lunes, 14 de mayo de 2018

Primum non nocere

Las ampollas de anestesia local son, seguramente, el producto que más uso. Me agobia que al paciente le duela lo que tengo que hacerle y trato de minimizar la molestia en lo posible, aunque sé que a veces es inevitable, para lograrlo tendría que contar con un anestesista al lado que me durmiera por completo al enfermo, pero en la consulta eso no es práctico, y tampoco es posible programar a todo el mundo para una anestesia general, bloquearía la lista de espera.

Nunca me han gustado las agujas. La primera inyección se la puse al catedrático cuando aún era estudiante principiante de medicina, y fue algo que hice aterrada y obligada. No tuve opción, mi señor padre no admite un no por respuesta, si consideraba que, como parte de mi formación, debía encargarme de ponerle aquella vacuna, no había escapatoria. El mejor ejemplo de su pedagogía fueron sus clases de natación, mis primos huían despavoridos cuando le veían acercarse. Como estrategia para disfrutar de la piscina sin niños alrededor era infalible.

Con esos antecedentes, resulta paradójico que vengan pacientes ex profeso a mi consulta para que les pinche. No sé si todas las profesiones influyen tanto en la persona como la Medicina, pero si en mi adolescencia me hubiesen contado que la sangre y las agujas iban a formar parte de mi entorno habitual, me habría reído del profeta; sin embargo, así son las cosas.

El pánico a las agujas es casi universal (la excepción es el catedrático). Hace poco atendí a dos hermanas; como la enfermedad no se manifiesta de forma homogénea en todos los pacientes, una tenía más afectación que la otra. Sin embargo, fue la que menos lesiones tenía de ambas la que, en medio del proceso, comentó que se encontraba mal. Me explicó que últimamente tenía subidas de tensión y que notaba que eso era lo que le estaba ocurriendo. Por fortuna, las enfermeras estaban en la sala de al lado y en un momento acudieron en mi auxilio y le colocaron el esfingomanómetro. Para tranquilidad de todos, la tensión estaba en perfecto orden, todo era cuestión de aprensión. Terminé el tratamiento, poco a poco y con mucha anestesia y, al acabar, le dice la mareada a su hermana (que se había llevado, con diferencia, la peor parte en las infiltraciones), "pues esta vez casi ni me he enterado". Uno de estos días las enfermeras tendrán que tomarme a mí la tensión.

Otra anécdota es la de una paciente que me llamó casi sobre la marcha, cerca del final de la mañana, para ver si podía verla ese mismo día, supongo que para que no se le pasase el ataque de valor, o con la esperanza de que le dijera que ya era un poco tarde y librarse de ese modo. Le respondí que no se preocupase, que la esperaba. Por desgracia, al vivir a cierta distancia, en el trayecto perdió todo el arrojo. Con esta ya era la cuarta (o la quinta) visita en la que me rogaba que no la infiltrara, y en todas las anteriores había atendido sus deseos, nunca obligo a un paciente a someterse al tratamiento si no lo desea, no es una sentencia, soy médico, no juez. No obstante, me daba un poco de rabia ver las lesiones ahí, listas a dar guerra, y no hacer nada. Hablé con ella y al final, gracias a la confianza, la convencí para que me dejase hacer un intento, claro que antes le prometí que solo la pincharía donde no fuese a dolerle (la nariz tiene zonas mucho más dolorosas que otras, y aunque un toque en una de las malas no le habría venido mal, en esta ocasión era mejor limitarse a las buenas, ya se verá qué hago cuando la otra parte presente batalla). Le puse los algodones de anestesia y los tuve un buen rato para darles tiempo a que hiciesen efecto. Di un primer picotazo rápido (es el peor) y le puse más anestesia. Con tranquilidad y paciencia, muchos pinchacitos cortos y aún más y más anestesia, conseguí infiltrar el tabique (la parte buena) sin que le doliera. Al acabar, la paciente estaba feliz por haber superado sus miedos.

jueves, 10 de mayo de 2018

Esperar

La Señora me escribe una entrada por mi cumpleaños desde que tengo el blog, y aunque el blog se renueva de forma errática últimamente, ella no ha faltado a la cita.

"Esperar es una actividad difícil en estos tiempos que corren pero que puede llegar a ser bastante placentera si se realiza en ciertas condiciones. Cuando combinaba el trabajo del Instituto con las tareas de casa y la educación de los hijos, la palabra esperar estaba solo ligada al futuro, a la evolución de los problemas, a los resultados que estaban por conseguir. Si se trataba de dedicar un tiempo a la consecución de algo que una creía inmediato, aquello era un contratiempo total. Con la de cosas que se podrían estar haciendo en lugar de estar allí sentada mientras corría el turno para entrar en en la consulta del pediatra o venía el tren o...


Con el paso de los años el tiempo se presenta de otra manera y aunque suelo tenerlo bastante lleno y muchos días las horas no me dan para todo lo que quiero hacer, sí que me toca muchas veces dedicar un rato a esperar y me pongo a ello con la tranquilidad requerida. Aprovecho para no desesperarme -lo primero- y me dispongo con buen ánimo a sacarle toda la rentabilidad posible a ese paréntesis obligado........ Seguro que mientras estoy en ello hay algo interesante en lo que fijarse o puedo organizar el plan del próximo viaje o si he traído un sudoku me pongo a hacerlo para que la mente no se oxide. Pero casi nunca tengo que recurrir a esto último ya que el entorno me ofrece más de lo que puedo observar y analizar de manera productiva, pues curiosamente ahora reparas en cantidad de cosas que antes ni siquiera veías y es que con los años miras con otra disposición. Claro está que esas esperas no son las de la caja del supermercado ni el laberinto de la compra de entradas, sino en sitios en los que, como diría un castizo, tienes que esperar sentado. Puede ocurrir, por ejemplo, en aeropuertos o estaciones, que dan para muchísimo. Pero hay una variedad tal de personajes desfilando delante de ti mientras  ponen la vía de tu tren que casi no puedes centrarte más que en elementos superficiales de lo que hay en tu entorno. No suele ser esta una espera muy enriquecedora.

Lo es mucho más la espera en la cafetería. Este año de invierno plenamente invernal y primavera invernal también, he tenido que recurrir a citarme con las amigas para tomar algo a media mañana y así tener una excusa para salir. Los bares y las cafeterías han sido los lugares de encuentro. Ahí la  gente de las oficinas, con aspecto activo, en su café mañanero, ofrece a través de sus conversaciones un panorama bastante completo de la complicación de las relaciones en el trabajo; son charlas que suelen ir trufadas en muchos casos de comentarios poco caritativos hacia los compañeros, mezclados con bromas de fútbol y chistes. Son personas ruidosas, dispares y se les nota cierta tensión, que no han podido dejar ni siquiera para este rato de descanso.  A su lado, la otra cara de la moneda: sentados en mesas (veladores, que se decía antiguamente) los jubilados. Los hombres, con aire un tanto decrépito y apagado; las mujeres, de peluquería, pintadas y recompuestas. Todos coincidimos en la tisana o el descafeinado, porque hay que cuidar la tensión, y la charla suele girar en torno a tiempos pasados, la salud, la pensión, Cataluña y, en el mejor de los casos, los hijos y los nietos  Somos conscientes de nuestra ubicación en la pirámide social, pero las ventajas que se nos brindan desde los distintos estamentos tratamos de aprovecharlas, medio llenando los autobuses de la EMT  y recorriendo Madrid, cuando se puede, de una exposición a lo que se tercie. Mientras planificamos esas actividades nos entregamos a una espera bastante distraída y provechosa.

