domingo, 29 de diciembre de 2013

Desde la oscuridad

Tras jugar un poco con el cuento, me gustó el resultado en segunda persona. Se ve desde otro prisma. 


"There are darknesses in life and there are lights, and you are one of the lights, the light of all lights. Bram Stoker"

¿Por qué te has despertado sobresaltada? ¿Sientes frío? Tus manos están heladas. Lo sé, es un frío penetrante que duele como un puñal al clavarse. La herida se abre y ahonda en el vacío que crece en tu interior. No recuerdas nada, no recuerdas qué has soñado, incluso has olvidado haberte dormido. Notas las sábanas acartonadas. Te incorporas y esperas a que tus ojos se acostumbren a la oscuridad para examinarlas. ¡Es sangre! Te preguntas cómo ha llegado hasta ahí. Palpas tu cuerpo, tiras del camisón que se ha pegado a tu piel. ¿Por qué yaces en medio de un charco de sangre seca?

¿Qué sucede? No estás en tu cama, tampoco en tu habitación. No es tu casa ni tampoco reconoces el lugar. ¿Dónde estás? No ves puertas ni ventanas, ni siquiera una rendija de luz. El colchón reposa sobre un lecho de madera tallada. Del dosel cuelgan unas pesadas cortinas de terciopelo negro que añaden cuerpo a las tinieblas. No estás sola, sientes la presencia de alguien más dentro de la estancia. ¿Será suya la sangre? Hay tanta que tendría que estar muerto y el cadáver a tu lado, sobre la cama. Sin embargo allí no hay nada. Escuchas. Estoy aquí, aunque no me oigas ni moverme, ni respirar.

La voz no sale de tu garganta. No sabes qué decir, ni si en realidad deseas hablar. Me acerco a ti sin pronunciar palabra. Avanzo y las sombras crecen, se hacen más densas. No apartas la mirada, no sea que me desvanezca. Te proteges con las sábanas que agarras con manos crispadas.

Al fin distingues mi rostro. Me devuelves la mirada sin moverte, sin parpadear. Hasta el tiempo se detiene hipnotizado antes de dar la vuelta para regresar atrás. Recuerdas tu llegada: la verja de hierro, el camino de losas de piedra entre los árboles del parque, la mansión gris, la puerta entreabierta, tus pasos sobre el suelo de mármol. Recuerdas que fuiste tú la que se ofreció a venir. ¡Demasiado tarde has descubierto que te equivocaste!

Cometiste muchos errores y has pagado un alto precio. No era el ser terrible que te imaginabas sino una víctima más. No esperabas encontrarte con mi sufrimiento. Leíste en mis ojos la lucha interna que mantenía y la magnitud de mi tortura demolió tus defensas. Tiraste tus armas, no las iba a utilizar.
- ¡Ayúdame!- te pedí.
Aunque entendiste a qué me refería, me lo preguntaste con la esperanza de que te mintiera.
- ¿Cómo?
- ¡Destrúyeme! Yo solo no tengo fuerzas.
Esa era la respuesta que no deseabas escuchar, aunque fuese el motivo por el que te encontrabas allí.
- No puedo.
- Si no lo haces seré yo el que te destruya.
- No me importa.
Era verdad. Preferías morir a matarme. Te arrojaste en mis brazos sin permitirme que te rechazara. No ignorabas lo que te sucedería después, pero nada más contaba. Tenías razón, te necesitaba. Sentí el alivio de mi dolor y el inicio del tuyo antes de que te desmayases.

Estoy al borde de la cama. ¿Te arrepientes? Ambos compartimos el mismo suplicio, a ambos nos desgarra el vacío, sin piedad. En ti hay algo más, algo que no consigo captar. ¿Es valentía o locura? Te rebelas contra la agonía, no te rendirás a su dominio. Te levantas con decisión.
- Tengo que regresar.
Niego con la cabeza.
- Es de día – te informo.
- Sí, lo sé. Ven conmigo – me propones.
Ahora lo comprendo. Sin dudar, asiento y te ofrezco mi mano. Los muros de piedra giran y la pared se cierra de nuevo a nuestra espalda. No miramos atrás. Caminas junto a mí sobre el suelo de mármol, hacia delante, sin retroceder. Tus pasos son firmes, los míos te siguen aunque para no flaquear nos apoyamos el uno en el otro. Me besas antes de abrir la puerta, el último beso antes de que nos golpee la luz y nos convierta en estrellas.

sábado, 28 de diciembre de 2013

A oscuras

¿Por qué me he despertado sobresaltada? Siento frío, mis manos están heladas, es un frío penetrante que duele como un puñal al clavarse. Su herida ahonda en el vacío que crece en mi interior. No recuerdo nada, no recuerdo qué he soñado, he olvidado haberme dormido. Noto las sábanas acartonadas. Me incorporo y espero a que mis ojos se acostumbren a la oscuridad que me rodea para examinarlas. ¡Es sangre! ¿Cómo ha llegado hasta aquí? Palpo mi cuerpo, el camisón se ha pegado a la piel por el mismo motivo. ¿Por qué yazco en medio de un charco de sangre seca?

¿Qué sucede? No estoy en mi cama, tampoco en mi habitación. No es mi casa. No veo puertas ni ventanas, ni siquiera una rendija de luz. El colchón reposa sobre un lecho de madera tallada. Del dosel cuelgan unas pesadas cortinas de terciopelo negro que añaden cuerpo a las tinieblas. No estoy sola, siento la presencia de alguien más dentro de la estancia. ¿Será suya la sangre? Hay tanta que tendría que estar muerto y el cadáver a mi lado, sobre la cama. Sin embargo, junto a mí, no hay nada. Escucho, sé que está ahí, aunque no le oiga moverse, ni respirar.

