sábado, 24 de febrero de 2018

¿Reventar?

El otro día, una de mis pacientes de Rendu me preguntó preocupada: ¿Qué será de nosotros si la reventamos? El motivo de su preocupación es que esa mañana la consulta había sido algo más caótica de lo habitual, hubo un rato tranquilo, pero solo fue el presagio de la tempestad.

Llegué al hospital avisada de que ese día vendrían 4 pacientes de Rendu, algo muy llevadero; a eso hay que sumar urgencias, recomendados y algún paciente extra, de mis habituales, que vienen a mi puerta porque ya saben que no sé decir no. Vi con calma las urgencias de primera hora y en el ínterin me llamaron otros tres Rendu para preguntar si podría atenderles. Durante un rato, esperé a que llegaran, cosa que hicieron todos a la vez. El truco para atenderlos cuando eso sucede es alternarlos: pongo algodón con anestesia a todo el mundo, y mientras a los últimos les hace efecto, empiezo a pinchar a la primera víctima de turno, que dará el relevo al siguiente mientras la segunda tanda de anestesia surte efecto. Durante la espera, hacen corrillo, se conocen y se ponen al día.

El problema surgió cuando el miembro más joven de una familia se mareó. ¿Cómo alternar enfermos con alguien tirado en la camilla? En ese estado no podía mandarlo a la sala de espera. ¿Cómo decirle a su padre que saliese dejándolo así? Sin embargo, había que seguir y no disponía de más hueco donde meterme.

Aproveché la buena relación entre los pacientes para llevar la tertulia al interior de la consulta. Durante un rato, aquello se asemejó bastante al camarote de los hermanos Marx, el único que no hablaba era el joven de la camilla. De vez en cuando, me tocaba intervenir e interrumpir la conversación para secuestrar e infiltrar a alguno de los interlocutores. El único aderezo que faltaba era que subiese alguna urgencia y, ya puestos, ¿por qué no hacer una película redonda? Aún así, los pobres extras se quedaron en la sala de espera.

A pesar de los temores de mi paciente, no reventé. No obstante, unos días más tarde el destino decidió comprobar mi resistencia y se empeñó en demostrarme que todo es susceptible de empeorar. ¿Un día malo? ¡Ja!

Las mañanas de urgencias son las mejores para hacer cosas fuera de programa, las que tengo copadas con los Rendu dan poco más de sí y siempre viene bien un día extra de busca para repartir la carga. Sin embargo, esa mañana las cosas se torcieron desde el principio. A las enfermeras se les complicó la prueba de primera hora y eso atascó el resto de las consultas. Cuando la situación parecía que iba a remontar, una de las curas se puso a sangrar y se mareó; el problema de las especialidades es que las generalidades de la medicina se pierden en el proceso de la especialización y salvo tumbar al mareado y levantarle los pies, poco más sabemos hacer. Las enfermeras son de gran ayuda, le cogieron una vía y le pasaron un suero, pero al no mejorar con esos primeros auxilios, hubo que trasladarle a urgencias. En ese tiempo, que no fue corto, el resto de la actividad se bloqueó sin remedio.

Los pacientes se acumularon, las pruebas también. En la sala de espera se respiraba la tensión (a veces es una suerte ir sin aliento). El que varios guardias civiles custodiaran a un preso en la sala seguramente sirvió para que nadie estallara, aunque los presos también alteran la dinámica de la consulta.

