expresarme. La mera declaración ya acarrea desagradables consecuencias así que no me quiero ni imaginar qué ocurriría si pusiese en acción alguna de mis resolutivas ideas. Claro que al no dejar títere con cabeza no creo que tuviese que preocuparme por ver las caras de mis adversarios.

miércoles, 22 de enero de 2014

La lavandería de irás y no volverás

Mi abuela siempre lleva encima su libro negro. En él registra las prendas que van a la lavandería. Es concienzuda y figura la descripción, la fecha de salida y una serie interminable de rayas verticales por las que cuenta, igual que un náufrago, el tiempo transcurrido desde entonces. Sólo le falta un detalle: tacharlas de la lista junto con la hora de entrada. ¿Es que por la emoción de recuperarlas a mi abuela se le olvida apuntarlas? ¡Ojalá! No, a pesar de sus 96 años mi abuela no es despistada, no es ella la culpable del desliz. El verdadero motivo es que esa ropa se fue para no volver.

En la residencia todo el vestuario de los inquilinos está marcado. No cuentan con un ama de llaves que se ocupe de esa faena sino que son las familias las encargadas de coser, una por una, el nombre a las prendas. Está demostrado que escribirlo no es ninguna buena idea, aunque sea tinta indeleble el detergente de la lavandería arrasa con ella. No sé qué marca usarán pero es infalible e incluso algo corrosivo porque acaba por comerse los hilos. Hay que armarse de valor a la hora de renovar alguna pieza del guardarropa. Sea lo que sea antes de acabar en el armario de su nuevo dueño ha de emprender toda una odisea. Para empezar es fundamental escoger una tienda en la hagan arreglos o que se pueda cambiar o devolver. En su primer viaje a la residencia se acompaña de una caja de alfileres. Se prueba y se comprueban los problemas que presenta. Si el arreglo es factible se señalan los ajustes con los alfileres, pare ello se agradecen los años de modista en casa (a la que algún día le tocará una entrada), y se regresa a la tienda para que la recompongan. Se recoge y se hace una segunda prueba de confirmación. Si todo está en orden aún le toca recorrer el circuito de vuelta a casa para marcarla antes de instalarla en su alojamiento definitivo. A pesar de este periplo la verdadera prueba de fuego es su paso por la lavandería. No, no es ninguna exageración, he comprobado que mi abuela tiene razón.

Hace unos días coincidí con mis tíos en mi visita a la residencia. Mi abuela nos informó de que esa mañana se exponían las prendas perdidas para su identificación por sus respectivos dueños. Parecía una buena noticia. Llenos de ánimo, los cinco, como los aventureros de Enid Blyton pero con unos años más, nos dirigimos a la sala en cuestión. Cuando llegamos descubrimos que aquello, en realidad, era una sucursal del Rastro. Íbamos a necesitar todas nuestras dotes de observación para encontrar algo allí, además de aplicación, paciencia y mucha, mucha suerte. Nada menos que 8 mesas exhibían la mercancía. Eso sin contar los 3 percheros y las cajas de ropa interior. Mi abuela tiene muy bien la cabeza pero no así los huesos y bucear entre pilas de ropa con un andador no es para ella una tarea factible. Se sentó en una silla para dirigir desde allí el trabajo de campo. Tras escuchar su descripción de las piezas desaparecidas, los cuatro nos entregamos a la labor. Le mostrábamos cada hallazgo para su reconocimiento. Si veíamos algo que nos parecía especialmente bonito también se lo enseñábamos para que disfrutase de los encantos escondidos de aquel mercadillo improvisado. Encontré una de sus faldas y mi tío realizó la proeza de localizar nada menos que unas medias. Otra falda, un camisón y una camisa andaban de turismo por otros lares porque allí no estaban. La caja de prendas íntimas, del tamaño de un contenedor de mudanzas, nos impuso de tal modo que la dejamos por imposible. Tengo la intuición de que irá íntegra a Caritas.

No me quiero ni imaginar cómo se las habría apañado mi pobre abuela si hubiese tenido que enfrentarse sola a la empresa. Sé que con su habitual empeño lo habría logrado pero no sin correr el riesgo de sufrir un serio percance durante el proceso. Sus fuerzas no están como para ir de mesa a mesa, y de prenda en prenda. No le sobran como para abusar de ellas de esa ni de ninguna otra manera. Para la próxima vez que monten el bazar de la lavandería habrá que acordarse del anterior y pedir refuerzos.

martes, 21 de enero de 2014

Un discreto baño de mar

Impotente, contemplé como toda mi ropa cabalgaba sobre las olas. Fue en ese momento cuando empecé a dudar si bañarme desnuda en el mar había sido una buena idea. Había oído a tanta gente ensalzar sus bondades que, finalmente, la curiosidad pudo más que mis remilgos y decidí probarlo.

Tomé todas las precauciones para que esa experiencia fuese un acto íntimo y discreto, pretendía mantenerlo en secreto. Aproveché el momento previo al amanecer de un día laborable, cuando la media luz aún no permite distinguir los colores. El mar estaba un poco picado pero lo prefería así, las olas mantendrían al resto del mundo alejado de la playa. Soy pudorosa y una cosa era superar mi vergüenza para bañarme desnuda, a solas, y otra, muy distinta, enfrentarme al público.

Me alejé de las casas. Ni siquiera desde las ventanas quería testigos de mi proeza. Me desnudé en la orilla, agazapada tras unas rocas y dejé sobre ellas mi escasa ropa. Estaba tan pendiente de cerciorarme de que no hubiese gente en las inmediaciones que ni me acordé de que la marea tiene la mala costumbre de subir regularmente.

Avancé hasta notar el frescor del agua a la altura del cuello. El mar me vestía, era una capa que me protegía. La corriente rompía contra mí, me envolvía en lazos que se deshacían al formarse y ablandaban mis músculos con su masaje. La arena limaba mi piel, incluso a veces me mordisqueaba como si deseara meterse debajo de ella. Era un baño suave, profundo y vivificante. Me demoré más de la cuenta. ¡Podría repetirlo a diario!

Las yemas de mis dedos estaban arrugadas. El amanecer ya no era gris, ni siquiera amatista y rosa, sino azul, de sol radiante y mar brillante. Definitivamente era hora de salir. Busqué las rocas. No había ni rastro de ellas, ni tampoco de mi ropa. Me debía de haber alejado más de lo que suponía. Miré a mi alrededor para tomar referencias. Fue entonces cuando descubrí una mancha roja sobre el agua. Se me encogió el corazón al identificarlo. No, no era sangre sino algo mucho peor: ¡mi pareo!