No me sale la voz. No sé qué decir, ni si en realidad deseo hablar. Sin pronunciar palabra, una figura se acerca, las sombras crecen, se hacen más densas. No aparto mi mirada, no sea que se desvanezca. Me protejo con las sábanas, tengo las manos crispadas.

Al fin distingo su rostro. Su mirada me hipnotiza y hasta el tiempo se detiene antes de dar la vuelta para regresar atrás. Recuerdo mi llegada: la verja de hierro, el camino de losas de piedra entre los árboles del parque, la mansión gris, la puerta entreabierta, mis pasos sobre el suelo de mármol. Recuerdo que fui yo la que se ofreció a venir. Ahora sé que me equivoqué.

Cometí muchos errores y he pagado por ellos. No era el ser terrible que me imaginaba sino una víctima más. No esperaba encontrar sufrimiento en su gesto. Leí en sus ojos la lucha interna que mantenía y la magnitud de su tortura demolió mis defensas. Tiré mis armas, no las iba a utilizar.
- ¡Ayúdame!- me pidió.
Aunque entendí a qué se refería, se lo pregunté con la esperanza de que me mintiera.
- ¿Cómo?
- ¡Destrúyeme! Yo solo no tengo fuerzas.
Esa era la respuesta que no deseaba escuchar, aunque fuese el motivo por el que me encontraba allí.
- No puedo.
- Si no lo haces seré yo el que te destruya.
- No me importa.
Era verdad. Prefería morir a matarle. Me arrojé en sus brazos sin permitirle que me rechazara. No ignoraba lo que me sucedería después, pero nada más contaba, él me necesitaba. Sentí el alivio de su dolor y el inicio del mío. Me desmayé.

Está al borde de la cama. Ambos compartimos el mismo suplicio, a ambos nos desgarra el vacío, sin piedad. Me rebelo, no me rendiré a su dominio. Me levanto con decisión.
- Tengo que regresar.
Me mira extrañado.
- Es de día - me informa.
- Sí, lo sé. Ven conmigo - le propongo.
Ahora lo comprende. Sin dudar, asiente y me ofrece su mano. Los muros de piedra giran y la pared se cierra de nuevo a nuestra espalda. No miramos atrás. Caminamos juntos sobre el suelo de mármol, hacia delante, sin retroceder. Nuestros pasos son firmes aunque para no flaquear nos apoyamos el uno en el otro. Me besa antes de abrir la puerta, el último beso antes de que nos golpee la luz del sol y nos convierta en estrellas

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La mañana de Navidad

Me he asomado a la ventana y la calle está desierta. Aún se respira el sueño. Sólo se agita el viento. La lluvia de la noche ha barnizado los árboles que contemplan su reflejo en los oscuros espejos de los charcos. Las hojas mojadas pesan demasiado para bailar sobre el suelo. Las ramas casi desnudas son tan finas que el aire pasa a través de ellas sin apenas alterarlas. Contemplo un paisaje uniforme, en el que nada se mueve mientras el agua que lo empapa espera, en vano, a secarse.

Al día le da pereza empezar. El cielo es de un gris casi blanco, cubierto por la nieve que no ha caído. Lo atraviesa una luz escasa, de un sol dormido que no da sombras. La capa de nubes lo tapa y no tiene ganas de levantarse.

El silencio es completo. Hace frío, un frío cortante que invita a resguardarse en el calor del hogar.

¡Feliz y Tranquila Navidad!

Pinky y Cerebro Especial de Navidad

martes, 24 de diciembre de 2013

Adornos navideños

Era el día de Nochebuena, sin embargo ese año la tradición se rompería: no habría una reunión familiar multitudinaria. Un océano les separaba de los suyos y tendrían que conformarse con celebrar la cena en la distancia. Hablarían, sí, igual que hacían todos los días, pero no podrían abrazarse, ni besarse después de brindar. A ratos Nené sentía que la invadía la nostalgia, aunque procuraba disimularlo tras su mejor sonrisa mientras planificaba los detalles de la fiesta junto con su marido y las dos niñas.

Casi acababa de levantarse cuando le sorprendió el sonido del timbre de la puerta. Seguramente sería el chico de la tienda que habría empezado la ronda algo más temprano de la habitual para también terminarla lo antes posible. Traería el pavo y demás aditamentos que había encargado para la cena... y la esperanza de recibir un aguinaldo. Oyó a sus dos hijas bajar por la escalera dispuestas a abrir, impacientes por ejercer de pinches. Contar con su participación en los distintos preparativos era una de las ideas para que todo resultara más entrañable.

Nes abrió la puerta y, al hacerlo, un abeto navideño casi se le cae encima. Afortunadamente el mensajero lo sujetó a tiempo, lo había apoyado en la puerta para llamar al timbre. Además del árbol portaba una caja de buen tamaño con varios letreros de "Frágil" pegados en sus laterales. Nené reconoció la grafía irregular de Ela.
- ¡Buenos días y felices fiestas! - saludó el joven. - Tienen un envío navideño. Pesa un poco, ¿dónde les gustaría que lo colocase?
- ¡Felices Fiestas!- le respondió Nené. - Si lo lleva al comedor, por favor. Le acompaño.
El muchacho cargó el árbol sobre sus hombros y Nes y Karen agarraron la caja por los agujeros que hacían las veces de asas. Con cuidado depositaron todo sobre la alfombra, a medio camino entre la mesa y la chimenea. El abeto era tan grande que la habitación ofrecía el mismo aspecto que un rincón del bosque. Sería un bosque encantado cuando lo decorasen.