La mañana de busca se conoce más oficialmente como de imprevistos, y nunca hizo más honor al apelativo que ese día. No solo se complicó todo lo complicable, sino que, por supuesto, aparecieron los pacientes previstos y las urgencias (que entran dentro de la previsión) y también surgieron esos imprevistos que le dan nombre, casos que requerían tiempo y en los momentos de mayor agobio. Mi pobre madre pasó por allí a saludarme cuando terminó de hacerse la prueba que tenía citada y se marchó después de enviarme un beso, ni siquiera me avisó antes por si la acompañaba, es consciente de que me gustaría hacerlo, pero la única manera de pasar un rato con mi familia en la consulta es si soy la médico que debe atenderlos.

sábado, 3 de febrero de 2018

En plena batalla

Hay días que la consulta parece un campo de batalla. No soy buena estratega, no sé organizarme, quizá porque no sé esperar (me cuesta mucho) y odio hacer esperar a los demás, llegar tarde me causa ansiedad. Tampoco sé decir que no y eso, sumado a lo anterior, no es una buena combinación. Pretendo hacer todo a la vez y eso no es posible. Soy rápida, pero hay cosas que requieren su tiempo y no conviene acelerarlas. Procuro optimizar esos intervalos, mientras algo hace su efecto, aprovecho para ver a otro paciente. En un alarde de sinceridad, le he llegado a decir a algún enfermo que si no le llamo en diez minutos, que me avise, no es imposible que con el trajín se me haya ido el santo al cielo. Sentarme a escribir en las historias es un sueño que a veces no se realiza hasta última hora de la mañana. Primero está la gente, luego los papeles.

Mis pacientes hacen honor a su nombre y tienen paciencia conmigo. Mis Rendus vienen entregados, en su caso es comprensible porque los pobres no tienen mucho donde escoger, lo raro es que no son los únicos: "haga lo que tenga que hacer" o "lo que a Ud le parezca, doctora" son frases que oigo con frecuencia.  Intento honrar su confianza y hacer las cosas lo mejor posible, aunque no siempre salgan todo lo bien que me gustaría. Me concentro en mi tarea y a veces me cuesta salir de mi abstracción y responder cuando me preguntan. Busco las lesiones, no quiero que se me escape ninguna, algunas son traicioneras: malformaciones grandes que se esconden en los recovecos de la nariz, o están en zonas menos accesibles, o más dolorosas... Las veo y las ataco, quiero terminar con ellas, que dejen de darle guerra a mi pobre paciente. Esa maraña de vasos no debería estar allí y mi labor es ponerle remedio. Estoy segura de que los enfermos leen mi determinación en mi cara y no sé si eso les inspira valor o les da miedo y, simplemente, deciden que no es un buen momento para hacer comentarios. Las hay que se resisten, unas sangran hasta forzarme a parar, taponar, apretar y esperar, otras escupen el esclerosante y me obligan a buscar un sitio más idóneo donde pinchar. Otra de las cosas que no sé es cuando conviene rendirse, mientras queden fuerzas y armas, se lucha. Al parecer el tesón es una virtud en medicina (tanto que incluso fue pregunta de MIR hace un par de años), y ya de pequeña tenía fama de cabezota.

No siempre venzo, ojalá, si no resuelvo el problema al paciente le toca volver, y muchos no viven cerca. Es inevitable no sentirse culpable cuando eso sucede, a fin de cuentas el tratamiento depende de mí. Lo mínimo que puedo hacer es atenderles cuando lo necesitan, las hemorragias no se prestan a agendas ni a citas y quizá mi falta de organización suponga una ventaja en ese aspecto. Si fuese una obsesiva del orden y tuviese que seguir una pauta, habría entrado en crisis hace tiempo.

domingo, 28 de enero de 2018

Sangrado postamigdalectomía

Suena el busca, al principio no sé ni lo qué es, ni donde estoy. Estoy dormida y no es un sueño, ojalá. Miro la pantalla. El identificador dice Pediatría. Con un poco de suerte solo es una duda. Contesto (o lo intento).
-Perdona que te moleste a estas horas, oigo al otro lado de la línea, pero ha venido por sangrado una niña que operasteis de amígdalas hace 10 días. La he mirado y sangra muy poquito así que no creo que haga falta que vengas. Te llamo para saber qué hago.
¿Hacer? Salvo cruzar los dedos y rezar para que pare, la pediatra no puede hacer más. No me libro, si hay sangrado activo, por pequeño que sea, y a pesar de toda la buena voluntad de la pediatra, me toca ir. Ya me gustaría que fuese de otro modo.
-De momento cógele una vía y pásale una ampolla de Anchafibrim (un fármaco para estabilizar el coágulo, a ver si funciona). Voy para allá.