La marea alta me ofrecía la ventaja de tener que atravesar menos playa. Aún estaba desierta pero eso no era ningún consuelo, sólo significaba que ni siquiera podía hacerme con una toalla prestada. Tendría que meterme en el pueblo disfrazada con el traje nuevo del emperador. Ganaría popularidad.

Mis cabellos no son los de Lady Godiva y, aunque los estiré todo lo que dieron de sí, no me cubrían más allá de las clavículas. No es que tenga mucho que tapar pero los brazos y las manos eran insuficientes. ¡Si al menos hubiese un kiosko! Diseñé un vestido de periódicos que, lamentablemente, no tuve oportunidad de trasladar a la práctica.

Sólo a mí se me ocurre hacer experimentos en un día laborable. ¿Es que todo el mundo sale a trabajar a la misma hora? Confirmé que así era y que, a pesar sus caras de recién levantados, ninguno tenía los ojos pegados sino que todos eran capaces de abrirlos como platos. Sonreí y les di los buenos días, con la cabeza, sin mover las manos. Nunca hay que perder las buenas maneras.

Al fin estaba en casa. Al parecer los vecinos comparten horario con el resto del pueblo y coinciden en el ascensor. Ninguno preguntó y tampoco creí preciso dar explicaciones. No llamé al timbre, sólo unos tímidos golpes en la puerta y crucé los dedos. Tuve suerte, fue mi hermana la que me abrió. Antes de que nadie más me viera me prestó una maxi-camiseta.

Jamás he vuelto a estar tan solicitada como ese verano. Nunca he salido menos y leído más

lunes, 20 de enero de 2014

Soledad sin refugio

Es un día triste, llueve ¿o son mis lágrimas las que nublan el paisaje? Tengo un nudo en la garganta. Avanzo entre los árboles en busca de esa parte que he perdido y que ha dejado en su lugar un agujero negro lleno de dolor. ¿Llegaré a su fondo para vaciarlo? Supongo que aunque quede un hueco, la nada que ocupe ese espacio no dolerá tanto. Es demasiado profundo y ni siquiera me permite acercarme o me ahogaría en su tristeza. Por eso busco lo que sé que no volveré a encontrar pero que, pese a todo, necesito buscar. Es mi lucha para no rendirme al desconsuelo.

Las sombras se distorsionan, cada paso adelante es un paso que me adentra en lo desconocido. Estoy sola y tengo miedo, lo confieso. No hay nadie, ni siquiera me siento a mi misma como un ser completo sino que me he convertido en una mera partícula aislada. Me desconcierta mi propia fragilidad, el notar cómo me rompo por dentro. Poco a poco todo se reduce a un sinfín de añicos mal unidos. Bastaría un suspiro para desvanecerme. En mi soledad ¿dónde encontraré un apoyo? Supongo que en los árboles del camino. Me fijo en ellos. También están solos, sin más voz que la que les preste el viento y sin más amarre que el suelo. Tiritan desnudos, expuestos al hielo y a la oscuridad de la noche.

Recojo la nieve acumulada a los pies de un árbol seco. Protejo con ella el su tronco, reparto los copos blancos y suaves sobre la corteza negra y mate. Cubro las ramas heladas, les doy calor con mi aliento y su sombra borrosa se define en una nueva forma, con un contorno similar pero con algo distinto, una figura con vida propia. Se separan de las raíces unas piernas grises que sostiene un torso que fluctúa al ritmo de la respiración, unos brazos que se ofrecen para acogerme en ellos, unas manos de dedos largos y finos que me acarician el rostro y peinan mis cabellos y una cabeza que se inclina sobre la mía. Me abrazo al árbol y su sombra me estrecha en su regazo. Siento el consuelo de su contacto y espero a su lado a que la aurora rompa las tinieblas y que, junto con el día, surja el sol.

viernes, 17 de enero de 2014

Liberación sexual

El sexo es tradicionalmente machista: hasta hace relativamente poco, y en muchos lugares aún se mantiene, era el varón el que elegía y dominaba en ese aspecto de la pareja. A raíz de la mejora de la eficacia de los métodos anticonceptivos se revolucionó la vida sexual de las mujeres que quedaron liberadas del yugo de la amenaza del embarazo y del ¿qué dirán? Es por ello por lo que la virginidad ha pasado a ser una virtud utópica, salvo en los círculos más conservadores, tan sólo deseada por los progenitores de "la niña" sexualmente activa.

La sabia naturaleza eligió este sistema para la perpetuación de la especie en los animales. Al llegar la época de celo se relega cualquier otro tipo de actividad. Lo único que cuenta es competir por los puestos de poder y ganarse el derecho a copular con las hembras. Compartir el material genético para crear una línea de descendientes con los rasgos del más fuerte es prioritario.

La sociedad ha pulido este instinto básico en los humanos, aunque no en todos ha logrado la misma tasa de éxito. Afortunadamente los tabúes sociales y religiosos más restrictivos han perdido fuerza en nuestra sociedad. En general el sexo es algo íntimo, privado y sin la etiqueta de pecado. El sexo consentido no es una perversión, una flaqueza de la que haya que avergonzarse. En realidad es un vínculo más entre dos personas. La oxitocina que se libera durante el orgasmo liga a los miembros de la pareja y la dopamina estimula el deseo. No es un vicio secreto sino que ha salido del escondite del dormitorio y forma parte de libros no prohibidos y se muestra con cierta naturalidad en las películas, si bien es cierto que las que contienen escenas más explícitas son motivo de escándalo y publicidad gratuita. Se discute de sexo en las conversaciones, con más o menos detalle en función de los interlocutores.