El mensajero se despidió, repitieron los deseos de Feliz Navidad y, sin más demora, se dedicaron a desembalar la caja. Lo primero que apareció fue una carta.

"Querida Nené (y queridos Nes, Karen y Raph):
¡Feliz Navidad!
Te conozco bien y sé que esta noche no podrás evitar echarnos de menos. Por eso, para que os sintáis un poco más cerca del resto, cada miembro de la familia ha guardado en esta caja un adorno especial. Sé que el abeto te parecerá inmenso, pero somos muchos y debía ser así si pretendíamos caber todos en él.
Muchos besos: Ela."

El resto de la epístola lo llenaban las felicitaciones, abrazos y besos del resto de la familia. ¡Qué ilusión! ¡Decorar el árbol con los adornos de todos!

Empezaron a sacar los pequeños paquetes envueltos en papel de burbujas y seda. Estaban alojados de tal modo que ocupaban cada milímetro cúbico del espacio interior. Semejante orden no era propio de Ela, seguro que había sido Atos el responsable. Cuando terminaron de vaciar la caja donde no quedaba ni un centímetro libre era sobre la alfombra.

Comenzaron a abrirlos. En el interior encontraron una serie de pequeñas figuras de cristal, no mayores de un palmo, pintadas con la delicadeza propia de las piezas de Murano. Al observarlas con detalle se podía reconocer en cada una de ellas la fisonomía característica de los distintos miembros de la familia. No faltaba nadie. Nené dispuso las piezas sobre el abeto como en un árbol genealógico, generación bajo generación. Cuando parecía que ya no quedaba nada más, Karen volcó la caja y cayó un último paquete. Dentro había un largo cable, cuajado de diminutas bombillas, que enroscaron entre las distintas ramas familiares del árbol. ¡Era un abeto precioso!

Antes de encender el árbol Nené decidió arreglar el resto de la sala en consonancia. Todo debía lucir el mismo aire navideño. Preparó la mesa. La abrió por completo, aunque sólo cenarían cuatro. La parte que no iban a usar la cubrió de fotos y de un mar de espumillón. Repartió todas las sillas de la casa a su alrededor y colgó un poco de muérdago sobre sus respaldos. Perfecto. Ahora sólo faltaba preparar la cena tradicional para completar la escena. Debían ponerse a ello cuanto antes, con tanto trajín se había hecho tarde.

El resto del día la familia al completo se encerró en la cocina.  Raph se ocupó del pavo. Lo rellenó con las cebollas, ciruelas, castañas y manzanas, le untó la piel con aceite y sal y lo roció con vino antes de meterlo en el horno. Luego se dedicó a las salsas y al puré de manzanas y castañas de acompañamiento. Nené preparó los aperitivos: los canapés de salmón ahumado, de queso con nueces, de jamón con huevo hilado, los huevos rellenos de atún y aceitunas. Desengrasó el caldo del consomé, al que a última hora le añadirían su chorrito de jerez para darle el toque final de aroma, reconfortante e inolvidable. También limpió y coció el marisco hasta dejarlo en su punto. Las niñas pelaron y cortaron la fruta de la macedonia y pusieron el turrón, los mazapanes y los polvorones artísticamente sobre las bandejas. Todo estaba listo para empezar la celebración.

Antes de sentarse a la mesa Nes hizo los honores: apagó todas las luces y conectó las del árbol. Las diminutas bombillas se encendieron entre las agujas del pino. Sus destellos se reflejaron en el techo como estrellas en miniatura. La habitación se transformó. Las figuras de cristal proyectaron sus colores sobre las paredes invisibles. Las formas, borrosas al principio, se definieron con nitidez. Las imágenes crecieron, tomaron cuerpo y se deslizaron fuera del muro. Los más pequeños, los de las ramas más bajas del abeto, descendieron los primeros. Les siguieron sobrinos, hermanos y primos, padres y tíos y, finalmente, los añorados abuelos. Entre lágrimas de emoción, se repartieron cientos de besos bajo el muérdago. Todos reunidos se sentaron a la mesa para celebrar la Nochebuena en familia.

¡Feliz Navidad!

lunes, 23 de diciembre de 2013

Maratón navideña

El Trineo estaba inutilizado. El hangar que lo guardaba formaba parte de un enorme bloque de hielo que, hasta hacía poco, muy poco, sólo era un trozo más de la lengua del glaciar. Ni toda la magia del mundo sería capaz de descongelarlo a tiempo. Papá Noel se rascó la mejilla preocupado. ¿Cómo arreglarlo? No era justo que el trabajo de los duendes no encontrase su recompensa en la sonrisa de los chiquillos. El taller había sido un turno continuo y a contrarreloj. Tanto correr para no ir a ninguna parte. ¿Correr? ¡Claro! ¡Esa era la solución!

Santa reunió a los duendes, que acudieron a su llamada desanimados y cabizbajos. No deseaban oír la mala noticia que esperaban. Seguro que este año los regalos sólo los repartirían los Reyes Magos. En el desierto no había ni glaciares ni hielo capaces de detenerles.