Más incierta pero de ambiente más tranquilo suele ser la espera en el hospital. Si hace algún tiempo eran las estaciones el lugar de espera más frecuentado, en estos últimos años es el hospital donde pasa una más tiempo, con la ventaja de que el hospital de Alcorcón tiene las salas concebidas para ayudar a mantener el ánimo. Bueno, eso no ocurre en todas, como por ejemplo en las de radiología o análisis donde el sitio es estrecho y angosto y no ayuda mucho, pero las de colores y las que están ante las consultas, esas no inciden en la sensación de enfermedad. La de color rosa, con las paredes  y puertas de ese color es la antesala para ir a alguna cirugía rápida. Allí sale una enfermera que te llama y dentro hay varios quirófanos, por lo que hay bastante movimiento de personal sanitario y de gente. Una va allí con su pellizquillo en el estómago, pero como va a ser cosa rápida el ambiente no es de mucha tensión y puedes entretenerte en observar la variedad de aspecto de los pacientes. Si tienes además la suerte de que una de las enfermas de ese día venga acompañada de un grupo de más de veinte personas: marido, padres, hermanas, cuñados, tíos, sobrinos y amigos, repartidos entre la sala y el amplio pasillo que la antecede, el tiempo de espera se te  hace cortísimo  solo pensando en como se las van a arreglar todos para ubicarse y dejar espacio  por donde la gente pueda circular. Tratar de resolver el problema mientras llega tu turno es casi tan entretenido como un sudoku.

Claro que a pesar de que el color rosa me gusta mucho, de todos los espacios hospitalarios la espera mejor, desde mi punto de vista, es la de ORL. Es un lugar amplio, con sus ventanales grandes y asientos en varias filas, casi como en un cine. La pantalla, aburrida en este caso, es donde aparecen los números de las citas. Aquí casi nunca he estado por problemas médicos míos, sino por ver a mi hija, una de las otorrinos y la mayor parte de las veces el tiempo de espera ha sido una sorpresa: en unas ocasiones por lo largo (porque no para y no hay quien la encuentre) y otras por la variedad de personas que allí he conocido.  La última vez fue la señora de la butaca de al lado.  Me preguntó nada más sentarme, pero con mucha delicadeza, que a quién venía a ver y cuando le dije que a mi hija coincidió con que era su otorrino, la que la está curando de su Rendu Osler y a la que estaba también esperando. La emoción, el cariño, el agradecimiento, la admiración que Nieves, el nombre de la paciente, mostraba por mi hija en aquella conversación son imposibles de reproducir, son de esos sentimientos sinceros que una sabe nacen muy hondos. Me quedé con todos ellos en la memoria junto con sus inquietudes: que no le ocurriera nada a la doctora Sol por exceso de celo en su trabajo, pues es mucho el desgaste, y su esperanza de que pudiera encontrar a alguien que le ayudara en tan tremenda tarea.
Como no podía ser de otro modo, me sumé a sus deseos y con frecuencia evoco aquella charla tan entrañable en otros ratos de espera."

domingo, 6 de mayo de 2018

Una mujer independiente

El llamado hombre realista está en el mundo sin apercibirse de ello, somo un muro de cemento y hormigón, y el llamado romántico es, en cambio, como un jardín abierto donde la verdad entra y sale a voluntad. Joseph Roth (La cripta de los capuchinos). 

Mi abuelo educó a mi madre para que fuese una mujer independiente; además de un hombre inteligente, mi abuelo debía de poseer algo de clarividencia, porque es posible que, impelida por las circunstancias, mi madre sea la mujer más independiente que conozco. Independiente no es sinónimo de huraña o solitaria porque, aunque le gusta disfrutar de su espacio y organizar su tiempo, la Señora es un ser de lo más sociable y el centro de las reuniones.

Mi tío, amigo de infancia y compañero suyo de clase, cuenta que, en el colegio, ni siquiera los profesores se atrevían a replicarle, era la delegada y su palabra era ley, tenía tanto carisma, tal poder de convicción, tan buenos argumentos y tanta decisión que antes que discutir era mejor ceder. Era, además, la encargada de la biblioteca escolar y llevaba el desempeño de sus funciones más allá de lo que los lectores esperaban: si alguien pedía un libro que ella no consideraba pertinente, le entregaba otro que, en su opinión, era mucho más adecuado, una vez leyese el primero, ya se vería si le otorgaba el deseado. Dado su bagaje literario, no dudo que acertase en su "recomendaciones". Supongo que la calidad de la educación literaria de sus compañeros empeoró cuando la dama, con 16 añitos, se fue a estudiar a Madrid. Con su personalidad, no tardaron en echarla de menos.

El matrimonio con el Catedrático con su espíritu nómada azuzó aún más el sentido de independencia de la Señora. Dos años de invierno infernal en Canadá, lejos de la familia, fueron el preludio de un recorrido que siguió por varias ciudades españolas, con nuevas amistades, despedidas y mudanzas y un número creciente de hijos. Sin embargo, a la hora de hacer las maletas para Alemania, la Señora se plantó y decidió que la familia necesitaba una residencia fija, ella se quedó con nosotros en Madrid mientras el Catedrático errante continuaba la búsqueda de su lugar en el mundo, geográfico y académico (aunque a día de hoy el mundo se resiste a mostrarle al profesor trotamundos su paraíso soñado).

Ese tipo de educación independiente tuvo su traducción en mí y algo menos en hermanísima (que se pegaba a mí como una lapa, si estamos unidas es gracias a su insistencia, de nada me servía mi misantropía). A la hora de ir a los sitios, mi madre nos mostraba una vez el camino y luego nos soltaba por las calles. Recuerdo que con 11 años me tocaba coger el autobús urbano a la salida del colegio, ir al dentista a hacerme una endodoncia y luego, a la salida, regresar a casa en otra línea. Volvíamos del cole por nuestra cuenta, íbamos a inglés, a música, a comprar, sacábamos a hermanita al parque, la recogíamos de la guardería (hermanísima le cambiaba los pañales, tarea que yo evitaba como la peste)... En fin, no entendía por qué otros niños necesitaban supervisión. Quizá lo más complicado fue lo de la óptica, estaba lejos y yo no veía ni tres en un burro, tenía 4 dioptrías. Sin embargo la ceguera poco importó, la técnica de aprendizaje fue la misma, a fin de cuentas todo era cuestión de esperar a bajarse en la última parada del 44 (del trayecto reconocía la Plaza de España y entonces sabía que estábamos cerca), de Callao había que caminar hasta la Puerta del Sol (que también reconocía), girar a la izquierda y contar calles a partir de ahí. No sólo llegábamos a nuestro destino, sino que le servía de guía a hermanísima, que tenía mejor vista que yo, pero peor sentido de la orientación. Si los de la ONCE hubiesen conocido nuestra situación, no dudo que nos hubiesen dado preferencia para un perro lazarillo.

Mis compañeros suelen acompañar a sus familiares cuando van al hospital. No es el caso de la Señora, y no solo no voy con ella a las pruebas, sino que a veces me entero de sus citas cuando pasa a despedirse por la consulta (no es que no me avise antes, pero llegado el día, se me olvida). Hay veces que nuestro saludo es un beso en la sala de espera entre un paciente y otro (aunque es muy optimista decir que hay un intervalo entre pacientes, el solapamiento es más habitual).

Cuando hace escala en casa, el Catedrático protesta porque la Señora es muy independiente ("le dijo la sartén al cazo"), ¡no es consciente de todo lo que se modera cuando él está!




lunes, 30 de abril de 2018

Duelo

Sueña.
Deja que el sueño te convierta
en un ser efímero y eterno,
en un recuerdo,
en la huella de un momento
de otra vida, en otro tiempo.
Duerme.
Abro los ojos y sé que no te tengo,
pero sigues aquí, conmigo,
cada noche formas parte de mis sueños,
cierro los ojos y te veo.
Sueño.
Me extiendes la mano,
siento el roce de tus dedos
y tu presencia, a mi lado,
tan cerca, y a la vez tan lejos.
No te olvido,
me faltas, noto tu vacío,
te llevo dentro
en un mundo roto y hueco
invadido por recuerdos.
De nostalgia
mi interior esta lleno;
parte es llanto que me ahoga,
lágrimas que pretenden borrarte,
diluir tu memoria en su tristeza,
por eso no lloro, no las dejo.
Te has ido, pero vives en mis sueños.
No te he perdido; te quiero.

sábado, 21 de abril de 2018

Maquillaje personalizado

"Si todavía es tan guapa, pese a sus cabellos blancos y a tantos años vividos, es porque a través de sus ojos, de su rostro, de su cuerpo, se transparentan todos esos instantes de luz y de belleza..." Andrei Makine

Me gusta el maquillaje, los stands de las tiendas, con sus coloridos despliegues, me recuerdan a una tienda de golosinas, aunque algunos tienen más precio de joyería y piedras preciosas.