Pese a todo hay algo que no ha cambiado: continúa siendo un factor primordial a la hora de dirigir la vida del individuo. Al igual que en el resto de los mamíferos, los hombres compiten no sólo por conseguir el papel de líder, en sus diferentes versiones: político, económico, social... sino por lo que esto implica a la hora de contar con un mayor número de parejas entre las que escoger. La lucha no se limita a una exhibición de fuerza y a un despliegue de las características físicas, sino que las carencias en esos aspectos se pueden suplir por otros rasgos. La inteligencia despierta admiración que en muchos casos desemboca en deseo. La simpatía conquista y el engaño embauca. El dinero, la posición laboral y social, el éxito profesional son ganchos muy atractivos para las hembras lo que deriva en una renovación, más o menos frecuente, en función del carácter de cada individuo, de la pareja sexual.






jueves, 16 de enero de 2014

Moderación

Conozco la palabra moderación, sé lo que significa (en serio), aunque no lo parezca. El DRAE la define como "Cordura, sensatez, templanza en las palabras o acciones". Mi problema es evidente: a pesar de entender el término, no sé cómo se aplica.

¿Me falta cordura? Cierto que en ocasiones me invade mi propia imaginación pero aún logro distinguir lo que corresponde a cada esfera (o eso creo). ¿Es acaso una cuestión de sensatez? Trato de controlar mis impulsos y razonar mis decisiones, pero no siempre acierto. ¿Soy acaso una víctima de la razón de la sinrazón? Razonar no implica alcanzar una conclusión correcta, de hecho lo normal es que un razonamiento peregrino derive en una idea aún más peregrina. Eso sí, durante el proceso se afianzará como si se tratase de la verdad más absoluta.

Llegamos a la templanza. ¡Uff! ¿Cómo reprimirse ante algo apasionante? ¿Cómo dejar de disfrutar todo el placer que ofrece? ¿Por qué es mejor disimular las emociones que darles rienda suelta y compartir ese algo especial? ¿Qué hay de malo en expresar la alegría o el entusiasmo? La felicidad es expansiva, contagiosa. Entonces ¿por qué cortarle las alas? ¿Qué sentido tiene arrinconar lo que contribuye a ella?

Con esta filosofía en la cabeza veo muy difícil el que llegue jamás a convertirme en un modelo de moderación y, si para ello debo recortar mi entusiasmo, tampoco estoy segura de que lo desee.

miércoles, 15 de enero de 2014

El origen de las vacas endemoniadas - un relato de Titón

Las ocurrencias de mi primo Titón son siempre divertidas y originales. Le pedí que me dejará publicar en el blog el siguiente relato, gracias al cual ganó un concurso al que él resta importancia pero por el que debe de sentirse orgulloso. Cuando lo leí me encantó, como todas sus historias, su humor negro es fantástico. Espero que lo disfrutéis tanto como yo. 

El origen de las vacas endemoniadas - (un relato de Titón)

El estomago volvió a rugirle. Esta vez sus tripas lanzaron un quejido perfectamente audible. Llevaba cuatro días sin probar bocado y su decrépito cuerpo acusaba el ayuno. Añoraba el  tiempo en el que su Amo le proporcionaba alimento. Eran despojos de sus festines pero a Zamonef le encantaba sorber la médula de aquellos huesos. Los aventureros y buscadores de tesoros eran especialmente correosos pero su esqueleto encerraba un tuétano sabrosísimo. Los infelices humanos eran las víctimas favoritas de su Señor. Los aniquilaba con crueldad despiadada. Al último desgraciado lo cogió por sorpresa mientras recogía unos libros en una de las bibliotecas de la catedral. Al entrarle por el gaznate la hoz de la bestia lo había levantado del suelo. ¡Carne fresca! gritó su Amo mientras despedazaba el cadáver con el hacha de su otra mano. El demonio disfrutaba con aquel espectáculo, una verdadera obra de arte, que además luego le permitía saciarse con los restos esparcidos por el suelo.  Los seres como él no tenían muchas probabilidades de sobrevivir, era débil y apenas levantaba un par de palmos del suelo.  Había descubierto que dentro de aquella catedral había muchos de su especie. Los llamaban demonios de angustia. Nacían de la desesperación y sufrimiento que experimentaban los humanos ante el dolor. Se hallaban esparcidos por innumerables habitaciones, subsistían de cualquier cosa y vivían en agujeros.

Se consideraba afortunado. Sin embargo un buen día su suerte fue truncada. Un humano revestido de acero exploraba los primeros niveles de la catedral. A diferencia de los ilusos con los que se topaba habitualmente, su Amo entabló un encarnizado combate de igual a igual. El guerrero acorazado se movía con agilidad y evitaba los furiosos hachazos con sencillez. Aunque le hubiese encantado ayudar a su enorme protector, su enclenque constitución no le permitía levantar ni un cortaplumas. Zamonef presenció como el guerrero rodaba por el suelo para evitar un ataque letal y al alzarse lanzaba un corte limpio que cercenó la cabeza de la bestia. Así acabaron los días del  demonio que lo había alimentado, un aniquilador… un carnicero.

Desde entonces no había comido nada. Su hambre crecía al mismo ritmo que su odio ¿Por qué el humano había tenido que acabar con su Amo? Aborrecía a los de su clase, guerreros arrogantes que luchaban por el bien. Si pudiera levantar una espada o un hacha… se lamentó. Solo necesitaba fuerza…pero los suyos no habían sido favorecidos con ese don. Muchos demonios segregaban saliva venenosa, otros escupían fuego…pero él y los suyos estaban relegados a ser meros parásitos, carne de saqueador o víctimas de sus congéneres más fuertes. Lo único destacable de su fútil existencia era la capacidad de descifrar las palabras impresas en los libros. Desconocía si los demás demonios compartían esa habilidad pero saber leer, desde luego, no le llenaría el estómago.

Los primeros pisos de la catedral se habían vuelto peligrosos con la muerte de su Amo. Muchos saqueadores se aventuraban al interior de las grandes salas para recoger cualquier cosa de valor.  Si al botín podían sumar una cabeza de demonio como muestra de su audacia, pues mejor que mejor.

Refugiado en los niveles más profundos Zamonef descubrió a un extraño sacerdote. En circunstancias similares se  habría escondido en el recoveco más cercano, pero aquel personaje desprendía un aura oscura que lo atraía de un modo irresistible. Lo siguió y lo observó desde la distancia. Tenía hombres y mujeres prisioneros en cuartuchos insalubres. Cada cierto tiempo realizaba rituales extraños. Usaba a los humanos como receptáculos e introducía en ellos esencias demoniacas. Sus víctimas gritaban e imploraban piedad; lo llamaban Lázarus. Sus cuerpos se retorcían y adoptaban formas horrendas. Algunos se alzaban con una fuerza increíble, y terrorífica. El tal Lázarus denominaba este fenómeno como posesión y anotaba frenéticamente sus resultados en un enorme libro, con las tapas tan negras como su alma.

