domingo, 28 de mayo de 2017

Pequeñas desventuras quirúrgicas

Hasta lo más sencillo es susceptible de complicarse, y en medicina esa es la triste realidad, no porque una cirugía sea breve o técnicamente fácil significa que va a ir todo rodado. Si además se aplica que lo mejor es enemigo de lo bueno, el cóctel es explosivo.

Estoy en quirófano cuando avisan del hospital de día: ha ingresado un paciente para cirugía que no ha suspendido el anticoagulante. Está programado para un tubito de drenaje transtimpánico, para eso solo necesito anestesiar el tímpano con unas gotas de fenol por lo que no importa que tome Sintrom, siempre que esté en rango. Hay tiempo, va al final de la mañana. Lo remito a la consulta de coagulación para que le hagan un control. Todo está en orden.

Termino el parte a falta del tubito. Esa es la primera cirugía de oído que se hace de residente, recuerdo los entrenamientos en los que ponía un esparadrapo al fondo de un otoscopio y, con el microscopio, le hacía la incisión con el miringotomo para insertar el diábolo por aquel ojal a modo de botón. Desde entonces he perdido la cuenta de los tubitos que he puesto, aunque los hay que son el más difícil todavía, hay conductos diminutos o retorcidos que apenas permiten acceso al tímpano, y no se debe pinchar el oído en cualquier sitio so pena de dañar la cadena de huesecillos.

Voy con cuidado, en el oído los movimientos han de hacerse casi a cámara lenta, cualquier movimiento brusco puede ser desastroso, además de que cualquier roce en la piel del conducto no solo duele sino que puede sangrar y una gota en el oído convierte el campo en el mar rojo, y en un paciente anticoagulado es un mar en plena tempestad. El conducto es estrecho, pero no del todo malo. Después de quemar la zona del tímpano con una gota de fenol, hago el corte y enseguida brota un poco de líquido ambarino del interior (motivo por el que el enfermo no oye). Aspiro para limpiarlo antes de poner el drenaje. Inserto el tubo, todo está bien pero sale algo más de líquido a través del orificio. Mejor aspirarlo para evitar supuraciones y obstrucciones. Como he dicho al principio, lo mejor es enemigo de lo bueno.

Meto el aspirador, le digo al enfermero que sujete la goma por si aspira demasiado y tira del tubo, no deseo sacarlo. Rozo el borde del drenaje y, en un instante, el tubo se cuela en el oído medio. No se queda abocado en la incisión sino que desaparece en el fondo de la caja.

¿Qué hacer? El primer impulso es intentar extraer ese tubo, pero no es eso lo que se debe hacer sino que lo más sensato es dejar ahí dentro ese tubo, colocar uno nuevo en el tímpano y no tocarlo. Cualquier manipulación extra solo puede empeorar las cosas, y en este caso concreto se suma el factor de la anticoagulación. El único daño que hace un tubito colado es al pundonor del cirujano, es tan diminuto que al paciente no le afecta, sin embargo hurgar más de la cuenta sí que puede acarrear lesiones.

 Cuando un tubo desaparece así, apenas se puede dar crédito a los propios ojos. El moco se acumula en el oído es porque la presión del oído medio se ha vuelto negativa, lo que se traduce en que chupa como un aspirador (con más o menos potencia). No es algo frecuente, pero a casi todos los otorrinos les ha sucedido en alguna ocasión, a mí en dos, la primera no sé si fue de residente o al poco tiempo de terminar, pero de eso hace más de 15 años, en esa ocasión era un niño y estaba dormido, y con mi inexperiencia aproveché la anestesia general para intentar extraer el tubo, sin ningún éxito, cada vez que lo tocaba, el moco tiraba en dirección contraria y se colaba más al fondo.

Por mucho callo que se tenga en algo, y a lo largo de mi carrera he puesto miles de drenajes, una nunca se puede confiar. Es uno de los pros, y también de los contras, de la medicina, que siempre surgen cosas que te sorprenden.

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