Miro la hora. La medianoche quedó atrás hace un rato. Mientras me visto hago memoria. Recuerdo el caso, una chiquilla de cinco años pequeña para su edad y delgada como un pajarito. A la pobre le costaba respirar, así que lo de tragar era casi una quimera.

La cirugía fue bien, no hubo sangrado ni más problema que el mareo de la estudiante de Medicina. Hacía calor en quirófano. La instrumentista hizo gala de reflejos y agarró a la alumna al vuelo antes de que se estrellase contra el suelo. Esos mareos no son algo raro, sobre todo al principio, yo misma me mareé la primera vez que entré a un quirófano, y me pasó lo mismo cuando operaron a mi abuelo. Con el tiempo se hace callo.

Una hemorragia diez días después es algo imposible de prevenir durante la cirugía. El problema no está en la técnica sino en la cicatrización. Las costras se caen y si los vasos aún no se han decidido a cerrarse del todo aparece el problema. En adultos, con vasos más gruesos y rígidos, es más frecuente. En los niños es casi excepcional, pero solo casi.

Cuando llego al hospital la niña ha dejado de sangrar. Son buenas noticias, reintervenir un lecho en plena fase cicatricial es una merienda de negros, los tejidos están granulando y se deshacen al tocarlos; según se arregla un punto empieza a sangrar por otro lado. Es desesperante. Se tarda más en revisar, quemar y suturar que en la cirugía original.

De repente la pequeña tiene una arcada y vomita. La batea se llena de sangre fresca y coagulada, también hay una parte de sangre digerida, oscura, en posos de café. El padre mantiene el tipo de manera asombrosa. La niña también. Ver a los padres asustados no ayuda, aunque controlar la angustia ante un hijo que sangra tiene mucho mérito.

Con semejante vómito no me extrañaría que el vaso se hubiese abierto de nuevo. La pequeña me enseña la boca de nuevo sin rechistar. El vómito ha limpiado parte de los coágulos que aún quedaban en la faringe, pero no hay sangrado.

Es casi la una y media de la madrugada. Dejamos a la criatura en una cama en observación y me subo al despacho a ver si puedo dormir algo en el sofá (todo un avance, antes teníamos que mendigar una litera de residente, así que el sofá del despacho es un lujo). Decido no volver a casa, no es sensato, si no opero a la niña conviene que me quede cerca por si sangra de nuevo. En ese caso ya no habría más oportunidades, es quirófano sí o sí.

Me cuesta conciliar el sueño; estoy preocupada y desvelada, una mala combinación. Para colmo, hay una máquina que hace un ruido infernal, o eso me parece. Cierro los ojos y me quedo, quieta quizá si dejo de dar vueltas, me dormiré. Finalmente caigo. A las siete abro el ojo, no me han llamado, es buena señal.

Mi aspecto de recién levantada es lamentable, peor aún que el de casa. Menos mal que House, antes de salir, me hizo coger los básicos de aseo. Le extrañó que entre los básicos incluyese el corrector, pero tengo que pasar consulta y no voy a causar muy buena impresión a mis pacientes con ojos de zombi. El pintalabios es otro básico, pero ese no le sorprendió, cualquiera que me conozca sabe que lo considero imprescindible. Es lo primero que me aplico antes de salir del despacho para encaminarme a la consulta.

Afortunadamente, no me cruzo con nadie. A esa hora, los pasillos están desiertos. Asalto el armario de los tentempiés de media mañana. Unos nevaditos de desayuno, sienta bien algo dulce, mucho café (que no me gusta, soy de té, pero esta vez es por necesidad) y un paso por el aseo consiguen que mi apariencia deje de dar miedo. Me acerco a la urgencia a ver a mi paciente. Sigue dormida y bien. El siguiente paso es probar a darle algo de comer.