Aquel libro se convirtió en la obsesión del enjuto demonio. Una profunda curiosidad lo atraía hacia sus páginas, superando incluso al doloroso apetito que arrastraba de días atrás. Un día el sacerdote se ausentó durante un largo tiempo, un jovencísimo prisionero había atraído poderosamente su atención. Fue entonces cuando Zamonef se atrevió a hojear el tomo negro. Una frase cambió su existencia; "Todos los demonios tienen la cualidad de entrar en los cuerpos de otros seres y manejarlos a voluntad". Encontró detalles interesantes para realizar el proceso y un tenebroso plan se tejió en su cabeza.

Aquella noche el demonio salió por primera vez de la catedral. Tenía que poner en práctica lo aprendido en el libro de Lazarus. De ser cierto, podría doblegar alguna criatura bajo su voluntad. Asustado, topó de frente con unas empalizadas. En la penumbra unas enormes bestias parecían descansar sobre cuatro patas. Eran aterradoras y estaban armadas con unos cuernos fabulosos. Tanteó su voluntad y Zamonef se sorprendió al comprobar la escasa resistencia que presentaban. Se arrastró hasta un ejemplar gigantesco que casi doblaba en tamaño a las demás. Haciendo acopio de todo su valor, se plantó delante del coloso y procedió. Se convirtió en humo negro y se introdujo por su boca. Entre convulsiones los miembros del animal se alargaron hasta alcanzar una longitud antinatural, sus músculos se hipertrofiaron y se alzó sobre sus cuartos traseros. La posesión había funcionado.

Zamonef caminó torpemente con su nuevo cuerpo. Centró su atención en una enorme hacha clavada en un tocón de madera. Se dirigió a ella y la levantó sin esfuerzo con sus manos apezuñadas. Su plan acababa de comenzar.

El siguiente paso sería formar un ejército. Pensó en la cantidad de demonios a los que podría enseñar a tomar el cuerpo de las bestias cornudas. Necesitaría tiempo pero crearía su propio clan, sería su líder, sería su Rey. Reuniría objetos brillantes, un cebo con los que atraer a los estúpidos aventureros y saqueadores a sus dominios. Una vez embaucados les daría la muerte más horrible que pudiese imaginar. Volvería a masticar huesos humanos. Quiso reír de satisfacción pero de su garganta brotó un lastimero: "Muuuuuuuuuuuuuuuuuuu"

martes, 14 de enero de 2014

Los Toneti vienen a Brasil - por Hermanita

Esta año las vacaciones navideñas han sido sólo medio familiares: media familia en España y otra media en Brasil. Los que nos hemos quedado aquí con nuestras navidades invernales hemos echado mucho de menos a la parte que disfrutaba del verano de Diciembre en las playas del otro lado del océano. Allí han recibido el Año Nuevo mis dos hermanas con sus respectivas familias. Este es el relato de hermanita de esos días. 

Los Toneti vienen a Brasil

Aunque suele ser Hermanísima quien se encarga de contar estas historias; en esta ocasión, y cumpliendo con mi papel de actriz de reparto, voy a permitirme el lujo de pasar mi versión de los hechos.

El viaje comenzó como se esperaba: un palizón de coche para llegar a Miami de madrugada, unas cuantas horas en el aeropuerto tratando de dormir y otras tantas horas de avión con escala en medio del Amazonas para que a su llegada a Brasil uno entienda perfectamente el concepto "en vías de desarrollo", aunque en este caso concreto todavía no se han puesto ni las vías.  De todo ello tuvimos fotos y testimonios que los protagonistas nos enviaban vía "guasap" para que no perdiéramos detalle: cuñadísimo conduciendo con fuertes dosis de cafeína en el cuerpo, hermanísima y sobrinísimas durmiendo en el aeropuerto de Miami, carreteras y ciudades americanas que se iban dejando atrás...todo ello envuelto de una gran emoción por nuestra parte ya que estábamos deseando compartir las navidades con esa pequeña parte de la familia.

Cuando llegaron a casa sus caras eran una claro reflejo de los casi tres días que habían tardado en llegar de Texas a Sao Paulo: una mezcla de cansancio y alegría, en gran parte por la ducha, comida y cama que les esperaba. Nos sentamos a cenar una tortilla de patatas y los Toneti empezaron a coger fuerzas. En un descuido en medio de la charla, sobrinísima, famélica, se hizo con casi la mitad de una de las tortillas, mientras Ciclón, totalmente pasada de rosca tras 20 horas sin comer ni dormir, nos contaba sus anécdotas texanas. Unos y otros hablábamos sin parar, a la vez, alto, bajo... Los Toneti parecían más los Soprano y las navidades se prometían divertidas.

Al día siguiente seguimos el viaje hacia la playa. Aprovechamos para hacer las últimas compras mientras los pobres viajeros descansaban un poco y, tras un delicioso desayuno, divididos en dos coches, cogimos camino a la costa. Cuñadísimo tuvo que vivir en su propia piel las carreteras y el tráfico brasileño para entender por qué se tarda 3 horas en recorrer 150 kilómetros; 20 minutos en pasar un peaje (el tiempo que tardan en comprobar que los coches oficiales están exentos de pago) o 15 minutos en que te traigan agua (o cualquier plato) en un bar. El viaje fue de lo más ameno, ya que los Toneti no pararon de contarnos cosas sobre su experiencia texana, hasta tal punto que el Principito, a pesar de caerse de sueño, hacía todo lo posible por no dormirse, atento a las palabras de sus tíos.

A pesar de que estuvimos 7 días en un lugar perdido en medio de la mata atlántica en el que un bar típico de pueblo de la España profunda se convierte en restaurante de lujo de guía michelin, los dos cuñados se hicieron con el pueblo y con todos los pescadores del lugar. Se integraron en el ambiente local hasta el punto de protagonizar el día de navidad la fiesta del karaoke, estrenando e instalando esa preciada máquina musical en el "bar de moda" de los pescadores. Lo que no termino de entender es si el karaoke llegó justo en esos días o aprovecharon la entrada en el bar de alguien con dominio de otras lenguas para abrirla y por fin usarla.