Me entretiene probar productos, ensayar tal o cual técnica, maquillarse tiene algo de juego y también de momento para mimarse. Dada la infinidad de vídeos en internet sobre el tema, no debo de ser la única que opina así. El problema es que, en general, son vídeos muy similares,  con los mismos tonos, los mismos productos y las mismas técnicas. La excepción serían los de maquillaje artístico, para disfraces (Halloween) y efectos especiales. Me choca tanta uniformidad, considero que las mismas pautas no favorecen a todo el mundo, pasa como con la moda, por muy bonito que le quede a la modelo, el efecto en cada uno es otra historia. Quizás la mejor manera de hacer esta entrada, y cualquiera de las del apartado Grumpy but gorgeous, sería filmando un tutorial, pero no es mi estilo, esto es un blog, no un vlog.

Realzar los rasgos propios conlleva aprendizaje y experimentación hasta acertar y, a partir de ahí, es bastante sencillo, para salir de casa con un aspecto presentable no se necesitan dos horas de explicaciones. No hay que ser Caravaggio para aplicar sombras, de hecho en los ojos europeos no veo necesario dibujar pliegues, ya existen y ellos solitos se ocupan de marcarse. Toda la ciencia al pintarlo consiste en poner el color preferido (en mi caso azules y verdes) en el párpado móvil (sin salirse para evitar el efecto loro) y luego, para matizarlo y dar luz, aplicar un tono claro (me gustan los blancos y los perlados) del ángulo interno del ojo hasta la mitad del párpado, encima del primer color para, de paso, degradarlo. En el ángulo externo se puede resaltar con un tono más oscuro, o con un toque de lápiz (el truco para elevar un ojo caído es no llevar la linea del lápiz hasta el final del ojo, sino parar uno o dos milímetros antes y levantar un poco el rabillo en ese punto, con la edad esto es fundamental).

Personalmente, más me vale no seguir las tendencias generales. Me encantan los labios rojos y no entiendo el porqué de la moda de los labios nude, que traducido significa el tono natural al desnudo (o más claro). Mis labios son muy pálidos de por sí y si no los animo con algo de color tengo aspecto de enferma (lo he probado, los he llevado cubiertos de bálsamo, sin más, y los comentarios en el hospital han sido "¿estás bien?". Está claro, si hasta los profesionales sanitarios tienen dudas sobre tu estado de salud es porque no apareces en todo tu esplendor).  Por si fuera poco, también se lleva el nude en los ojos, tonos neutros, amarronados y tristes, que básicamente me apagan. Con ellos no resalto mis ojos, sino mis ojeras,  cuando lo que necesito algo es desviar la atención de ellas, no reproducirlas en el párpado superior. Con un ahumado de ojos con sombras oscuras doy miedo. La oscuridad endurece y envejece, resalta las ojeras y el contraste con mi piel convierte mi palidez natural en cadavérica, algo ideal si buscase una estética gótica, pero no es la idea, pienso que es preferible que el médico aparente algo de salud, aunque sea de bote. Los otros tonos "naturales"son los de la gama de los rosados, que van desde el cuarzo rosa hasta los más osados vinos y granates y cuyo mayor mérito, en mi persona, es reproducir la irritación de mi piel sensible. Una de las grandes contradicciones de ese amago de maquillaje natural es que lo rematan con unas hermosísimas pestañas postizas; no sé, me figuro que ahí reside el secreto para que favorezca.

El contouring, contornear el rostro, es otra de esas técnicas de las que mejor me olvido. Si marco mi estructura ósea lo que consigo es adelgazar aún más mi cara, ya de por sí fina. Para lo único que me interesa aplicarlo es para reducir un poco la personalidad de mi nariz (ojalá lo hubiese conocido en mi adolescencia, aunque creo que por aquel entonces el acné camuflaba el problema).

En resumen, ¿cuales serían mis imprescindibles? Por supuesto, el protector solar (prefiero los minerales, no tengo problemas de efecto máscara, es una ventaja de la palidez). Lo que me falta es color, estoy desdibujada. Mi estilo se podría definir como pin-up (aunque sin otros atributos), necesito pintalabios en tonos rojizos (ni rosas, ni violáceos) y mejor aún si repaso la forma con el perfilador.  El mismo pintalabios me sirve de colorete (lo presiono sobre el labio con la yema del dedo para que dure más y luego froto con el dedo manchado las mejillas). No puede faltarme un buen corrector antiojeras (rosa-asalmonado claro para contrarrestar mejor las sombras) lo uso, además de en las ojeras, en rojeces e imperfecciones (el borde del ala nasal si está algo rojo y, a veces, la barbilla). Un lápiz de cejas discreto no solo ayuda a enmarcar los ojos, sino que también me sirve para perfilar la nariz. Termino con máscara de pestañas (la negra agranda más los ojos, aunque aplico poca o nada en pestañas inferiores para que resulte más suave, da una mirada más dulce).

Por la noche, para desmaquillarme, mi imprescindible es un paño de microfibra, lo empapo con agua templada y lo apoyo en el rostro y hago un poco de presión, es pura magia; luego uso un aceite cosmético (el de granada de Levenrose es mi favorito, probé de otra marca y olía fatal), con o sin masaje, según la pereza, y retiro el exceso con unos toques de la microfibra. Es, con diferencia, lo que mejor le funciona a mi piel sensible. Guardo otro paño de microfibra en el congelador que, cada mañana, paso por el grifo hasta que pierde la rigidez del hielo, luego lo apoyo en la cara, a toques, incluyendo el cuello, para descongestionar los rasgos del sueño, no hay nada más eficaz.

¡Tanto rollo para esto! La pregunta es: ¿por qué en mi baño hay más surtido de pinturas que en un taller de arte? ¡Uff! Prefiero no pensar en ello, necesitaría un diván.

domingo, 15 de abril de 2018

En equipo

-No entiendo a esa gente que se deprime cuando se jubila- me dice House. -Supongo que, llegado el momento, echaré de menos a algunos de mis pacientes, pero eso de disponer del propio tiempo, no tener que madrugar, no depender de un horario...
-Será un alivio no tener tanta responsabilidad- añado.
-A mí la responsabilidad no me agobia, claro que hay malos ratos, cuando un paciente sangra en una cirugía y no ves, no es agradable.
-¡Uff!, no. La sangre genera mucha tensión.

Me vino a la cabeza una de mis últimas sesiones con los Rendu. Mi paciente se puso a sangrar, y a sangrar, y aquello no tenía intención de parar. La sangre salía a chorros por la nariz, por la boca... Nada funcionaba y, para colmo, tampoco la sangre no me permitía ver nada. Ni aspirador, ni algodón, ni presión, ¡nada! Por mucho que me esforzase, no había modo de contener aquello, y ese era mi papel.

Además de la auxiliar de consultas, conmigo estaban una estudiante y una residente. En un momento de fortuna vi el origen del chorro. Tenía que actuar en ese instante o aquel punto se perdería en medio de la marea. La jeringa con el esclerosante estaba cargada, pero no tenía aguja. Ni corta ni perezosa, la estudiante abrió una de las agujas y me pasó la jeringa montada y preparada. ¡Cuánto agradecí su iniciativa! Cuando se es estudiante, no sabes qué hacer, no tienes ni idea de cómo comportarte, dónde ponerte, ni siquiera te atreves a preguntar. Pinché. Odio hacerle daño al paciente y sabía que aquella infiltración iba a doler, el punto estaba en un mal sitio, sin embargo, ante semejante hemorragia, el dolor era secundario. Funcionó. El sangrado se detuvo, pocas veces el resultado es tan rápido.