Aunque la madre desea dejar a su hija en el hospital hasta que se caiga la última costra, la convencemos de que es mejor irse a casa, menos traumático para la chiquilla y con menos riesgo de acabar con gripe o con cualquier otro virus. El hospital está a tope de pacientes respiratorios.

Durante una semana la niña está en su casa sin sangrar ni una gota. Todo parece ir bien, los padres respiran tranquilos, piensan en llevarla al colegio. Sin embargo, las amígdalas son traicioneras, y en esta ocasión deciden repetir el susto tras esos nuevos siete días. Esta vez el sangrado es mínimo y breve, aunque a la pequeña le toca repetir la noche de estancia en el hospital. ¡Ufff! Con esta niña no va a haber tranquilidad hasta que termine de cicatrizar.

Pasa otra semana. La chiquilla no vuelve a urgencias. Unos días más tarde la veo en la revisión. Está bien: oye mejor, come mejor, duerme mejor... La cirugía le hacía mucha falta. Compruebo que la faringe ha cicatrizado. Todo está en orden, parece que el susto ha pasado.

viernes, 19 de enero de 2018

Cirugía de oído

Día de quirófano. Por un cambio de última hora, me he encontrando con una cirugía de oído que no me esperaba. No es que saberlo antes hubiese cambiado nada, seguramente solo habría dormido peor la noche anterior dándole vueltas y vueltas al caso. Las cirugías de oído imponen, y el hecho de que no sean demasiado frecuentes hacen que una se sienta a veces desentrenada, aunque lo cierto es que la anatomía es la que es y se trata de encontrar los puntos de referencia para no liarla.

No era el único caso, no era el primero, ni el último, pero sí el que se iba a llevar la mayor parte de la mañana. No se trataba de una cirugía por audición, sino por infecciones crónicas con acúmulo de material y erosiones. Había que operar el oído para limpiarlo bien.

Cuando le explicas al paciente en qué consiste lo que le pretendes hacer, te mira con cara de espanto. Eso de cortar por el surco de detrás de la oreja para apartarla hacia delante y entrar desde atrás al conducto les suena casi a mutilación. ¿Acaso van a acabar como van Gogh? Sin embargo esa no es la peor parte, el problema está más allá del hueso y para acceder hasta allí hay que fresar toda la mastoides. El siguiente susto es cuando se enteran de todo lo que hay ahí al lado: las meninges por arriba, el seno lateral por detrás (la vena que recoge la sangre de las meninges), el nervio facial (el que mueve la cara) cruzando por en medio de todo y, por supuesto, la parte del oído interno que se ocupa de la audición y del equilibrio. ¿Complicaciones? Todo lo que tiene que ver con esas estructuras, aunque iremos con todo el cuidado del mundo. ¿Y doctora, de verdad necesito operarme? Si no fuese así, no se lo propondría. ¿Qué pasa si no me opero? Que la enfermedad tiene los mismos riesgos de la cirugía, pero sin que nadie se preocupe de controlarlos.

El hueso está duro, y después de una vida de infecciones se esclerosa hasta convertirse en un pedernal. Profundizar requiere tiempo y paciencia, mucha fresa, irrigación para que el hueso no se queme con el limado y aspiración para que el líquido no cubra todo, atención para reconocer las estructuras según aparecen y cuidado para no lesionar nada. No es cuestión de hacer un agujero, sino una cavidad con bordes lisos, inclinados, que permitan ver (con microscopio) y trabajar al fondo de la misma. Cuanto más al fondo, más difícil, se vuelve más estrecho y peligroso.

La infección distorsiona todo, no solo ha erosionado las estructuras normales, a veces los huesecillos faltan o están tapados por el tejido patológico: escamas, granulomas, mucosa engrosada... Es un tejido que hay que despegar, sin tirones bruscos, sin cortar hasta asegurarse que debajo no está el nervio facial o que ese pólipo no cuelga de la meninge. El fresado no ha terminado aún, encima de esas estructuras hay que limar, quitar picos, esquirlas, recovecos, regularizar la superficie, hasta el aire parece tensarse al fresar sobre el nervio facial.