 Por otro lado, Hermanísima iba poco a poco recuperando el sueño atrasado y hacía tentativas para salir de compras en el último lugar del mundo en el que alguien podría comprar algo. Ella y Sobrinísima consiguieron encaminarse hacia la zona "civilizada" más cercana al pueblo (una de esas zonas pendientes de que lleguen las vías del desarrollo) y, aprovechando una compra de comida, se hicieron con unos trapos playeros para esos días. Entendí por qué, al contrario que Hermanísima, nunca encuentro nada en un mercadillo o compro la ropa de nueva temporada en las rebajas... creo imposible haber podido encontrar una sola tienda de trapos ¡allí!  Menos mal que tengo talla de muestra en zapatos y compenso gastos.

Si tuviera que destacar algo de esos días, sin duda diría que fue el Principito quien más disfrutó. Sus primas hicieron bastante de niñeras, a pesar de sus quejas ante los continuos movimientos, idas y venidas, subidas y bajadas, que caracterizan al gran cotilla de la familia que todo lo tiene que ver, tocar, probar y tirar. Jugaban con él, le daban de comer y no hubo consecuencias graves en los pequeños percances que tuvieron que afrontar. Aprendió a tocar la guitarra, a comer Nutella, a matar mosquitos y trató de dominar las olas.

Lo cierto es que fueron unas navidades bien divertidas, y tras su marcha el día 1, el Principito y yo nos quedamos vagando por la casa como alma en pena echando de menos esos ruidos, charlas, gritos o juegos a los que nos habíamos ido acostumbrando esos días. Por suerte, volvimos a compartir testimonios y fotos del viaje de vuelta y no se nos hizo tan grande la distancia.

De halagos y éxito

 J.C. Leyendecker
El éxito es algo que casi todo el mundo persigue, pero al contrario de lo que todos creen, lo opuesto al éxito, según la concepción actual de este, no es el fracaso, aunque muchos se sientan fracasados al no hallar una satisfacción inmediata que cumpla con sus expectativas. El éxito, tal y como está planteado, asocia un reconocimiento externo, no el pundonor por la labor bien hecha. Si no se es alabado, o incluso envidiado, por la sociedad, los méritos carecen de importancia. Ante esto, los valores quedan relegados con frecuencia a un segundo plano.

¿A quién no le gusta oír elogios? Las muestras de admiración de los demás son siempre bienvenidas y facilitan al que las profiere el camino hacia el favor del adulado. Por eso, en muchas ocasiones, el halago se utiliza precisamente con este fin: camelarse con lisonjas a uno para conseguir algo de él. Sin darse cuenta de que es así, la víctima cae en el panal de miel y se pringa de dulzor hasta las orejas. Las felicitaciones sinceras y sin segundas intenciones se han convertido en un bien escaso y por ello más buscado por los que las aprecian de verdad (a muchos les basta y sobra con las mentiras, cumplen su función y la mayoría está tan acostumbrada a la falsedad que no saben distinguir entre un cumplido sincero y la mera coba).

Las cualidades dignas de admiración varían a lo largo de la vida. En un bebé es su capacidad de generar ternura lo que despierta el cariño de los que lo contemplan. Luego serán sus sonrisas, sus gracias, sus primeras palabras y juegos, sus progresos en su transformación de cría a infante. Al llegar al colegio, sus compañeros valorarán sus habilidades sociales mientras que los adultos (profesores y familiares) se fijarán en su inteligencia y su capacidad de trabajo (aunque ésta se relegará a un segundo plano). El oír todo el día ¡lo listo que es el niño! halaga la vanidad del chiquillo. Sin embargo no es mérito suyo sino que viene genéticamente predeterminada y, al no requerir de esfuerzo por su parte, puede llegar a dormirse en los laureles del cariño y los privilegios que sus capacidades despiertan. ¡Craso error! La inteligencia siempre es un plus, pero no es el único.

Al llegar al mercado de trabajo no sólo cuenta la capacidad de uno para realizarlo, sino también su disposición y, salvo que sea el único miembro de su empresa, las habilidades sociales siguen teniendo un papel relevante. El problema radica en tener la suficiente inteligencia emocional como para saber apreciar las cualidades ajenas y los defectos propios, y no al revés, y crecer en el ámbito laboral integrado dentro del grupo, y no al margen de éste. Si para destacar, aunque sea inconscientemente, se deja al resto a la altura de una zapatilla, no se logrará el éxito con el reconocimiento al que se aspira sino que el interminable camino estará lleno de trabas. Tanto tropezón generará primero desilusión para terminar por desembocar en frustración.

lunes, 13 de enero de 2014

Cuidados de esteticista

Uno de los rasgos más llamativos del carácter de la tita Pili era que siempre se desvivía por hacer algo por los demás. Por supuesto había quien abusaba de su buena fe pero no por eso perdía ni un ápice de su optimismo. Era una soñadora romántica y muy emprendedora, no quería dejar de hacer y de aprender aquello por lo que se apasionaba y siempre ponía en ello todo su entusiasmo (tanto que a su lado el mío resulta ridículo).

Preocupada por ayudarme con mi problema de acné me tomó bajo su ala. Hacía poco se había sacado el título de esteticista y masajista, e investigaba y estudiaba todo lo que se le ponía por delante relacionado con ese tema. Con la impaciencia familiar le faltaba tiempo para llevarlo a la práctica. Controlar mis granos requería toda su sabiduría, eran todo un reto, y para mí otro, aunque de diferente índole.

Aún me faltaban varios años para tener edad de conducir y un autobús se encargaba de llevarme de mi casa a la suya, lo de los padres chóferes no se estilaba entonces, o al menos yo no lo conocí. En el trayecto me daba tiempo a estudiar porque, aunque la distancia en el mapa no fuera muy larga, la ruta escogida por la EMT callejeaba y rodeaba los distintos barrios de la zona norte de Madrid. Lo cogía en la primera parada y me bajaba en la última. No me desesperaba, ¿para qué? Además la sesión con mi tía me relajaría.

Empezaba con una loción limpiadora tras la cual me tocaba sudar bajo una toalla con el calor de los vahos para abrirme los poros. Una vez dilatados repetía la limpieza para que la crema penetrase en profundidad. De los puntos a los que la crema no llegaba, se ocupaba ella. A pesar del vapor previo, esa fase era la peor, siempre había algún grano que se resistía a salir. No le servía de nada, ante mi tía tenía la batalla perdida. Eso sí, la lucha de voluntades dolía. Si me quejaba la respuesta era la clásica frase "para presumir hay que sufrir". El caso es que yo sentía que presumía poco y sufría muchísimo.