Papá Noel se subió a la mesa. Le costó un poco porque esos cambios bruscos de tiempo no le sentaban nada bien a sus huesos. No eran achaques de viejo, ya había discutido con varios médicos al respecto.
- Estimados duendes - comenzó - este año tendremos que idear una Navidad diferente. - Los rostros de muchos de sus oyentes se ocultaron tras los pañuelos al escuchar sus palabras. - No, no lloréis, no significa que haya que cancelarla, sólo se precisa ajustar algunas cosas.
Sonaron suspiros de alivio en la sala. La tristeza se transformó en expectación.
- Supondrá un esfuerzo agotador y no será fácil lograrlo, nada fácil. Todos tendremos que correr, sí, correr, literalmente, sin detenernos ni un momento: esta Navidad celebraremos una maratón de repartir regalos.
¿Una maratón? ¿Cómo? ¿Acaso iban todos a trotar como liebres a lo largo y lo ancho del globo terráqueo? Pues al parecer era exactamente eso.
- Nos repartiremos - continuó aquel loco con barba blanca que tanto se parecía a Santa. - Para los viajes más largos contamos con los vehículos de juguete de los niños y no hay duende que se precie que no sepa manejarlos. Sé que no aparento estar en forma pero es porque mis músculos abdominales son tan fuertes que están más desarrollados de lo habitual. Puedo vencer a cualquiera que se atreva a retarme, aunque es mejor ahorrar fuerzas hasta el  momento crucial.- No hubo voluntarios y Santa Claus agradeció aquel gesto de confianza. Afirmarlo no era lo mismo que demostrarlo.

Los duendes se miraron unos a otros dubitativos. ¿Funcionaría? ¿Serían capaces de conseguirlo? ¿Qué otra alternativa tenían? A nadie se le ocurrió ninguna idea mejor así que todos se pusieron en marcha. Cargaron los maleteros de cada barco, avión, moto y coche a escala que encontraron. Las bicis adquirieron el aspecto de montañas sobre ruedas, hechas de rocas con lazadas. Para los que no pilotaban nada era cuestión de calzarse las zapatillas y correr, correr como el viento, como una estrella fugaz, como un rayo y más que las manecillas de cualquier reloj. Las campanadas de la medianoche marcaron el disparo de salida. Fue una estampida que se extendió hasta el último rincón del planeta y se prolongó hasta la salida del sol.

A los más pequeños de la casa les extrañó no oír a los renos posarse en el tejado, ni la risa de Santa al despedirse. Ignoraban que el pobre hombre estaba sin aliento. Cuando se levantaron, preocupados por el silencio de esa Nochebuena, encontraron sus regalos bajo el Árbol y sonrieron con toda la ilusión de la Navidad.

domingo, 22 de diciembre de 2013

La Baronesa autoestopista

A la Baronesa no le gustaba caminar. Su idea de dar un paseo era salir al porche para subirse a un coche que la llevase donde quería ir. Sus destinos más habituales eran la iglesia y la peluquería. Eran mi abuelo, mi madre o mis tías las que se ocupaban de ir a la Plaza del Mercado a por los distintos recados. El lechero llevaba las lecheras hasta la cocina de la casa para rellenar los cazos que le indicase mi abuela. El panadero también subía hasta la granja y hacía sonar su claxon cuando aparcaba su furgoneta en la puerta.

Sólo en una ocasión memorable la Baronesa recorrió el trayecto entre la peluquería y la casa. Fue a instancias de la tita Mercedes que la acompañaba y que insistió en que caminar les sentaría bien. Aún nadie se explica cómo la convenció y estoy segura de que esa misma pregunta se la planteó mi abuela varias veces por el camino. La única explicación plausible es que ese día los astros se habían alineado de forma especial, única e irrepetible, en la historia del universo. Sin duda se trataba de un acontecimiento extraordinario, de un milagro navideño. La fecha del evento: el 22 de diciembre. ¿Por qué se recuerda en la familia con tanta precisión? Porque mis tíos la esperaban en la granja para darle una noticia según llegara: ¡les había tocado la lotería! Claro que primero hubo que sentarla, no por la emoción del momento sino porque, en sus palabras, venía "para entregarle el alma a Dios".

La Baronesa siempre contaba con alguien motorizado que la subiese a Linares. Lo de bajar era otro cantar. Por supuesto no estaba dispuesta a volver a pasar por la experiencia de "pasear". Ya lo había probado y había decidido que con una vez bastaba. Nunca se planteó aprender a conducir, no lo necesitaba. Creo que tampoco subió nunca a un autobús urbano. Si al terminar de peinarse no la esperaba nadie para recogerla, recurría a una técnica infalible. Esperaba a que se parase algún coche, sólo debía de hacer amago de cruzar para que alguno lo hiciese. Entonces se acercaba al conductor y le preguntaba con ingenuidad:
- Hijo mío, ¿no irás por casualidad hacia la gasolinera de la carretera de Bailén?
La gasolinera, en las afueras, no le pillaba a nadie de camino. No obstante ese detalle carecía de importancia. El encanto de la Baronesa era irresistible y el inocente de turno caía en la trampa.
- No señora, pero si Ud. va para allá no se preocupe, que yo la llevo en un momento.
Mi abuela le agradecía su amabilidad, añadía que tenía los huesos hechos puré, y subía al vehículo. De este modo tan sencillo, siempre disponía de chófer.


jueves, 19 de diciembre de 2013

El Libro de Dambil

Existe un lugar secreto llamado Dambil. Es un mundo creado por la magia de las razas ancestrales para preservar el secreto de los Elementos. Cuatro Templos, aislados y unidos entre sí, guardan el germen de las fuerzas del origen de la Vida y del Universo: Agua, Aire, Tierra y Fuego.