La cirugía no termina ahí. ¿Se puede reconstruir? Queda un poco de cadena, el estribo está limpio, coloco sobre su cabeza el resto de yunque. No sé si funcionará, si lo hace, oirá mejor, si no, al menos lo he intentado. Lo cubro todo con la fascia seca del músculo que he sacado al principio, en la incisión. Aún queda el conducto. Quito trozos de cartílago para hacer un meato más amplio, para controlarlo todo en la consulta y limpiar la cavidad si es preciso. Relleno todo con un tapón de gasas con pomada antibiótica para que cicatrice.

La paciente se despierta. Mueve la cara, el nervio está intacto, suspiro tranquila. La mañana sigue, estoy cansada, la tensión es agotadora, pero aún quedan un par de pacientes, poca cosa, por suerte. Todo va bien. Cuando llego a casa me relajo. Son las 3 de la tarde, pero no me apetece comer, lo único que quiero es tumbarme en el sofá. No sé cuánto tardo en quedarme dormida, me despierto más de una hora más tarde y me doy cuenta de que tengo hambre.

martes, 16 de enero de 2018

El tapón del tito

Este post también se podría titular ¿le interesa a alguien una historia sobre un tapón de cera? Al parecer al Catedrático sí y es el culpable de que esto esté aquí. En fin, dicen que lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta...

Hace unas semanas me llamó la Señora para preguntarme cuándo sería buena fecha para que viniesen los titos a la consulta. El problema era que a la tita le habían quitado un tapón de cera en su Centro de Salud y la operación había resultado algo traumática. Con el primer jeringazo de agua había sangrado así que, no contentos con el resultado, decidieron meterle un segundo jeringazo, esta vez con agua oxigenada, para solucionarlo. La tita vio las estrellas, todas, desde el Big Bang. El oído es muy sensible, la piel del conducto no tiene tejido subcutáneo y está pegada al cartílago y al hueso, por eso cuando se lesiona o se inflama duele mucho. No es de extrañar que a mi tía no le apeteciese regresar a una revisión. Lo de menos era el viaje a Madrid, si había que tocarle los oídos, mejor que lo hiciera su sobrina.

Salvo en vacaciones, suelo estar en el hospital todas las mañanas, así que le dije a mi madre que cualquier día era bueno, el día de quirófano siempre es más complicado, pero incluso ahí, entre paciente y paciente, se puede sacar un hueco. Optaron por venir un día de consulta, así todo era más fácil.

Llegaron a media mañana acompañados de una caja de dulces de Guarromán (alemanes de hojaldre y crema y sultanas de coco que en Guarromán hacen como nadie, una nube jugosa de merengue, azúcar y coco natural que es puro maná). Senté a mi tía en el sillón de exploración y le miré el oído con el microscopio. Salvo restos de costra, estaba todo en orden.

La Señora también quería que le mirase una cosa del cuello, así que fue la siguiente. Para no ser menos, mi tío me pidió que, ya puestos, por qué no le echaba un ojo también a él. Lo senté y descubrí, no sin sorpresa, unos hermosísimos tapones en sus oídos, duros y al fondo del conducto, unos tapones para poner a prueba la habilidad de cualquier otorrino. ¿No había notado que no oía bien? Pues no, la audición no le preocupaba, aunque en un reciente viaje en avión, los oídos le habían dado un poco de guerra. Lo raro es que no le hubiesen dado más, aquello se presentaba como una auténtica batalla. Esos tapones no iban a salir con un jeringazo y para evitar heridas tendría que sacarlos poco a poco, con tanto cuidado como paciencia (entre las prácticas de la Medicina está el entrenar la paciencia).