Demasiado pronto para cantar victoria, solo era la primera fosa, y una vez controlada, la otra decidió imitarla. El sangrado era del mismo calibre, cambió el lado y el punto, que esta vez era aún menos accesible, no sé si por reto o por venganza. Cuando la situación pretende desmandarse, me la planteo como una batalla en la que debo intentar vencer a toda costa, por el bien del paciente. No me iba a rendir, como le digo a mis pacientes "si me he metido en este berenjenal es porque pienso que puedo hacer algo", tirar la toalla de antemano no es el modo de enfrentarse a la enfermedad, ni por el médico, ni por el enfermo.

En esta ocasión el éxito no fue tan completo como en el otro lado, la hemorragia mejoró, pero una pequeña manipulación bastaba para reactivarla. A veces, a pesar de todo, una vez logrado cierto control hay que conformarse y conviene parar y seguir en otro momento. Es algo que depende de la situación del paciente, hay que evitar agotarle, la tensión de la hemorragia afecta tanto al médico como al enfermo, pero mucho más al segundo. Taponé para evitar nuevos sangrados en el ínterin y trataré de rematar la faena en la próxima visita.

jueves, 8 de marzo de 2018

Día internacional de la mujer (por mi superhermanita)

Esta entrada me la ha enviado superhermanita en honor a las mujeres trabajadoras. El esfuerzo de aquellas que abrieron camino bien merece un homenaje; gracias a ellas gozamos de la libertad y la independencia para tomar nuestras propias decisiones. En Sanidad el papel de la mujer es fundamental, ¿qué sería de los hospitales sin ellas? Actualmente, al menos dos tercios de los estudiantes de Medicina son mujeres, y en Enfermería los varones son algo excepcional. ¿Huelga? Personalmente no, no le veo el sentido, opino que la mujer trabajadora debe disfrutar de su trabajo y que esa es la mejor manera de honrar la lucha por la igualdad.
(Sigue hermanita)

"Llevo varios días tratando de ordenar mis ideas acerca de la huelga en el día internacional de la mujer y la situación de desigualdad que todavía sufrimos. Si bien es cierto que en el mundo desarrollado hemos conseguido alcanzar la igualdad política y jurídica, a efectos prácticos seguimos sufriendo desigualdades importantes en el ámbito laboral, social e incluso familiar, eso sin entrar en la situación de los países subdesarrollados o en vías de desarrollo. ¿Quiero protestar ante esta situación y cambiarla? Por supuesto. ¿Creo en la huelga o los paros como herramientas para hacerlo? Ahí, la verdad, es que no tengo las ideas tan claras.
 
El movimiento feminista surge a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX como consecuencia de la exclusión a la que se somete a la mujer en los nuevos estados liberales. Las mujeres habían sido claves en el proceso revolucionario y en la lucha contra el Antiguo Régimen, o en la Independencia de las colonias, y sin embargo quedan fuera del nuevo sistema político que, sin lugar a dudas responde al modelo patriarcal, al igual que el resto de sistemas políticos que se han desarrollado en el siglo XX, incluyendo el socialismo soviético.

La evolución del movimiento dio lugar al sufragismo y a la lucha por el derecho al voto. Por suerte para todas las mujeres, el argumento entonces fue que el concepto de ciudadano era inclusivo (ciudadanos y ciudadanas), de forma que aprovechamos ese "machismo" en el lenguaje y conseguimos acceder al voto y al resto de derechos políticos del momento, entre ellos la huelga.


En los años que he dedicado a estudiar el movimiento feminista, este periodo es claramente mi preferido.  La calidad de los escritos, el nivel de coherencia de aquellas mujeres a las que, prácticamente, se les había negado el acceso a la educación o a los espacios públicos, es de un nivel tan sorprendente que recomiendo a cualquiera que quiera incidir un poco más en el tema las cartas que Abigail Adams escribió a su marido en este sentido.

Con el desarrollo del siglo XX, el feminismo se transforma en lo que se ha denominado “feminismo radical”. La situación de la mujer en las fábricas y todo el movimiento obrero influye directamente en esta situación. La desigualdad laboral era manifiesta, como lo era la situación en sus hogares, un espacio en el que el hombre no ha entrado hasta el siglo XXI, cuando lo ha hecho. El radicalismo del feminismo entonces era precisamente poner en cuestión la estructura patriarcal del sistema, ya que la inclusión de la mujer en el ámbito jurídico o laboral perpetuaba las estructuras de poder masculinas sin abarcar, en ningún caso, la visión femenina.

Y así llegamos a la situación actual, en la que seguimos con estructuras laborales patriarcales, con situaciones de clara injusticia social y parecería necesario que las mujeres nos uniéramos, como en el XIX, para reclamar, en este caso, un cambio en el sistema. Sin embargo, tal y como ocurrió en el sufragismo, cuando algunas mujeres se separaron del movimiento solicitando antes del derecho al sufragio el acceso a la educación, me asaltan las dudas acerca de qué es lo que queremos ¿incluir a la mujer en las estructuras de poder del sistema político o cambiar el sistema en general?

Los sindicatos y los partidos de izquierda radical, todas ellas estructuras patriarcales desde su nacimiento, han decidido aprovechar el momento para hacer su lucha política particular y unir sus reivindicaciones a las de las feministas. Además de repugnarme el oportunismo, me encuentro con una crítica en la que no hacer huelga me convierte en una neoliberal, capitalista retrógrada. Personalmente no voy a apoyar ningún sistema que no me permita ejercer libremente los derechos que ya hemos conquistados. La libertad es algo a lo que me niego a renunciar y si queremos construir un sistema igualitario debemos empezar por ahí. He decidido que este es mi homenaje a las mujeres en un día como hoy."

miércoles, 28 de febrero de 2018

Principios para la vida de John Perry Barlow

Just do right. Try to live your life in a way that you will not regret years of useless virtue and inertia and timidity…. You make your own choices… pick up the battle and make it a better world, just where you are. Maya Angelou.

Sobrinísima cumple 19 años y esta mañana me he dado cuenta de que no le había puesto una entrada en el blog. 19 años es el final de la adolescencia, supongo que el siguiente paso es la madurez, aunque esa es una fase que no todo el mundo consigue en todos los aspectos de la vida, muchos se limitan a sumar edad, y porque eso es algo biológico, pero de ahí a considerarlos maduros hay un abismo.

Después de leer los siguientes consejos, me pareció que John Perry Barlow era un hombre muy inteligente, con madurez y con aspiraciones a mejorar como persona. Esta es su lista, que he personalizado con algunos comentarios (por si no fuese suficiente, aunque al hacerlo creo que he ido contra el punto 16).

1. Sea paciente, sin importar el motivo (a veces no se sabe el motivo y cuando se descubre puede hacer que uno se arrepienta de haberse precipitado en sus juicios).
2. No calumnie. Asigne responsabilidades, no culpas y asuma su propia responsabilidad. No diga nada de nadie que no diría si ese alguien estuviese presente.
3. Nunca asuma que los motivos de otros son, para los otros, menos nobles que los propios.
4. Expanda sus miras (intente asumir el punto de vista de los demás, trate de comprender sus opiniones y motivos).
5. No se preocupe por aquello que no puede cambiar (escoja sus batallas, y tampoco pierda el tiempo con tonterías y nimiedades que solo le amargan a uno y no mejoran nada).
6. No espere de nadie más de lo que uno mismo puede dar.
7. Tolere la ambigüedad, no todo es blanco y negro, hay colores y muchos matices.
8. Ríase de sí mismo con frecuencia (nadie es perfecto y no merece la pena amargarse por las meteduras de pata).
9. Preocúpese por lo que es justo en vez de por quién tiene razón, lo importante son los hechos y para eso hay que hacer algo, no solo planearlo.
10. Nunca olvide que, a pesar de su certeza, puede estar equivocado (doy fe de lo acertado de este punto).
11. Abandone los deportes sangrientos, solo traen heridos.
12. Recuerde que su vida también le pertenece a otros. No la arriesgue sin motivo. El dolor de una pérdida lo llevan esos otros, y la carga de las secuelas también.
13. Nunca mienta, si es necesario, calle.
14. Fíjese en las necesidades de los que le rodean y respételas, a veces solo necesitan es un poco de espacio propio, no lo invada.
15. Evite la búsqueda de la felicidad per sé. Busque definir su misión en la vida y persígala, eso le hará feliz.
16. Reduzca el uso del "yo, me, mí, conmigo", preocúpese por los demás e intente ponerse en su pellejo.
17. Alabe al menos tanto como menosprecie (en esto lo ideal es la máxima de mi abuelo: para decir algo desagradable, es mejor callarse).
18. Admita sus errores con rapidez (justificarlos no le ayudará a corregirlos).
19. No sospeche de la alegría (es ingenua y espontánea, hace que nos sintamos mejor, y alegrarse por lo bueno que le sucede a otros hace que compartamos su felicidad).
20. Comprenda la humildad (si las cosas salen bien hay que alegrarse, no pavonearse, y no es por genialidad, sino por esfuerzo).
21. Recuerde que el amor olvida todo (se quiere a las personas a pesar de sus defectos, amarlas por sus virtudes es la parte fácil).
22. Fomente la dignidad, no pisotee la de otros por la propia, eso es indigno.
23. Viva de forma memorable, haga las cosas por las que le gustaría ser recordado e intente evitar aquello de lo que luego pueda arrepentirse.
24. Quiérase a sí mismo, más vale aprender a sentirse bien dentro del propio pellejo, es con el que le ha tocado vivir.
25. Aguante, tolere, transija, resista (todos cometemos errores, todos tenemos malos momentos, no se pregunte quién tiene razón, qué es la razón... no pierda el tiempo en discusiones y filosofías, simplemente haga lo que crea que es correcto).

