jueves, 11 de enero de 2018

Hablar y socializar

Hablo, hablo y hablo. Hablo hasta aturdir a los pacientes y cuando estoy nerviosa hablo hasta aturdirme a mí misma. Me pongo nerviosa cuando tengo que socializar. Al contrario que mis hermanos, nunca me he caracterizado por mis habilidades sociales. Hermanísima siempre gozaba de gran éxito en las reuniones y debí de concluir que el secreto estaba en que nunca callaba, ni debajo del agua (doy fe, si te estaba contando una historia daba igual que fuese en la bañera o en la piscina). No callaba ni dormida ni en el colegio, la profesora la sacaba al pasillo y era capaz de conversar con las paredes. Cuando me esfuerzo por resultar sociable la imito y hablo, y ya me han dicho que hablo mucho, supongo que demasiado, así que no parece que mi charla interese a nadie, aunque en general a la gente le interesa poco escuchar a los demás, salvo para oír halagos. En una defensa pueril de mi verborrea alegaré que mi familia habla aún más.

A pesar de lo que han progresado mis dotes sociales, ¡hay quien me considera sociable!, no lo paso bien cuando tengo que hablar en público. Habitualmente evito los congresos y las reuniones médicas, por un lado no me gusta faltar al hospital y, por otro, tener que exponer en una sala llena de gente me genera tensión (como si fuera un examen). Sin embargo a veces no me queda más remedio. Si me veo en el brete, procuro hacerlo lo mejor posible. Me esmero para que mis presentaciones sean amenas; aunque quizá el modelo "monólogo del club de la comedia" no sea el más adecuado para tratar temas médicos. El año pasado, para mi debut escénico ante la Asociación de HHT me serví de un viejo maletín del que, a modo de chistera de mago, extraje todo el material necesario para la técnica de escleroterapia. Igual que un mago, mantuve al auditorio en vilo (si bien es cierto que contaba con la ventaja de su buena predisposición).

Este año, para la reunión de Bilbao, el presidente me comentó que había puesto mi charla después de la comida para que, a esa hora más propicia para la siesta que para la ciencia, la gente no se adormilase demasiado. Animar la sesión suponía una responsabilidad extra y no era cuestión de hacer el mismo número que el año anterior, por entretenido que resultase la primera vez. Además, tenía mis dudas de que los de Seguridad del aeropuerto me fuesen a dejar pasar al avión armada con un arsenal de ampollas de cristal y un paquete de agujas, eso sí, finísimas. No obstante, en esta vida casi todo tiene solución, y en este caso vino en forma de paciente-mensajera. A pesar de todo, si pretendía no repetirme, tenía que hacer algo distinto para animar mi charla. ¿A qué recurrir? La respuesta la busqué en los libros, pero no de ciencia, sino de cuentos, que ni siquiera los niños pueden resistirse a ellos. Algunas ilustraciones clásicas son verdaderas obras de arte y busqué las más adecuadas para decorar mis diapositivas.

Seguramente no refiriese tantos datos científicos como fuera deseable, opino que las estadísticas no le interesan a todos los públicos y, cuando se trata de hablar a pacientes, prefiero contar historias con las que se sientan identificados.  La consulta está llena de anécdotas y de emociones. Los enfermos acuden con miedo y la mejor manera de ayudarles a controlarlo es lograr su confianza. Es el trato con cada uno lo que le enseña al médico cómo actuar, lo que no quiere decir que siempre acierte, se necesitan años de experiencia, al menos en mi caso. No solo se trata de transmitir seguridad sino también conseguir que no se sientan solos. Algo que no recalcan lo suficiente durante la carrera es que en Medicina lo más importante son los enfermos y aprender a ponerse en su piel es parte fundamental de la profesión.

Por eso, que sean los enfermos los que te sorprendan con un reconocimiento a tu trabajo, como hicieron en la cena de aquella Asamblea, es el mayor honor que puede recibir un médico. Es aún más emocionante cuando dicen que su vida ha cambiado a mejor gracias a ti. A pesar de mi verborrea, aún no he encontrado todas las palabras de agradecimiento que siento, aunque sí quiero decir que mi vida también ha cambiado a mejor gracias a ellos.

6 comentarios:

Emerencia Joseme dijo...

Holaaaa Sol, como te echaba de menos, voy a ver si se me ha escapado últimamente alguna publicación tuya, espero que no.Ya veo que te estás convirtiendo en una "sociable" jajaja, cariño, lo de hablar en público es harina de otro costal, yo no lo relacionaría con la extraversión. Y mira que he dado clase, pero siempre me puse nerviosa, tal vez por eso hago teatro, me quita muchos miedos, pero eso no evita que me lata el corazón a mil con el público. Por lo que cuentas, conseguiste despertarles de la siesta, chica eso es un éxito, es la peor hora para dar una charla, ni los magos lo consiguen. Un beso grande

JM Diaz dijo...

A veces la mejor forma de comunicarse es mostrando profesionalidad y verdadera preocupación por los pacientes, cuando hablan los actos, tú eres la "number one". Que tus pacientes, tus principales clientes, reconozcan tu labor y sean agradecidos por ello es un premio que te tienes más que merecido.
Muchos besos Grumpy

Yo misma dijo...

En mi opinión la « sociabilidad «  verdadera tiene su raíz en la empatía auténtica m, y de esa q ti te sobra. El reconocimiento de tus pacientes es por tanto m, en mi opinión, una consecuencia lógica. Besis y felicidades

soraya diaz dijo...

Todas las palabras y gestos de reconocimiento son pocos para ti, querida Sol. Tu profesionalidad acompañada de tu calidad humana ha cambiado nuestra vida porque hemos mejorado tanto que el valor, la ilusión y las ganas de vivir han vuelto a nosotros.
Soraya.

Sol Elarien dijo...

Una de las cosas que mi familia me ha enseñado es intentar ponerse en la piel del otro y eso es muy útil cuando estas frente a un paciente, aunque a veces pongo al paciente en la piel de alguien de mi familia (mis tíos, mis abuelos) porque me encaja mejor ahí, pero procuro no olvidar ese consejo porque ayuda a querer hacer las cosas mejor, y es curioso, muchos pacientes me quieren como si fuese parte de su familia, y yo a ellos.
Besos.

Alejandro Herguijuela Contreras dijo...

Te queremos tanto como si fueras parte de la familia y sobre todo te admiramos como la Diosa de la medicina que eres, para mí y para muchas otras personas eres un gran apoyo y sobre todo nuestra salvadora.
Besos de tu mayor fan