Lo primero es hacer hueco para introducir el instrumental, aunque sea una fisura, y para eso hay que despegar la cera de la piel, eso sí, sin rozarla. Una de las armas de las que me valgo para extraer el cerumen más pegado es el spray de anestesia que, no solo duerme el conducto, sino que tiene la virtud añadida de ablandar y fragmentar la cera. A veces la limpieza de oídos es casi una cirugía, es un procedimiento por etapas: spray, espera (para que haga efecto), aspiración (para sacar el líquido y un poco del tapón) y pinza o ganchito (para tirar de lo que se deje) y repetir, repetir y repetir hasta limpiarlo todo. El aspirador en el oído hace un ruido infernal y conviene avisarlo. La anestesia no hace efecto por detrás del tapón, así que hay que pulverizar y esperar cada vez.  Cuánto más cerca del tímpano, más duele, pero menos conviene que se mueva el paciente. Por si esto fuera poco, tanto la anestesia como el cambio de presiones pueden provocar mareo, e incluso vértigo, y eso de que la habitación gire es toda una experiencia que nadie desea repetir.

Una vez limpio el primer oído, sin incidencias reseñables, miro el otro. ¡Está aún peor! El tapón no deja ni un resquicio por donde empezar la manipulación. Lo rocío bien con el spray. La mayoría de los conductos de adulto hacen un recodo que obliga a sacar por trozos el cerumen acumulado más allá, y que con frecuencia se atasca en ese cuello de botella. El del tito no es una excepción. Está bien metido y detrás de cada pedacito sigo sin ver la luz (el brillo del tímpano). Una parte ha hecho un bloque como una piedra de duro que se ha acomodado en el recoveco de la curva y se resiste a salir de allí. Cuando sucede eso, sacarlo es como un parto, sin posibilidad de cesárea. Aspirador, ganchito, pinzas, otoscopio... Parece que sale, ¡no!, se atasca, faltan manos, cambio de instrumento y el monolito aprovecha para soltarse y volver a su sitio, al fondo, junto al tímpano. Con algunos tapones se suda, con el del tito no llego a esos extremos aunque puede que se deba a que en la calle hace un frío que pela y la temperatura de la consulta pide un jersey. En uno de los giros, consigo enganchar el trozo, aplico la maniobra del sacacorchos, tirar y girar, sin movimientos bruscos, y ¡al fin! lo extraigo todo.

Si antes de empezar me hacía falta glucosa, al terminar me lanzo a la caja de dulces y cojo una sultana. La parto con mi auxiliar, que le hace la misma o más falta que a mí. La pobre ha estado a mi lado, a pie quieto, pendiente de mis movimientos para ponerme en la mano el instrumental. ¡Pobre!, al menos yo opero sentada.

domingo, 14 de enero de 2018

Un contrincante de peluche

-No te puedes poner ese abrigo, me dice House, está asqueroso.
House no se anda con eufemismos, pero reconozco que no le falta razón: mi pobre abrigo de peluche blanco parece gris (incluso negro por zonas). Sé que un abrigo blanco, alegaré que en realidad no es un blanco puro sino un blanco roto, no sé si llamarlo crema o marfil, no es lo más práctico del mundo, pero lo vi y me enamoró; era tan bonito y suave que no pude resistirme a comprarlo. Es de las pocas cosas que he amortizado de sobra porque, además de precioso, es cómodo y calentito. Se convirtió en mi abrigo de diario. Por supuesto, después del trote del pasado invierno y del inicio de este, de un uso y abuso sin demasiados cuidados ni miramientos, el pobre pedía ir al tinte a gritos.

Decidí hacer caso tanto de House como de los gritos lastimosos de mi abrigo y llevarlo a la tintorería sin más demora. Sin embargo, el principio de las lluvias y una ola de frío polar me mantuvieron alejada de la calle y el abrigo se quedó conmigo en casa.