sábado, 24 de febrero de 2018

¿Reventar?

El otro día, una de mis pacientes de Rendu me preguntó preocupada: ¿Qué será de nosotros si la reventamos? El motivo de su preocupación es que esa mañana la consulta había sido algo más caótica de lo habitual, hubo un rato tranquilo, pero solo fue el presagio de la tempestad.

Llegué al hospital avisada de que ese día vendrían 4 pacientes de Rendu, algo muy llevadero; a eso hay que sumar urgencias, recomendados y algún paciente extra, de mis habituales, que vienen a mi puerta porque ya saben que no sé decir no. Vi con calma las urgencias de primera hora y en el ínterin me llamaron otros tres Rendu para preguntar si podría atenderles. Durante un rato, esperé a que llegaran, cosa que hicieron todos a la vez. El truco para atenderlos cuando eso sucede es alternarlos: pongo algodón con anestesia a todo el mundo, y mientras a los últimos les hace efecto, empiezo a pinchar a la primera víctima de turno, que dará el relevo al siguiente mientras la segunda tanda de anestesia surte efecto. Durante la espera, hacen corrillo, se conocen y se ponen al día.

El problema surgió cuando el miembro más joven de una familia se mareó. ¿Cómo alternar enfermos con alguien tirado en la camilla? En ese estado no podía mandarlo a la sala de espera. ¿Cómo decirle a su padre que saliese dejándolo así? Sin embargo, había que seguir y no disponía de más hueco donde meterme.

Aproveché la buena relación entre los pacientes para llevar la tertulia al interior de la consulta. Durante un rato, aquello se asemejó bastante al camarote de los hermanos Marx, el único que no hablaba era el joven de la camilla. De vez en cuando, me tocaba intervenir e interrumpir la conversación para secuestrar e infiltrar a alguno de los interlocutores. El único aderezo que faltaba era que subiese alguna urgencia y, ya puestos, ¿por qué no hacer una película redonda? Aún así, los pobres extras se quedaron en la sala de espera.

A pesar de los temores de mi paciente, no reventé. No obstante, unos días más tarde el destino decidió comprobar mi resistencia y se empeñó en demostrarme que todo es susceptible de empeorar. ¿Un día malo? ¡Ja!

Las mañanas de urgencias son las mejores para hacer cosas fuera de programa, las que tengo copadas con los Rendu dan poco más de sí y siempre viene bien un día extra de busca para repartir la carga. Sin embargo, esa mañana las cosas se torcieron desde el principio. A las enfermeras se les complicó la prueba de primera hora y eso atascó el resto de las consultas. Cuando la situación parecía que iba a remontar, una de las curas se puso a sangrar y se mareó; el problema de las especialidades es que las generalidades de la medicina se pierden en el proceso de la especialización y salvo tumbar al mareado y levantarle los pies, poco más sabemos hacer. Las enfermeras son de gran ayuda, le cogieron una vía y le pasaron un suero, pero al no mejorar con esos primeros auxilios, hubo que trasladarle a urgencias. En ese tiempo, que no fue corto, el resto de la actividad se bloqueó sin remedio.

Los pacientes se acumularon, las pruebas también. En la sala de espera se respiraba la tensión (a veces es una suerte ir sin aliento). El que varios guardias civiles custodiaran a un preso en la sala seguramente sirvió para que nadie estallara, aunque los presos también alteran la dinámica de la consulta.

La mañana de busca se conoce más oficialmente como de imprevistos, y nunca hizo más honor al apelativo que ese día. No solo se complicó todo lo complicable, sino que, por supuesto, aparecieron los pacientes previstos y las urgencias (que entran dentro de la previsión) y también surgieron esos imprevistos que le dan nombre, casos que requerían tiempo y en los momentos de mayor agobio. Mi pobre madre pasó por allí a saludarme cuando terminó de hacerse la prueba que tenía citada y se marchó después de enviarme un beso, ni siquiera me avisó antes por si la acompañaba, es consciente de que me gustaría hacerlo, pero la única manera de pasar un rato con mi familia en la consulta es si soy la médico que debe atenderlos.

sábado, 3 de febrero de 2018

En plena batalla

Hay días que la consulta parece un campo de batalla. No soy buena estratega, no sé organizarme, quizá porque no sé esperar (me cuesta mucho) y odio hacer esperar a los demás, llegar tarde me causa ansiedad. Tampoco sé decir que no y eso, sumado a lo anterior, no es una buena combinación. Pretendo hacer todo a la vez y eso no es posible. Soy rápida, pero hay cosas que requieren su tiempo y no conviene acelerarlas. Procuro optimizar esos intervalos, mientras algo hace su efecto, aprovecho para ver a otro paciente. En un alarde de sinceridad, le he llegado a decir a algún enfermo que si no le llamo en diez minutos, que me avise, no es imposible que con el trajín se me haya ido el santo al cielo. Sentarme a escribir en las historias es un sueño que a veces no se realiza hasta última hora de la mañana. Primero está la gente, luego los papeles.

Mis pacientes hacen honor a su nombre y tienen paciencia conmigo. Mis Rendus vienen entregados, en su caso es comprensible porque los pobres no tienen mucho donde escoger, lo raro es que no son los únicos: "haga lo que tenga que hacer" o "lo que a Ud le parezca, doctora" son frases que oigo con frecuencia.  Intento honrar su confianza y hacer las cosas lo mejor posible, aunque no siempre salgan todo lo bien que me gustaría. Me concentro en mi tarea y a veces me cuesta salir de mi abstracción y responder cuando me preguntan. Busco las lesiones, no quiero que se me escape ninguna, algunas son traicioneras: malformaciones grandes que se esconden en los recovecos de la nariz, o están en zonas menos accesibles, o más dolorosas... Las veo y las ataco, quiero terminar con ellas, que dejen de darle guerra a mi pobre paciente. Esa maraña de vasos no debería estar allí y mi labor es ponerle remedio. Estoy segura de que los enfermos leen mi determinación en mi cara y no sé si eso les inspira valor o les da miedo y, simplemente, deciden que no es un buen momento para hacer comentarios. Las hay que se resisten, unas sangran hasta forzarme a parar, taponar, apretar y esperar, otras escupen el esclerosante y me obligan a buscar un sitio más idóneo donde pinchar. Otra de las cosas que no sé es cuando conviene rendirse, mientras queden fuerzas y armas, se lucha. Al parecer el tesón es una virtud en medicina (tanto que incluso fue pregunta de MIR hace un par de años), y ya de pequeña tenía fama de cabezota.