Cada año el Gran Maestro Titón selecciona a 18 escolares del Bastión Elemental que serán los responsables de mantener a salvo ese mundo. Los elegidos formarán el Consejo de los 18, un Consejo cuyo poder se basa en la Sabiduría, el Valor, la Imaginación y la Palabra. Cada año la historia se reescribe y son los miembros del Consejo los encargados de afrontar la difícil tarea. Cada palabra que apunten en el Libro del Consejo se corresponderá con un hecho imborrable en Dambil. Cualquier error, un acento, una coma, una simple falta de ortografía cambiaría el significado de lo escrito y su lugar lo ocuparía un suceso distinto, imprevisible y fuera de control. Las fuerzas oscuras  aprovecharían la coyuntura para liberarse y no tardarían en desencadenar guerras que pusieran en peligro la estabilidad de ese mundo con el fin de dominar su Magia.

El Consejo siempre está de guardia, pendiente de cualquier alteración, de revisar cada detalle. Sin embargo nadie supo de dónde provenía la gota de tinta que apareció una mañana sobre las páginas del libro. Surgió de repente, de la nada. El Consejo no pudo borrarla. Al intentarlo, se extendió. Era una mancha oscura que ocultaba las palabras escritas debajo. Convertía la historia en un galimatías ininteligible que se reescribía sin orden una y otra vez. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué significaba en la realidad de Dambil? Aquel borrón se escondía un personaje de origen incierto que bautizaron con el nombre de Blurr. Sembraba el caos a su paso. Desintegraba párrafos, lugares y seres que sustituía por garabatos de criaturas informes, irreconocibles.

¿Qué hacer? Desde el Bastión todo era inútil, no tenían más opción que la de ir a su encuentro, averiguar qué ocurría tras el muro de tinta, reparar los daños y acabar con aquel ser. Tendrían que ir todos. Antes, cada miembro del Consejo debía escoger y leer un libro. Su tema conformaría la base de sus habilidades: literatura, matemáticas, idiomas, gramática, historia, arte, música, física, química, biología... cualquier materia era susceptible de ser consultada. Con la lectura las páginas se transformarían en plerios, dones mágicos que nacen del conocimiento. El Gran Maestro portaría El Libro del Consejo. La continuidad de todo dependía de él.

Los héroes escribieron sus nombres en la contraportada del Libro y, al lado, añadieron el título de su obra de poderes. Unieron sus manos manchadas de tinta y las apoyaron sobre la cubierta. La habitación osciló antes de desaparecer.

Les rodeaba un mundo diferente. Un mundo que moría y se deshacía ante sus ojos. Entre sus paisajes de ríos, bosques, cascadas e incluso en el cielo se abrían abismos de papel y tinta. La Naturaleza y la Magia se desmoronaban.

En seguida se dieron cuenta de que no estaban solos. De entre los árboles surgieron representantes de las distintas razas: elfos, orcos, trols, duendes, enanos, hadas, brujas, unicornios, dragones e incluso algunos humanos. El Gran Maestro se inclinó ante ellos y el Consejo reprodujo su gesto.

- Sed bienvenidos Gran Maestro y magos del Consejo - le saludó Feyn, el Rey Elfo, que enseguida les puso al tanto del estado de las cosas. - Nuestra situación es grave. La devastación es imparable y, al ritmo que avanza, pronto no quedará nada, ni nadie. Sois nuestra última esperanza.
- Al principio intentamos cubrir los daños - explicó Mindor, el líder de los enanos - pero desistimos al ver que nuestras excavaciones sólo empeoraban la situación.
- Hemos perdido a muchos de nuestros compañeros - añadió Kurg, el General Orco. - Les hemos visto caer víctimas de ataques invisibles transformados en sombras. Ni siquiera conservaban una forma reconocible. Ahora no son más que una opacidad siniestra que arrasa por donde avanza.
- Desde nuestro Bastión hemos visto las huellas en las páginas sin ser capaces de detenerlas- expuso el Maestro al tiempo que se las mostraba en el Libro. - Teníamos que venir. Necesitamos reunir los Cuatro Elementos para crear la nueva materia con la que restaurar el libro y reconstruir Dambil.
El comité de bienvenida asintió. ¡Ojalá ese plan funcionase!
- Os guiaremos hasta sus Templos - se ofreció Rose, la Dama de las hadas. - La ruta más segura es cruzar el bosque, sin seguir ningún camino. Es fácil perderse pero también estaremos más protegidos. Los árboles resisten mejor el influjo de las sombras, aunque con el tiempo a ellos también les afecta. Debéis evitar tocar las heridas o las extenderéis.

El grupo se internó en el bosque. El hada tenía razón, en medio de la espesura el paisaje era casi normal. Aún así, en algunas zonas, las copas habían perdido ramas y hojas y los troncos presentaban parches borrosos sobre su corteza. Aunque sentían curiosidad por estudiar aquellas lesiones, hicieron caso al hada y se mantuvieron a distancia. Ni siquiera el Claro de los Templos se había librado por completo del contagio.

El Templo era una inmensa cascada de Agua, tan alta que parecía caer desde una montaña de nubes en el cielo. No era así. En realidad caía desde el germen de Agua que habían ido a buscar. ¿Cómo iban a subir hasta allí a recogerlo?
- Si congelásemos la cascada podríamos escalarla - sugirió el Mago Físico. - Creo que con mis plerios lo conseguiría.
- Me parece buena idea- convino el Mago Arquitecto- pero sería más fácil si helásemos tramos de agua para construir una escalera.
Así lo hicieron. Los dos Magos combinaron sus plerios mientras ascendían por la escalinata de hielo de la cascada solidificada. Con su último plerio envolvieron el Germen del Agua: una gota cristalina, fluida y sin fondo.