El comienzo de mis vacaciones podría haber sido el momento perfecto para llevar a cabo mis planes... si no los hubiese cambiado. Después de consultar internet (ese pozo de ciencia que parece tener respuesta a todas las dudas) decidí que ¿por qué no probar a lavarlo en casa? No debía de ser difícil, era cuestión de ponerlo en el programa delicado de la lavadora.

Nuestra lavadora tiene casi 20 años, el folleto de instrucciones se perdió hace tiempo y hay símbolos que no sé lo que significan (y ni siquiera internet ha sido capaz de darme la clave). Habitualmente se ocupa de ella la asistenta, pero esta vez no andaba cerca. Aún así, el programa de lana, con su ovillo dibujado, no planteaba muchas dudas. Metí el abrigo, un anorak (para aprovechar bien el ciclo) y un par de pelotas de tenis, para que las prendas se conservaran mullidas, puse el jabón en el cajetín y pulsé el botón de encendido.

Un programa delicado engaña, parece breve en la rueda, pero la longitud reducida del arco no significa que sea corto; es delicado porque los movimientos son lentos, mucho más lentos... Un par de horas después, al fin, oí el click del final y me dispuse a sacar las prendas para colgarlas. ¡Ay! ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el tambor estaba lleno de espuma? Resulta que el programa delicado tarda más, pero necesita menos detergente. ¿Qué podía hacer? Por supuesto, consultar internet. La respuesta no fue otra que repetir el lavado (sin jabón) y añadir suavizante en el aclarado, (una cosa que he aprendido es que el suavizante ayuda a barrer la espuma).

Otro par de horas más tarde, saqué las prendas. Colgué el anorak en el baño mientras pensaba qué demonios hacer con el peluche que, después de dos lavados, más que un abrigo parecía el pellejo recién esquilado de una oveja a la intemperie. Aquello era una maraña de lana mojada. Agarré el secador y un cepillo de gatos (aclararé que no tenemos gato, el cepillo lo compré el año pasado, por recomendación de hermanísima, para su uso en el abrigo en cuestión) y me dispuse a peinarlo, eso sí, con aire frío en el secador porque con el calor las fibras sintéticas se derriten (esto ya lo había descubierto antes de leerlo en internet al poner en práctica otro truco: la manera rápida de esterilizar de gérmenes una bayeta (humedecerla y meterla dos minutos en el microondas); tonta de mí lo probé con una de mis bayetas desmaquillantes y no sé si tendría microbios después del proceso, lo que sí sé es que la microfibra, tan suave antes, casi como de terciopelo, no volvió a ser la misma).

Peiné el pelo en todos los sentidos mientras lo aireaba con el secador. Aquí el verbo secar resulta demasiado optimista incluso para mí, para aplicarlo el nivel de humedad de la prenda debe cambiar y eso no sucedió. Poco a poco el pelo recuperó un aspecto medio presentable, suficiente para devolverme mi optimismo y pensar que ese método podría funcionar. Comprobé que, a pesar de la mejoría, era preciso insistir. Cuando House llegó al mediodía del hospital me encontró descansando de aquella tarea y montando el jamonero (que acababan de traer de amazon) para darle una sorpresa. Supongo que habría logrado sorprenderle si hubiese contado con la llave adecuada para los tornillos, pero en nuestra caja de herramientas justo faltaba la del número necesario (es ley de Murphy) y tuve que ingeniármelas con una tenaza de manualidades (una de las herramientas más útiles que existen, sirve casi para todo, desde arreglar una ducha, hasta de porta para dar puntos). Toda orgullosa, mientras él terminaba con las labores de bricolaje, le enseñé mi abrigo. No me felicitó por mi trabajo, no, tan solo dijo: "Sigue sucio". "¡Oh, no!, protesté, es solo que aún está húmedo".