Luego venía un periodo de descanso embadurnada con una mascarilla refrescante y nutritiva que olía a fresa y me calmaba la piel. La siguiente fase era la mejor: masaje facial shiatsu. Mi tía presionaba y hacía vibrar las puntas de sus dedos en diferentes zonas de mi rostro mientras recorría ambos lados de manera simétrica. No era una sensación simplemente agradable, sino genial y que me compensaba por el gran sufrimiento previo. Me sentía relajada, descansada y renovada. Al final, para hidratar, me untaba una crema de menta para pieles mixtas y grasas que era la que luego usaba de mantenimiento.

Si era un día entre semana, al terminar emprendía el largo regreso a casa. A veces iba los viernes y me quedaba a dormir. Compartía la habitación con mi prima y nos poníamos al día de nuestras vidas de adolescentes, ambas un tanto peculiares, todo sea dicho. Su hermano pequeño, igual de chinche que el mío por aquel entonces, venía cada dos por tres a molestarnos. Supongo que eso de que le robara a su compañera de juegos no le hacía ninguna gracia, aunque habitualmente mi prima le hacía el mismo caso que yo a mi hermano.

Sin duda, con cualquier otro acné menos rebelde semejante dedicación tendría garantizado el éxito. No con el mío. No comprendo por qué mis espinillas me cogieron tanto cariño, si hacía todo lo posible por librarme de ellas. La única explicación que se me ocurre es que, al ser mías, eran más insistentes que la media y no estaban dispuestas a darse por vencidas. No contaban con que yo tampoco.

domingo, 12 de enero de 2014

Ventisca

La tempestad amaina. Tiemblo de frío y de algo de miedo. No hay luz. En la oscuridad, me envuelvo bien en mi chal y busco unas zapatillas. Enciendo unas velas. El viento golpea las contraventanas y el aire helado que se cuela por el tiro de la chimenea convierte la estancia en una nevera. Limpio las cenizas, amontono la leña, el papel y prendo la lumbre con una cerilla. Aterida me acerco al fuego. Cuento los troncos que aún restan en la leñera. Confirmo lo que me temía: está casi vacía. Tengo que reponer o no llegaré al mediodía.

Me sacudo la pereza, abro la puerta y me doy de bruces contra la pared de nieve que se ha formado tras ella. Queda sólo una rendija por la que asomar la cabeza. Es pequeña y está demasiado alta, me subo a un taburete para alcanzarla.

Aparto hacia los lados la nieve blanda que cede fácilmente bajo mis manos. Amplío el hueco hasta convertirlo en un ventanuco redondo. Guiño los ojos, la blancura me deslumbra. Reina un silencio mortal que retumba en mis oídos. El redoble de un trueno arrecia, se aproxima otra tormenta. Miro hacia arriba, hacia la cumbre de la montaña. Siento un nudo en la garganta y no puedo respirar. Contemplo paralizada el alud que se derrumba.

sábado, 11 de enero de 2014

Proteína locuaz


Nota personal: Aunque el hombre típico se limita a 7000 palabras algunos de los no típicos hacen acopio de las que el resto no dice para así equilibrar la media y evitar distinciones. ¡Todo sea por la igualdad de sexos!

viernes, 10 de enero de 2014

Paellita

No, no voy a hablar de arroz, ya me gustaría a mí que el apelativo cariñoso que mi padre me aplicaba, sin que yo lo aceptase de buen grado, se refiriese a mi gusto por ese plato. Los granos, en este caso, no estaban donde debían sino en mi cara, y sin duda les gustaba ese lugar porque no parecían dispuestos a abandonarlo.

Mi época de acné comenzó a los nueve años y no terminó hasta cerca de los 40. Incluyó mi pubertad, adolescencia, juventud y parte de mi vida adulta. 30 años son, sin duda, demasiado tiempo. Eso de que mejora con la edad es falso y no, no es un signo de que aún se es muy joven. Los intermedios libres no los disfruté hasta que empecé en la universidad y se los debí al ginecólogo, gracias a los anticonceptivos que me recetó para mis desarreglos y que eran el principal motivo del problema. Cuando me hacía ilusiones de curación, era suspenderlos y recaer. Por supuesto no me resigné y probé todo tipo de remedios. Cuando en el examen de dermatología de la facultad cayó el tema del acné me explayé a mis anchas y rellené nada menos que 5 folios. El problema es que sólo disponía de 15 minutos y no se puede decir que mi letra quedase de caligrafía. No, no me pusieron un 10, sólo un 8, y aún no sé por qué. No sé si entendieron todo lo que escribí porque no creo que se me olvidase nada.

Empecé el tratamiento con lo más básico, cremas con queratolíticos que, de entrada, secan algo los forúnculos pero que sobre todo descaman la piel y enrojecen la cara. En un par de semanas no sirven de nada. Los tónicos con alcohol funcionan al principio hasta que provocan un efecto rebote indeseado. Ese mismo efecto también lo producía la exposición al sol, además de las quemaduras, pero en el moreno posterior destacaban menos los dichosos granos que sobre mi palidez habitual, lo que era un consuelo. Pasé unos veranos entregada al sol, por aquel entonces no tenía demasiada conciencia de los peligros que esa práctica entrañaba. Entre medias comprobé que las mascarillas de arcilla, blanca, verde o del color que fuese, sólo servían para hacer máscaras. Cierto que mientras el barro cubría los granos era imposible verlos y una se sentía tentada a salir así a la calle porque ya estaba tan harta que prefería un cutis de escayola a la maldición del propio. Menos drástico era el uso de polvos sueltos a los que recurría ocasionalmente, aunque para eso tuve que esperar a cumplir unos años. Nadie nace sabiendo y la cosmética no es una excepción, por eso, en ocasiones, la capa de arcilla habría sido más discreta que el maquillaje de "carnaval".

Leía, oía y experimentaba. Así descubrí que la pasta de dientes quema la piel sana sin apenas hacerle daño a la espinilla en cuestión. Otro método descartado. El agua de Carabaña, por vía externa porque eso no hay quien se lo beba, ayuda un poco pero sólo en las fases más leves. Un dermatólogo me mandó una fórmula magistral que no era más que un mejunje que olía fatal. Los antibióticos tópicos son inútiles y los orales van bien aunque la flora intestinal acaba hecha cisco y las diarreas obligan a suspenderlo. Para las lesiones inflamadas y dolorosas lo más eficaz es pegar encima un trozo de aspirina con la ayuda de unas gotas de agua.