No siempre venzo, ojalá, si no resuelvo el problema al paciente le toca volver, y muchos no viven cerca. Es inevitable no sentirse culpable cuando eso sucede, a fin de cuentas el tratamiento depende de mí. Lo mínimo que puedo hacer es atenderles cuando lo necesitan, las hemorragias no se prestan a agendas ni a citas y quizá mi falta de organización suponga una ventaja en ese aspecto. Si fuese una obsesiva del orden y tuviese que seguir una pauta, habría entrado en crisis hace tiempo.

domingo, 28 de enero de 2018

Sangrado postamigdalectomía

Suena el busca, al principio no sé ni lo qué es, ni donde estoy. Estoy dormida y no es un sueño, ojalá. Miro la pantalla. El identificador dice Pediatría. Con un poco de suerte solo es una duda. Contesto (o lo intento).
-Perdona que te moleste a estas horas, oigo al otro lado de la línea, pero ha venido por sangrado una niña que operasteis de amígdalas hace 10 días. La he mirado y sangra muy poquito así que no creo que haga falta que vengas. Te llamo para saber qué hago.
¿Hacer? Salvo cruzar los dedos y rezar para que pare, la pediatra no puede hacer más. No me libro, si hay sangrado activo, por pequeño que sea, y a pesar de toda la buena voluntad de la pediatra, me toca ir. Ya me gustaría que fuese de otro modo.
-De momento cógele una vía y pásale una ampolla de Anchafibrim (un fármaco para estabilizar el coágulo, a ver si funciona). Voy para allá.

Miro la hora. La medianoche quedó atrás hace un rato. Mientras me visto hago memoria. Recuerdo el caso, una chiquilla de cinco años pequeña para su edad y delgada como un pajarito. A la pobre le costaba respirar, así que lo de tragar era casi una quimera.

La cirugía fue bien, no hubo sangrado ni más problema que el mareo de la estudiante de Medicina. Hacía calor en quirófano. La instrumentista hizo gala de reflejos y agarró a la alumna al vuelo antes de que se estrellase contra el suelo. Esos mareos no son algo raro, sobre todo al principio, yo misma me mareé la primera vez que entré a un quirófano, y me pasó lo mismo cuando operaron a mi abuelo. Con el tiempo se hace callo.

Una hemorragia diez días después es algo imposible de prevenir durante la cirugía. El problema no está en la técnica sino en la cicatrización. Las costras se caen y si los vasos aún no se han decidido a cerrarse del todo aparece el problema. En adultos, con vasos más gruesos y rígidos, es más frecuente. En los niños es casi excepcional, pero solo casi.

Cuando llego al hospital la niña ha dejado de sangrar. Son buenas noticias, reintervenir un lecho en plena fase cicatricial es una merienda de negros, los tejidos están granulando y se deshacen al tocarlos; según se arregla un punto empieza a sangrar por otro lado. Es desesperante. Se tarda más en revisar, quemar y suturar que en la cirugía original.

De repente la pequeña tiene una arcada y vomita. La batea se llena de sangre fresca y coagulada, también hay una parte de sangre digerida, oscura, en posos de café. El padre mantiene el tipo de manera asombrosa. La niña también. Ver a los padres asustados no ayuda, aunque controlar la angustia ante un hijo que sangra tiene mucho mérito.

Con semejante vómito no me extrañaría que el vaso se hubiese abierto de nuevo. La pequeña me enseña la boca de nuevo sin rechistar. El vómito ha limpiado parte de los coágulos que aún quedaban en la faringe, pero no hay sangrado.

Es casi la una y media de la madrugada. Dejamos a la criatura en una cama en observación y me subo al despacho a ver si puedo dormir algo en el sofá (todo un avance, antes teníamos que mendigar una litera de residente, así que el sofá del despacho es un lujo). Decido no volver a casa, no es sensato, si no opero a la niña conviene que me quede cerca por si sangra de nuevo. En ese caso ya no habría más oportunidades, es quirófano sí o sí.

Me cuesta conciliar el sueño; estoy preocupada y desvelada, una mala combinación. Para colmo, hay una máquina que hace un ruido infernal, o eso me parece. Cierro los ojos y me quedo, quieta quizá si dejo de dar vueltas, me dormiré. Finalmente caigo. A las siete abro el ojo, no me han llamado, es buena señal.

Mi aspecto de recién levantada es lamentable, peor aún que el de casa. Menos mal que House, antes de salir, me hizo coger los básicos de aseo. Le extrañó que entre los básicos incluyese el corrector, pero tengo que pasar consulta y no voy a causar muy buena impresión a mis pacientes con ojos de zombi. El pintalabios es otro básico, pero ese no le sorprendió, cualquiera que me conozca sabe que lo considero imprescindible. Es lo primero que me aplico antes de salir del despacho para encaminarme a la consulta.

Afortunadamente, no me cruzo con nadie. A esa hora, los pasillos están desiertos. Asalto el armario de los tentempiés de media mañana. Unos nevaditos de desayuno, sienta bien algo dulce, mucho café (que no me gusta, soy de té, pero esta vez es por necesidad) y un paso por el aseo consiguen que mi apariencia deje de dar miedo. Me acerco a la urgencia a ver a mi paciente. Sigue dormida y bien. El siguiente paso es probar a darle algo de comer.

Aunque la madre desea dejar a su hija en el hospital hasta que se caiga la última costra, la convencemos de que es mejor irse a casa, menos traumático para la chiquilla y con menos riesgo de acabar con gripe o con cualquier otro virus. El hospital está a tope de pacientes respiratorios.

Durante una semana la niña está en su casa sin sangrar ni una gota. Todo parece ir bien, los padres respiran tranquilos, piensan en llevarla al colegio. Sin embargo, las amígdalas son traicioneras, y en esta ocasión deciden repetir el susto tras esos nuevos siete días. Esta vez el sangrado es mínimo y breve, aunque a la pequeña le toca repetir la noche de estancia en el hospital. ¡Ufff! Con esta niña no va a haber tranquilidad hasta que termine de cicatrizar.

Pasa otra semana. La chiquilla no vuelve a urgencias. Unos días más tarde la veo en la revisión. Está bien: oye mejor, come mejor, duerme mejor... La cirugía le hacía mucha falta. Compruebo que la faringe ha cicatrizado. Todo está en orden, parece que el susto ha pasado.

viernes, 19 de enero de 2018

Cirugía de oído

Día de quirófano. Por un cambio de última hora, me he encontrando con una cirugía de oído que no me esperaba. No es que saberlo antes hubiese cambiado nada, seguramente solo habría dormido peor la noche anterior dándole vueltas y vueltas al caso. Las cirugías de oído imponen, y el hecho de que no sean demasiado frecuentes hacen que una se sienta a veces desentrenada, aunque lo cierto es que la anatomía es la que es y se trata de encontrar los puntos de referencia para no liarla.

No era el único caso, no era el primero, ni el último, pero sí el que se iba a llevar la mayor parte de la mañana. No se trataba de una cirugía por audición, sino por infecciones crónicas con acúmulo de material y erosiones. Había que operar el oído para limpiarlo bien.

Cuando le explicas al paciente en qué consiste lo que le pretendes hacer, te mira con cara de espanto. Eso de cortar por el surco de detrás de la oreja para apartarla hacia delante y entrar desde atrás al conducto les suena casi a mutilación. ¿Acaso van a acabar como van Gogh? Sin embargo esa no es la peor parte, el problema está más allá del hueso y para acceder hasta allí hay que fresar toda la mastoides. El siguiente susto es cuando se enteran de todo lo que hay ahí al lado: las meninges por arriba, el seno lateral por detrás (la vena que recoge la sangre de las meninges), el nervio facial (el que mueve la cara) cruzando por en medio de todo y, por supuesto, la parte del oído interno que se ocupa de la audición y del equilibrio. ¿Complicaciones? Todo lo que tiene que ver con esas estructuras, aunque iremos con todo el cuidado del mundo. ¿Y doctora, de verdad necesito operarme? Si no fuese así, no se lo propondría. ¿Qué pasa si no me opero? Que la enfermedad tiene los mismos riesgos de la cirugía, pero sin que nadie se preocupe de controlarlos.