La cascada desapareció y en su lugar surgió un volcán, el Santuario del Fuego. La lava avanzaba por sus laderas y el humo se alzaba en espirales por las grietas y su cráter. El calor era insoportable. ¿Cómo extraerían el Germen de su interior?
- Tengo una idea, - comentó el Mago Químico. - No es difícil pero sí peligrosa.
- Nada está exento de riesgos - comentó el maestro. - Cuéntanosla.
- Consiste en hacer estallar el volcán para que expulse el Germen.
- No serviría de mucho, no quedaría nadie para recogerlo - vaticinó la Adivina del grupo.
Mindor intervino en la conversación.
- No si nos refugiamos en las Minas. Están cerca y son el lugar más seguro. Los enanos sabemos cómo excavarlas para que resulten más firmes que cualquier fortaleza.
- Creo que funcionaría - manifestó la Adivina.
- Ahora el problema es que mis plerios caigan en el cráter desde las Minas - reveló el Químico.
- Eso es fácil de solucionar. Yo me encargo del arma para lanzarlos - se ofreció el Mago Ingeniero.
Dentro de las Minas el Ingeniero encontró herramientas y material en abundancia para construir un cañón que dispararía los plerios del Químico. Agregó algunos de sus propios plerios para aumentar la precisión del arma. Una vez todo listo, protegidos en su refugio, descargaron la munición.

El volcán reventó con toda su furia. La lava inundó el terreno y el humo el cielo. Se sucedieron un millar de explosiones. El Gran Maestro pensó que no se acabarían nunca. Una sacudida más honda que el resto marcó el final. Mindor demostró tener razón, las Minas les mantuvieron a salvo.
Cuando salieron sólo encontraron un ascua, tan radiante como el sol. El Químico la recogió con unas pinzas y la metió en el interior de un termo de laboratorio.
- Así no me quemará - afirmó.

Se levantó el viento, un torbellino que se abría en un túnel semejante a una serpiente que se enroscaba y oscilaba en todas las direcciones. Soplaba desde un punto situado en su otro extremo, el Germen del Aire. El viento era tan fuerte que no les permitía acercarse, en cada intento los repelía una y otra vez. Era infatigable y ellos no.
- Sólo hay un modo de controlar el aire - gritó una voz.
- ¿Cual?- preguntó otra. - ¿La respiración?
- No, la Magia de la Música - le aclaró la primera.
Se oyó el sonido de una flauta. Las notas volaban, se entremezclaban y se perdían. La Maga Músico insistió. Tocaba a un ritmo de vértigo, aún más rápido que el viento. Sólo así lograría que la melodía amainase a la serpiente y ésta les permitiese penetrar en el túnel. Cada compás era un paso hacia delante, un paso hacia dentro, un paso hacia el fondo. Allí le esperaba una canción con la fuerza reunida de todas las voces de la Naturaleza, un sonido cuyo eco resonó en el vórtice de una Rosa de los Vientos antes del último acorde. La Maga cogió la Rosa y la guardó junto a su flauta.

La Tierra tembló. De una hondonada rellena de lodo negro trataba de emerger una figura que se derretía de nuevo en una masa informe. Algo raro sucedía.
- ¡Parece un Golem! - exclamó el Mago Teólogo.
- En realidad es un Ser enfermo - diagnosticó el Mago Médico. - Se está muriendo.
- Es por culpa de la palabra que lleva escrita en la frente - resolvió el Lingüista. - "Met" es hebreo y significa muerte cuando debiera ser "Emet", verdad. Tenemos que corregirlo.
- ¿Cómo escribiremos sobre una sustancia que se deshace? Se borrará.
- Si ocurre aquí, estará en el Libro. Hay que revisarlo.
El Mago lingüista se puso manos a la obra. Comprobó párrafo a párrafo, con la ayuda de sus plerios, un diccionario y varias lupas, cada página del libro. Era una tarea complicada porque los borrones y garabatos se habían extendido por todo el Libro. Al terminar volvió al principio y miró a todos con gesto de desaliento.

- Es Blurr- declaró.
- ¿Qué quieres decir? - le preguntó el Teólogo.
- Que si toco el Libro se dañará aún más. No lo puedo arreglar porque el Golem es Blurr. Ambos son lo mismo.
- Y cuando el Golem muera también lo harán Dambil y desaparecerá el Gran Libro - dedujo el Médico. - Tenemos que curarle.
- ¿Cómo? No es posible acercarse.
- Sí que es posible - corrigió el Gran Maestro. - No olvidéis que contamos no sólo con los plerios sino con el resto de los Elementos.

Aquel lodo no presentaba buen aspecto. Su color, negro azabache, no se correspondía con el de ningún tipo de tierra conocido. El médico lo tocó y el barro se pegó a sus manos. A pesar de sus intentos de limpiárselas y restregárselas, la piel continuó manchada de negro.
- Parece tinta - comentó.
- Pues no debiera estar ahí. Tendremos que extraerla. - añadió el Geólogo.
- ¿Cómo?
- Lo mejor sería centrifugarla.
El resto de sus compañeros le miraron asombrados. ¿A qué se refería?
- ¿Cómo una lavadora? - preguntaron.
- Exacto, es para que se sedimenten las distintas capas - explicó mientras vertía sus plerios en la falla, que se transformó en un remolino. -  ¡Apartaos!- avisó.
Demasiado tarde. Antes de que reaccionasen un aspersor de tinta les tatuó, sin remedio, de la cabeza a los pies. La piel se les cubrió de historias. Algunos se miraron entre sí preocupados ¿qué iban a decir sus padres y el resto de sus profesores al verlos?
- No os preocupéis, - les consoló el Gran Maestro, - los tatuajes desaparecerán cuando los hayáis leído.