No era la única en lucha contra aquel tormento. La Señora y hermanísima se ofrecían a hacerme dolorosas limpiezas de cutis que luego mi tía, con su título de esteticista, me aplicó en condiciones, junto con todo lo que se le ocurrió para tratar aquello. La pobre tuvo el mismo éxito que yo pero ambas eramos optimistas y nos reforzábamos en la convicción de que la cosa iba mejor. Ya hablaré otro día de aquellas sesiones porque sus esfuerzos se merecen un post y este ya es un poco largo, aunque el tema daría para toda una novela.

Finalmente un compañero dermatólogo se compadeció de mí y me recetó la Isotretinoina. Fue mano de santo y no sufrí ninguno de esos efectos secundarios que les afectan a otros: sequedad, descamación, eritema, etc. Seguramente es porque ya había padecido lo suficiente. La opinión del derma era más científica y se debía a que me mantenía bien hidratada porque me hinchaba a beber agua.

jueves, 9 de enero de 2014

Leer o no leer, he ahí el dilema

A muchos les gusta presumir de lo que carecen y es chocante encontrarse con explicaciones sobre cómo quedar como un erudito en cualquier ambiente. Son trucos para aparentar, simular saber lo que no se sabe y hablar de libros de los que no se ha visto ni la cubierta (hay periodistas que lo hacen y algunos hasta lo confiesan). También hay gente que no pretende dárselas de nada y admiten con sinceridad que no les gusta leer. Supongo que, como todo en la vida, la estadística sitúa la muestra a ambos lados de la campana de Gauss, aunque siempre cuesta imaginarse la sección contraria.

Cada libro contiene infinidad de matices. Lo más evidente suele ser la trama y cada cual se decanta por lo que más le atrae, inclinación que es susceptible de cambiar en función del momento: romántica, histórica, criminal, de fantasía, de humor o de terror. El lenguaje por sí solo es capaz de atrapar al lector. Eso no significa que un estilo complicado sea mejor que uno más simple o conciso. Lo importante es que se adapte a la narración. Lo rebuscado no es necesariamente culto y los pedantes engañan a algunos con su palabrería pero a los que no se dejan engatusar, sus circunloquios les revuelven.

Opino que no hay que terminarse una obra por el mero hecho de haberla empezado, o porque la crítica la recomiende. En cada novela hay un poco del autor y esa parte que se entrevé (a veces más de lo que debiera) puede resultar agradable, indiferente o absolutamente repelente. Los escritores catalogados dentro de esta última categoría es difícil que salgan de ella, entre otros motivos porque rara vez se les va a ofrecer la oportunidad de hacerlo. El gusto por la lectura no es por tanto enfrascarse en cualquier texto que caiga en las manos. Se lee por placer. Se disfruta del uso del lenguaje, de saciar la curiosidad por lo que ocurrirá después, de resolver la intriga de la historia y de descubrir algo nuevo. Si eso no se consigue con un libro, lo mejor es cambiar a otro. Afortunadamente, son especímenes que abundan.

En muchos libros uno se encuentra reflejado, en mayor o menor grado, en algún personaje. Es difícil no interesarse por una historia en la que se participa, aunque se tenga otro nombre, se pertenezca a otra época y se resida en otro lugar del mundo. La personalidad, las ideas o las reacciones del protagonista son comunes a las nuestras y eso nos basta para identificarnos con él. Puede ser nuestro yo real o nuestro yo de los sueños, o ambos unidos en uno, nuestro yo completo. ¿Hay alguien que no sienta curiosidad por descubrir su futuro, por saber lo que le sucederá después? y todo eso sin recurrir a una pitonisa.

Existen lectores potenciales que sencillamente no se han topado con su escritor. Hay tantos autores que el suyo seguro que existe, el problema es encontrar la aguja en el pajar, y sin hábito de lectura lograrlo es aún más complicado. Engancharse a la palabra escrita depende de atinar con el libro. Para empezar hay que dar con tu autor, ese que comparte algo contigo y es por tanto capaz de introducirse en tu cabeza, revelarte secretos, ideas e incluso moldear tu personalidad. Puede ser un solo escritor, o una biblioteca entera, aunque estos sean casos en los uno se encuentra en la tesitura de que, a veces, ni él mismo se comprende. Una muestra: el genial Don Quijote.

martes, 7 de enero de 2014

Tres Reyes perdidos

Este cuento no es nuevo sino una revisión del que escribí hace dos años. Al ir a publicarlo en mi página de "megustaescribir" me di cuenta de que necesitaba algunas correcciones. Hoy tenía la intención de daros un descanso de blog pero ya haré la pausa otro día. Os pongo la nueva versión por si os apetece releer la historia. 


TRES REYES PERDIDOS

La estrella de Oriente ha desaparecido. Se ha escondido en un rincón entre las nubes de la Vía Láctea. y su fulgor se ha apagado. Bajo el cielo sin estrellas, la arena borra las huellas de los que transitan por ella. Las dunas se elevan, las sombras avanzan y tres viajeros reanudan el camino perdido. Vagan a la deriva, sin claudicar al frío ni al desierto. La tierra cede bajo sus pies y se escurre entre sus dedos. Exhaustos, sin más fuerza que la de su voluntad, luchan por conquistar los arenales y con sus cuerpos inclinados sobre las colinas escalan las laderas errantes que huyen tras sus pasos. Finalmente caen rendidos, vencidos por la fatiga, antes de alcanzar la cima.

El frío se cierne sobre el desierto. El fuego del día no es más que un recuerdo. En la oscuridad se oculta el refugio de un oasis y, a orillas del agua, la tela de una tienda oscila bajo el soplo de la brisa.

El hielo horada las grietas y rompe la noche en chasquidos de rocas al estallar. En el eco resuena el fragor de los crujidos. Un nómada se despierta, alarmado por el ruido, y descubre sobre el suelo los cuerpos desvanecidos de los viajeros perdidos. Los arrastra hasta su lecho, les humedece los labios y los arropa en sus mantos.

Los Reyes descansan y en silencio sueñan con hallar su guía entre las estrellas.