El hueso está duro, y después de una vida de infecciones se esclerosa hasta convertirse en un pedernal. Profundizar requiere tiempo y paciencia, mucha fresa, irrigación para que el hueso no se queme con el limado y aspiración para que el líquido no cubra todo, atención para reconocer las estructuras según aparecen y cuidado para no lesionar nada. No es cuestión de hacer un agujero, sino una cavidad con bordes lisos, inclinados, que permitan ver (con microscopio) y trabajar al fondo de la misma. Cuanto más al fondo, más difícil, se vuelve más estrecho y peligroso.

La infección distorsiona todo, no solo ha erosionado las estructuras normales, a veces los huesecillos faltan o están tapados por el tejido patológico: escamas, granulomas, mucosa engrosada... Es un tejido que hay que despegar, sin tirones bruscos, sin cortar hasta asegurarse que debajo no está el nervio facial o que ese pólipo no cuelga de la meninge. El fresado no ha terminado aún, encima de esas estructuras hay que limar, quitar picos, esquirlas, recovecos, regularizar la superficie, hasta el aire parece tensarse al fresar sobre el nervio facial.

La cirugía no termina ahí. ¿Se puede reconstruir? Queda un poco de cadena, el estribo está limpio, coloco sobre su cabeza el resto de yunque. No sé si funcionará, si lo hace, oirá mejor, si no, al menos lo he intentado. Lo cubro todo con la fascia seca del músculo que he sacado al principio, en la incisión. Aún queda el conducto. Quito trozos de cartílago para hacer un meato más amplio, para controlarlo todo en la consulta y limpiar la cavidad si es preciso. Relleno todo con un tapón de gasas con pomada antibiótica para que cicatrice.

La paciente se despierta. Mueve la cara, el nervio está intacto, suspiro tranquila. La mañana sigue, estoy cansada, la tensión es agotadora, pero aún quedan un par de pacientes, poca cosa, por suerte. Todo va bien. Cuando llego a casa me relajo. Son las 3 de la tarde, pero no me apetece comer, lo único que quiero es tumbarme en el sofá. No sé cuánto tardo en quedarme dormida, me despierto más de una hora más tarde y me doy cuenta de que tengo hambre.

martes, 16 de enero de 2018

El tapón del tito

Este post también se podría titular ¿le interesa a alguien una historia sobre un tapón de cera? Al parecer al Catedrático sí y es el culpable de que esto esté aquí. En fin, dicen que lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta...

Hace unas semanas me llamó la Señora para preguntarme cuándo sería buena fecha para que viniesen los titos a la consulta. El problema era que a la tita le habían quitado un tapón de cera en su Centro de Salud y la operación había resultado algo traumática. Con el primer jeringazo de agua había sangrado así que, no contentos con el resultado, decidieron meterle un segundo jeringazo, esta vez con agua oxigenada, para solucionarlo. La tita vio las estrellas, todas, desde el Big Bang. El oído es muy sensible, la piel del conducto no tiene tejido subcutáneo y está pegada al cartílago y al hueso, por eso cuando se lesiona o se inflama duele mucho. No es de extrañar que a mi tía no le apeteciese regresar a una revisión. Lo de menos era el viaje a Madrid, si había que tocarle los oídos, mejor que lo hiciera su sobrina.

Salvo en vacaciones, suelo estar en el hospital todas las mañanas, así que le dije a mi madre que cualquier día era bueno, el día de quirófano siempre es más complicado, pero incluso ahí, entre paciente y paciente, se puede sacar un hueco. Optaron por venir un día de consulta, así todo era más fácil.

Llegaron a media mañana acompañados de una caja de dulces de Guarromán (alemanes de hojaldre y crema y sultanas de coco que en Guarromán hacen como nadie, una nube jugosa de merengue, azúcar y coco natural que es puro maná). Senté a mi tía en el sillón de exploración y le miré el oído con el microscopio. Salvo restos de costra, estaba todo en orden.

La Señora también quería que le mirase una cosa del cuello, así que fue la siguiente. Para no ser menos, mi tío me pidió que, ya puestos, por qué no le echaba un ojo también a él. Lo senté y descubrí, no sin sorpresa, unos hermosísimos tapones en sus oídos, duros y al fondo del conducto, unos tapones para poner a prueba la habilidad de cualquier otorrino. ¿No había notado que no oía bien? Pues no, la audición no le preocupaba, aunque en un reciente viaje en avión, los oídos le habían dado un poco de guerra. Lo raro es que no le hubiesen dado más, aquello se presentaba como una auténtica batalla. Esos tapones no iban a salir con un jeringazo y para evitar heridas tendría que sacarlos poco a poco, con tanto cuidado como paciencia (entre las prácticas de la Medicina está el entrenar la paciencia).

Lo primero es hacer hueco para introducir el instrumental, aunque sea una fisura, y para eso hay que despegar la cera de la piel, eso sí, sin rozarla. Una de las armas de las que me valgo para extraer el cerumen más pegado es el spray de anestesia que, no solo duerme el conducto, sino que tiene la virtud añadida de ablandar y fragmentar la cera. A veces la limpieza de oídos es casi una cirugía, es un procedimiento por etapas: spray, espera (para que haga efecto), aspiración (para sacar el líquido y un poco del tapón) y pinza o ganchito (para tirar de lo que se deje) y repetir, repetir y repetir hasta limpiarlo todo. El aspirador en el oído hace un ruido infernal y conviene avisarlo. La anestesia no hace efecto por detrás del tapón, así que hay que pulverizar y esperar cada vez.  Cuánto más cerca del tímpano, más duele, pero menos conviene que se mueva el paciente. Por si esto fuera poco, tanto la anestesia como el cambio de presiones pueden provocar mareo, e incluso vértigo, y eso de que la habitación gire es toda una experiencia que nadie desea repetir.

Una vez limpio el primer oído, sin incidencias reseñables, miro el otro. ¡Está aún peor! El tapón no deja ni un resquicio por donde empezar la manipulación. Lo rocío bien con el spray. La mayoría de los conductos de adulto hacen un recodo que obliga a sacar por trozos el cerumen acumulado más allá, y que con frecuencia se atasca en ese cuello de botella. El del tito no es una excepción. Está bien metido y detrás de cada pedacito sigo sin ver la luz (el brillo del tímpano). Una parte ha hecho un bloque como una piedra de duro que se ha acomodado en el recoveco de la curva y se resiste a salir de allí. Cuando sucede eso, sacarlo es como un parto, sin posibilidad de cesárea. Aspirador, ganchito, pinzas, otoscopio... Parece que sale, ¡no!, se atasca, faltan manos, cambio de instrumento y el monolito aprovecha para soltarse y volver a su sitio, al fondo, junto al tímpano. Con algunos tapones se suda, con el del tito no llego a esos extremos aunque puede que se deba a que en la calle hace un frío que pela y la temperatura de la consulta pide un jersey. En uno de los giros, consigo enganchar el trozo, aplico la maniobra del sacacorchos, tirar y girar, sin movimientos bruscos, y ¡al fin! lo extraigo todo.

Si antes de empezar me hacía falta glucosa, al terminar me lanzo a la caja de dulces y cojo una sultana. La parto con mi auxiliar, que le hace la misma o más falta que a mí. La pobre ha estado a mi lado, a pie quieto, pendiente de mis movimientos para ponerme en la mano el instrumental. ¡Pobre!, al menos yo opero sentada.

domingo, 14 de enero de 2018

Un contrincante de peluche

-No te puedes poner ese abrigo, me dice House, está asqueroso.
House no se anda con eufemismos, pero reconozco que no le falta razón: mi pobre abrigo de peluche blanco parece gris (incluso negro por zonas). Sé que un abrigo blanco, alegaré que en realidad no es un blanco puro sino un blanco roto, no sé si llamarlo crema o marfil, no es lo más práctico del mundo, pero lo vi y me enamoró; era tan bonito y suave que no pude resistirme a comprarlo. Es de las pocas cosas que he amortizado de sobra porque, además de precioso, es cómodo y calentito. Se convirtió en mi abrigo de diario. Por supuesto, después del trote del pasado invierno y del inicio de este, de un uso y abuso sin demasiados cuidados ni miramientos, el pobre pedía ir al tinte a gritos.