Al menos la técnica había sido eficaz y toda la tinta la tenían sobre la piel. El lodo estaba limpio, con el color normal de la arcilla. No todo eran buenas noticias. El Golem se hundía. No les sobraba tiempo, no podían entretenerse, tenían que actuar.

Recurrieron al viento para levantar de nuevo al Golem. Los Magos escultores le devolvieron su forma de Titán de la Tierra, gigante y majestuoso. El Lingüista escribió en su frente la palabra hebrea Emet y el Fuego fraguó la talla. La lluvia cayó sobre Dámbil. Una lluvia hecha de la unión de Agua, Fuego, Viento y Tierra que hizo germinar nuevas semillas. Los árboles cubrieron los claros vacíos. Sus raíces sostuvieron el terreno deshecho. Sus hojas se introdujeron entre las páginas del Libro, cicatrizaron los borrones y crearon nuevos párrafos. Los Magos se encontraron de nuevo en la Sala del Consejo con el Libro abierto sobre la mesa.

Sobre mi piel aún tengo grabada una palabra de esta historia. Una palabra que no he leído, que no leeré y que no sé cuál es.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Tratamiento científico para la resaca

Se acercan las fiestas, las celebraciones, las comilonas, los brindis y las reuniones anuales de familia y de compromiso. El alcohol está presente en todos los eventos y a veces es imprescindible intoxicarse para soportarlos. En esos casos lo mejor es llevar un chófer abstemio y tener en cuenta una serie de recomendaciones:

1. Antes de beber: comer (en estas fechas los excesos atacan por todos los frentes). Tomar alimentos grasos y carbohidratos. Las grasas enlentecen la absorción del alcohol y protegen el estómago, los carbohidratos mantienen los niveles de azúcar en sangre, lo que previene las náuseas.

2. El agua es el mejor aliado. El alcohol es diurético. Al perder líquidos, el cerebro se deshidrata y encoje y provoca dolor de cabeza.

3. Tomar bebidas claras. Las bebidas con color, vino tinto, whisky, cognac, etc, contienen más sustancias tóxicas que también hay que metabolizar.

4. No tomar una cerveza antes o combinar el alcohol con bebidas gaseosas. El carbónico facilita la absorción del alcohol, la acelera y la resaca es peor.

5. Agua y más agua. Insistir con el agua.

6. Aspirina para prevenir el dolor de cabeza (no paracetamol porque tiene metabolismo hepático, al igual que el alcohol, y puede aumentar el daño en el hígado).

7. Un desayuno al día siguiente a base de: huevos, que contienen cisteína, un aminoácido que contribuye a metabolizar el alcohol, plátanos, ricos en potasio, necesario para el funcionamiento de músculos y cerebro, y zumo de frutas, con vitaminas y azúcares que ayudan a eliminar el alcohol.

8. Lo más importante: conocer los límites, los reales no los que se defienden cuando ya se está borracho, y no alcanzarlos.

9. Si el médico ha insistido en que debe cuidarse, hágale caso. La recomendación es para Ud, por su bien, su doctor no pretende fastidiarle la diversión. Seguro que no desea pasar el resto de las fiestas en el Hospital.



PS: Vía comentarios me ha llegado esta receta familiar y casera del tito Pepe, alias el valiente. La transcribo textualmente: 
Ahí va una receta que es mano de Santa, y digo lo de santa porque es de mi madre, y que tomo cuando se me va la cabeza con los destilados:
Un tomate grande
Varias ramas de apio
Un diente de ajo (yo le pongo dos)
Tres o cuatro ramitas de perejil
Una cucharada de gel de aloe vera
Una cucharadita de bicarbonato
Un vaso grande de agua 250 cc
Todo a la batidora y adiós a la reseca. 

martes, 17 de diciembre de 2013

Noche de invierno

Es noche cerrada. No veo la luna y han pasado muchas horas desde que se puso el sol. Leo al lado de la chimenea. Tengo frío, el fuego se apaga y apenas quedan unas ascuas. Tampoco hay leña y no pienso salir a por más. La lumbre tendrá que esperar a mañana. Estoy cansada. Me adormezco, mi cabeza se inclina sobre las páginas. Sé que debería irme a la cama, en realidad hace rato que tendría que estar dormida bajo las mantas. Abro los ojos, ¿cuándo se han cerrado? No puedo fijar la mirada, las letras me bailan. Me resisto a subir al dormitorio. No es por la oscuridad, no, sino por la claridad. La siento ahí, en la escalera, un halo que me espera en la soledad del descansillo. Es peor si enciendo la luz. La lámpara borra las tinieblas pero no a ella. Los juegos de sombras en la oscuridad dan miedo pero el resplandor bajo la luz aterra.

Sé que tengo que subir. Aunque apriete los párpados la veo. Procuro no hacer ruido, a lo mejor no se da cuenta. Sigilosa, de puntillas, sin respirar, pongo el pie en el escalón hasta que no hay más y el suelo se aplana. Giro el recodo. Avanzo por el pasillo. No, no la he despistado. Me sigue. ¿Por qué? ¡Qué pregunta! Prefiero no saberlo.