Antes del amanecer el nómada les avisa. ¡Deprisa, deprisa!, exclama. Un cometa deslumbrante se asoma en el horizonte. Los sabios observan la estela que surca a lo lejos el cielo. ¡Jamás llegarán a tiempo!

El nómada acalla sus miedos, ha ensillado para ellos sus tres mejores camellos. Subidos a sus monturas cabalgarán en el viento en persecución de un sueño: cumplir su fugaz destino, el de alcanzar el lucero que sobre el cielo lo ha escrito.

Desde entonces y a través de los tiempos, los tres Reyes honran el recuerdo gentil del nómada. Como homenaje, reparten presentes a su linaje.

lunes, 6 de enero de 2014

La visita de los Reyes

Todos dormían, todos excepto Carmen. Era la noche de Reyes y, como todos los años, la ilusión la había desvelado. La invadían la impaciencia y una curiosidad infinita. Lo que no tenía era ni pizca de sueño. No es que no lo hubiese intentado pero sólo había conseguido revolver la ropa de la cama y molestar a su hermana. La miró. ¿Cómo podía dormir a pierna suelta? Cada segundo de espera era una eternidad insoportable. Ya no lo resistía más, tenía que levantarse para comprobar si los Reyes habían pasado por allí.

Caminó sobre la alfombra para no hacer ruido. El pasillo estaba muy oscuro, cualquier otra noche las tinieblas la asustarían y no se atrevería a enfrentarse a ellas, ni siquiera con la protección de su valiente osito de peluche. Sin embargo esta no era cualquier noche, en Reyes todo era diferente. Las sombras eran las de las figuras de Sus Majestades, los ruidos, sus pasos. Era una noche en la que no existía el miedo.

Avanzaba despacio, en silencio. Al llegar a la entrada le sorprendió oír ruidos en el descansillo de la escalera. ¡Qué emoción, seguro que los Reyes estaban ahí! Se escondió detrás de la puerta para verles sin ser vista.

Esperó. Los Reyes se peleaban con las cerraduras sin éxito. Se preocupó. ¿Y si no podían entrar? Papá siempre cerraba la puerta a conciencia y ni siquiera la perspectiva de recibir a Sus Majestades le incitaba a relajar un ápice la barricada de acceso. Si no les ayudaba desde dentro se quedarían todos sin regalos. ¡Qué idea más terrible!

A través de la mirilla comprobó que se trataba de los Reyes Magos. Distinguió tres figuras y eso bastó para convencerla. ¿Quién más se presentaría a esas horas? Giró la llave con cuidado para no espantarles y abrió la puerta. Los tres hombres la miraron boquiabiertos.
- ¡Bienvenidos, Majestades!- saludó. - Sé que preferís que no os descubran pero, en vista de que no podíais entrar, no me ha quedado más remedio que intervenir - les explicó.
- Gracias por tu ayuda, pequeña - le respondió uno de ellos, el único que parecía haber recuperado el don de la palabra.
- Pasad, pasad - les invitó la niña. - No os quedéis en la escalera.
Los Reyes se miraron entre sí un tanto dubitativos antes de decidirse a entrar. Al contemplarlos de cerca Carmen disimuló su decepción, no tenían el aspecto que imaginaba, no se parecían a los de la Cabalgata. Comprendió que les faltasen las capas y las coronas, tanta parafernalia para trabajar no resultaba práctica. Los monos que vestían, aunque nada regios, eran más adecuados. Llevaban la barba descuidada y la piel oscura de Baltasar era más agitanada que negra. ¡Qué desmejorados los encontraba! ¡Vaya ojeras! Seguro que el motivo era que estaban agotados. Necesitaban reponer fuerzas.
- Os prepararé un tentempié - les informó antes de dirigirse a la cocina.
Mientras la leche se calentaba, colocó unas galletas y unos dulces en una fuente. Por si preferían algo salado rellenó otro plato de jamón, pan y queso. Ya se lo explicaría a mamá al día siguiente. Claro que, probablemente, nadie la creería. ¡Qué pena que su hermana no fuese a conocer a los Reyes! Eso contribuiría a aumentar su espíritu navideño. ¿Y si los retuviese? ¿Cómo?

Al servir los vasos se le ocurrió una idea. Quizá no estaba bien lo que iba a hacer pero los Reyes tenían tan mala pinta que les vendría bien descansar. Sin darle más vueltas cogió las pastillas de dormir de papá y las diluyó en la leche. Puso todo sobre la bandeja y se dirigió al salón.

Un Rey la esperaba en la puerta. No le permitió entrar pero a Carmen le alegró ver cómo hacía los honores al jamón. Sus compañeros también se asomaron a probarlo.
- Tienes que acostarte mientras trabajamos - le dijo uno.
- ¿No puedo quedarme con vosotros? - pidió la niña.
- No, eso es imposible o mañana no tendrás tu sorpresa.
- De acuerdo. Me iré cuando terminéis de comer, a mamá no le gusta que se queden los platos sin recoger.
Debían de tener hambre porque enseguida dieron buena cuenta de todas las viandas. Carmen devolvió la bandeja vacía a la cocina, metió los platos y los vasos en el lavavajillas, oyó ronquidos en el salón y se fue feliz a la cama.

Se despertó al oír la puerta. ¡Los Reyes se iban a marchar sin despedirse de ella! Se levantó y corrió a la entrada. Sus padres saludaban a unos policías. No parecían muy contentos. ¿Qué sucedía?
- ¡Papá! ¡Mamá! ¿Habéis visto a los Reyes Magos? - preguntó casi sin aliento- No quería que os los perdierais y les di unas pastillas de dormir. ¿Hice mal? ¿He estropeado la noche de Reyes?
Uno de los policías se agachó y la miró a los ojos.
- No te preocupes, no ha pasado nada. Los Reyes ya habían trabajado mucho y les convenía dormir. Tus padres nos han avisado para que viniésemos a recogerles y escoltarles. Sus Majestades no deben andar sin protección por el mundo. Has sido tan atenta con ellos que seguro que tendrás una recompensa.
- ¡Y también un saco de carbón!- añadió su padre.
Carmen se quedó tranquila. Todo iba bien. Por esas fechas su padre siempre mencionaba el dichoso saco de carbón, aunque los Reyes nunca colaboraban con aquella amenaza. Este año no era una excepción. Entre todos sus regalos, no encontró ni un trozo de picón.