Decidí hacer caso tanto de House como de los gritos lastimosos de mi abrigo y llevarlo a la tintorería sin más demora. Sin embargo, el principio de las lluvias y una ola de frío polar me mantuvieron alejada de la calle y el abrigo se quedó conmigo en casa.

El comienzo de mis vacaciones podría haber sido el momento perfecto para llevar a cabo mis planes... si no los hubiese cambiado. Después de consultar internet (ese pozo de ciencia que parece tener respuesta a todas las dudas) decidí que ¿por qué no probar a lavarlo en casa? No debía de ser difícil, era cuestión de ponerlo en el programa delicado de la lavadora.

Nuestra lavadora tiene casi 20 años, el folleto de instrucciones se perdió hace tiempo y hay símbolos que no sé lo que significan (y ni siquiera internet ha sido capaz de darme la clave). Habitualmente se ocupa de ella la asistenta, pero esta vez no andaba cerca. Aún así, el programa de lana, con su ovillo dibujado, no planteaba muchas dudas. Metí el abrigo, un anorak (para aprovechar bien el ciclo) y un par de pelotas de tenis, para que las prendas se conservaran mullidas, puse el jabón en el cajetín y pulsé el botón de encendido.

Un programa delicado engaña, parece breve en la rueda, pero la longitud reducida del arco no significa que sea corto; es delicado porque los movimientos son lentos, mucho más lentos... Un par de horas después, al fin, oí el click del final y me dispuse a sacar las prendas para colgarlas. ¡Ay! ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el tambor estaba lleno de espuma? Resulta que el programa delicado tarda más, pero necesita menos detergente. ¿Qué podía hacer? Por supuesto, consultar internet. La respuesta no fue otra que repetir el lavado (sin jabón) y añadir suavizante en el aclarado, (una cosa que he aprendido es que el suavizante ayuda a barrer la espuma).

Otro par de horas más tarde, saqué las prendas. Colgué el anorak en el baño mientras pensaba qué demonios hacer con el peluche que, después de dos lavados, más que un abrigo parecía el pellejo recién esquilado de una oveja a la intemperie. Aquello era una maraña de lana mojada. Agarré el secador y un cepillo de gatos (aclararé que no tenemos gato, el cepillo lo compré el año pasado, por recomendación de hermanísima, para su uso en el abrigo en cuestión) y me dispuse a peinarlo, eso sí, con aire frío en el secador porque con el calor las fibras sintéticas se derriten (esto ya lo había descubierto antes de leerlo en internet al poner en práctica otro truco: la manera rápida de esterilizar de gérmenes una bayeta (humedecerla y meterla dos minutos en el microondas); tonta de mí lo probé con una de mis bayetas desmaquillantes y no sé si tendría microbios después del proceso, lo que sí sé es que la microfibra, tan suave antes, casi como de terciopelo, no volvió a ser la misma).

Peiné el pelo en todos los sentidos mientras lo aireaba con el secador. Aquí el verbo secar resulta demasiado optimista incluso para mí, para aplicarlo el nivel de humedad de la prenda debe cambiar y eso no sucedió. Poco a poco el pelo recuperó un aspecto medio presentable, suficiente para devolverme mi optimismo y pensar que ese método podría funcionar. Comprobé que, a pesar de la mejoría, era preciso insistir. Cuando House llegó al mediodía del hospital me encontró descansando de aquella tarea y montando el jamonero (que acababan de traer de amazon) para darle una sorpresa. Supongo que habría logrado sorprenderle si hubiese contado con la llave adecuada para los tornillos, pero en nuestra caja de herramientas justo faltaba la del número necesario (es ley de Murphy) y tuve que ingeniármelas con una tenaza de manualidades (una de las herramientas más útiles que existen, sirve casi para todo, desde arreglar una ducha, hasta de porta para dar puntos). Toda orgullosa, mientras él terminaba con las labores de bricolaje, le enseñé mi abrigo. No me felicitó por mi trabajo, no, tan solo dijo: "Sigue sucio". "¡Oh, no!, protesté, es solo que aún está húmedo".

jueves, 11 de enero de 2018

Hablar y socializar

Hablo, hablo y hablo. Hablo hasta aturdir a los pacientes y cuando estoy nerviosa hablo hasta aturdirme a mí misma. Me pongo nerviosa cuando tengo que socializar. Al contrario que mis hermanos, nunca me he caracterizado por mis habilidades sociales. Hermanísima siempre gozaba de gran éxito en las reuniones y debí de concluir que el secreto estaba en que nunca callaba, ni debajo del agua (doy fe, si te estaba contando una historia daba igual que fuese en la bañera o en la piscina). No callaba ni dormida ni en el colegio, la profesora la sacaba al pasillo y era capaz de conversar con las paredes. Cuando me esfuerzo por resultar sociable la imito y hablo, y ya me han dicho que hablo mucho, supongo que demasiado, así que no parece que mi charla interese a nadie, aunque en general a la gente le interesa poco escuchar a los demás, salvo para oír halagos. En una defensa pueril de mi verborrea alegaré que mi familia habla aún más.

A pesar de lo que han progresado mis dotes sociales, ¡hay quien me considera sociable!, no lo paso bien cuando tengo que hablar en público. Habitualmente evito los congresos y las reuniones médicas, por un lado no me gusta faltar al hospital y, por otro, tener que exponer en una sala llena de gente me genera tensión (como si fuera un examen). Sin embargo a veces no me queda más remedio. Si me veo en el brete, procuro hacerlo lo mejor posible. Me esmero para que mis presentaciones sean amenas; aunque quizá el modelo "monólogo del club de la comedia" no sea el más adecuado para tratar temas médicos. El año pasado, para mi debut escénico ante la Asociación de HHT me serví de un viejo maletín del que, a modo de chistera de mago, extraje todo el material necesario para la técnica de escleroterapia. Igual que un mago, mantuve al auditorio en vilo (si bien es cierto que contaba con la ventaja de su buena predisposición).

Este año, para la reunión de Bilbao, el presidente me comentó que había puesto mi charla después de la comida para que, a esa hora más propicia para la siesta que para la ciencia, la gente no se adormilase demasiado. Animar la sesión suponía una responsabilidad extra y no era cuestión de hacer el mismo número que el año anterior, por entretenido que resultase la primera vez. Además, tenía mis dudas de que los de Seguridad del aeropuerto me fuesen a dejar pasar al avión armada con un arsenal de ampollas de cristal y un paquete de agujas, eso sí, finísimas. No obstante, en esta vida casi todo tiene solución, y en este caso vino en forma de paciente-mensajera. A pesar de todo, si pretendía no repetirme, tenía que hacer algo distinto para animar mi charla. ¿A qué recurrir? La respuesta la busqué en los libros, pero no de ciencia, sino de cuentos, que ni siquiera los niños pueden resistirse a ellos. Algunas ilustraciones clásicas son verdaderas obras de arte y busqué las más adecuadas para decorar mis diapositivas.

Seguramente no refiriese tantos datos científicos como fuera deseable, opino que las estadísticas no le interesan a todos los públicos y, cuando se trata de hablar a pacientes, prefiero contar historias con las que se sientan identificados.  La consulta está llena de anécdotas y de emociones. Los enfermos acuden con miedo y la mejor manera de ayudarles a controlarlo es lograr su confianza. Es el trato con cada uno lo que le enseña al médico cómo actuar, lo que no quiere decir que siempre acierte, se necesitan años de experiencia, al menos en mi caso. No solo se trata de transmitir seguridad sino también conseguir que no se sientan solos. Algo que no recalcan lo suficiente durante la carrera es que en Medicina lo más importante son los enfermos y aprender a ponerse en su piel es parte fundamental de la profesión.

Por eso, que sean los enfermos los que te sorprendan con un reconocimiento a tu trabajo, como hicieron en la cena de aquella Asamblea, es el mayor honor que puede recibir un médico. Es aún más emocionante cuando dicen que su vida ha cambiado a mejor gracias a ti. A pesar de mi verborrea, aún no he encontrado todas las palabras de agradecimiento que siento, aunque sí quiero decir que mi vida también ha cambiado a mejor gracias a ellos.