jueves, 11 de enero de 2018

Hablar y socializar

Hablo, hablo y hablo. Hablo hasta aturdir a los pacientes y cuando estoy nerviosa hablo hasta aturdirme a mí misma. Me pongo nerviosa cuando tengo que socializar. Al contrario que mis hermanos, nunca me he caracterizado por mis habilidades sociales. Hermanísima siempre gozaba de gran éxito en las reuniones y debí de concluir que el secreto estaba en que nunca callaba, ni debajo del agua (doy fe, si te estaba contando una historia daba igual que fuese en la bañera o en la piscina). No callaba ni dormida ni en el colegio, la profesora la sacaba al pasillo y era capaz de conversar con las paredes. Cuando me esfuerzo por resultar sociable la imito y hablo, y ya me han dicho que hablo mucho, supongo que demasiado, así que no parece que mi charla interese a nadie, aunque en general a la gente le interesa poco escuchar a los demás, salvo para oír halagos. En una defensa pueril de mi verborrea alegaré que mi familia habla aún más.

A pesar de lo que han progresado mis dotes sociales, ¡hay quien me considera sociable!, no lo paso bien cuando tengo que hablar en público. Habitualmente evito los congresos y las reuniones médicas, por un lado no me gusta faltar al hospital y, por otro, tener que exponer en una sala llena de gente me genera tensión (como si fuera un examen). Sin embargo a veces no me queda más remedio. Si me veo en el brete, procuro hacerlo lo mejor posible. Me esmero para que mis presentaciones sean amenas; aunque quizá el modelo "monólogo del club de la comedia" no sea el más adecuado para tratar temas médicos. El año pasado, para mi debut escénico ante la Asociación de HHT me serví de un viejo maletín del que, a modo de chistera de mago, extraje todo el material necesario para la técnica de escleroterapia. Igual que un mago, mantuve al auditorio en vilo (si bien es cierto que contaba con la ventaja de su buena predisposición).

Este año, para la reunión de Bilbao, el presidente me comentó que había puesto mi charla después de la comida para que, a esa hora más propicia para la siesta que para la ciencia, la gente no se adormilase demasiado. Animar la sesión suponía una responsabilidad extra y no era cuestión de hacer el mismo número que el año anterior, por entretenido que resultase la primera vez. Además tenía mis dudas de que los de Seguridad del aeropuerto me fuesen a dejar pasar al avión armada con un arsenal de ampollas de cristal y un paquete de agujas, eso sí, finísimas. No obstante, en esta vida casi todo tiene solución, y en este caso vino en forma de paciente-mensajera. A pesar de todo, si pretendía no repetirme, tenía que hacer algo distinto para animar mi charla. ¿A qué recurrir? La respuesta la busqué en los libros, pero no de ciencia, sino de cuentos, que ni siquiera los niños pueden resistirse a ellos. Algunas ilustraciones clásicas son verdaderas obras de arte y busqué las más adecuadas para decorar mis diapositivas.

Seguramente no contase tantos datos científicos como sería deseable, opino que las estadísticas no le interesan a todos los públicos y, cuando se trata de hablar a pacientes, prefiero contar historias con las que se sientan identificados.  La consulta está llena de anécdotas y de emociones. Los enfermos acuden con miedo y la mejor manera de ayudarles a controlarlo es lograr su confianza. Es el trato con cada uno lo que le enseña al médico cómo actuar, lo que no quiere decir que siempre acierte, se necesitan años de experiencia, al menos en mi caso. No solo se trata de transmitir seguridad sino también conseguir que no se sientan solos. Algo que no recalcan lo suficiente durante la carrera es que en Medicina lo más importante son los enfermos y aprender a ponerse en su piel es parte fundamental de la profesión.

Por eso, que sean los enfermos los que te sorprendan con un reconocimiento a tu trabajo, como hicieron en la cena de aquella Asamblea, es el mayor honor que puede recibir un médico. Es aún más emocionante cuando dicen que su vida ha cambiado a mejor gracias a ti. A pesar de mi verborrea, aún no he encontrado todas las palabras de agradecimiento que siento, aunque sí quiero decir que mi vida también ha cambiado a mejor gracias a ellos.