Llego a la puerta de la habitación, camino a tientas hacia la cama. Retiro el embozo y me meto entre las sábanas. ¡Están heladas! Tiemblo, los dientes me castañetean. La veo agitarse tras la persiana, en la corriente que entra por la ventana. A pesar del frío no seré yo la que se levante a cerrarla. No será la primera mañana en la que, al levantarme, descubra escarcha helada en las cortinas y restos de nieve sobre la tarima.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Incurable

La medicina no es omnipotente. Hay casos típicos, atípicos, fáciles, difíciles, de alto y bajo riesgo, pluripatológicos, algunos imposibles y también agradables sorpresas que entrarían en la categoría de milagros. La estadística es una curva que refleja desde las complicaciones de lo más sencillo hasta los éxitos de lo que se daba por perdido. El principal interés de la mayoría de los médicos es curar a sus enfermos aunque, por desgracia, no siempre se logra, aunque no sea por falta de ganas.

Ante un mal caso hay que sopesar la decisión a tomar de manera razonada tras una puesta en común con el resto de especialistas implicados. Se ponen en la balanza todas las alternativas, se discute si merece la pena el daño que se le va a infligir al paciente o si se le va a perjudicar para nada. Mutilar quirúrgicamente a un individuo sin futuro no mejorará su calidad de vida el tiempo que le reste, más bien al contrario, e incluso puede suponerle una larga estancia en el hospital, de la que nunca salga. A veces es mejor optar por un tratamiento menos agresivo, y puede que menos óptimo en lo referente al pronóstico, ya infausto de entrada, y cruzar los dedos para esperar una respuesta. Esas respuestas existen, aunque sean parciales, y encontrárselas en las revisiones es siempre un motivo de alivio y de alegría.

Tomar la decisión es difícil, se aprende a base de experiencia que es la que enseña cuando lo mejor es enemigo de lo bueno. Explicárselo al paciente y a su familia es el momento más duro para todos. Hay que dejar una puerta abierta al optimismo, tirar la toalla es lanzarse por un barranco de depresión y deterioro progresivo y fulminante. Unos meses más o menos marcan una diferencia importante, aunque sea tan sólo para que un abuelo asista con ilusión a la comunión de su nieta. Cuando no queda nada qué hacer, la única función importante del médico es dar apoyo y minimizar el sufrimiento. Se conocen personas que son un ejemplo, que disfrutan la vida hasta el último momento, que desean compartir su tiempo con sus seres queridos y dejan una huella imborrable. No es la primera vez que hablo de ellos pero no me importa repetirme porque son muchos y cualquier homenaje es pequeño.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Claridad

Puedo ser irónica y puedo ser sarcástica pero, aunque lo pretenda, lo que no puedo ser es sutil. Decir las cosas con tacto tiene sus ventajas y también sus inconvenientes. La principal pega que le veo es que, cuando se suavizan las palabras, o se utilizan circunloquios y parábolas para explicarlas, lo que generalmente se consigue es que el interlocutor se pierda y no capte el quid de la cuestión. Como dice el refrán: las cosas claras y el chocolate espeso (que además de negro y amargo es como lo prefiero) En mi opinión es mejor ser directo, aunque esto no siempre sea fácil, ni popular.

La ironía y el sarcasmo permiten afrontar con humor algunas situaciones e incluso transformar en ridículo lo desagradable. Es fundamental saber reírse de uno mismo ya que se suele ser el protagonista de la mayoría de las anécdotas y, de este modo, el bochorno asociado a estas es más llevadero. No hay que pecar de estúpido orgullo y de amor propio mal entendido, lo que desemboca en un bucle de rencor que mina la vida del que lo sufre. Tomarse las cosas a la tremenda no las mejora. Contemplarlas desde otra perspectiva sí que suele hacerlo. Lógicamente no todas las circunstancias difíciles son susceptibles de ser transformadas en episodios cómicos. Por desgracia, en algunas, el motivo subyacente o bien no tiene remedio, o bien su gravedad no permite aplicar este tratamiento.

Una máxima fundamental es que siempre hay que tener en cuenta las formas. Un estilo imperativo es sólo aconsejable con los animales que sólo comprenden ordenes cortas, simples y firmes. Sin embargo, su uso en los seres racionales (por pocas muestras que den de esa cualidad) generará una actitud de rechazo inmediata y debe ser evitado so pena de obtener el efecto contrario al deseado. Hay que ser sincero sí, pero con cortesía. Si es imposible mantener una conversación civilizada con la otra parte, y se corre el riesgo de perder los papeles, es una muestra de inteligencia no profundizar más en el tema conflictivo (la mayoría no son más que ridículas nimiedades). Las opciones pasan a ser las de: o bien actuar en el asunto según las propias convicciones, lo que con o sin discusión es lo que suele suceder en la mayoría de los casos, o bien abandonarlo si no es posible llevarlo a cabo sin el consentimiento del contrario.

Hay que aprender a escoger las batallas y minimizar su número y duración. En el caso de que el asunto en cuestión requiera medidas desesperadas con urgencia, no queda más remedio que ser tajante y  proceder de forma consecuente con la decisión tomada. En una situación así es absurdo el prolongar discusiones estúpidas. Nada como un buen argumento, que no admita réplica (afortunadamente en medicina esos argumentos existen y resultan muy útiles a la hora de zanjar mezquinos debates basados en protocolos cuadriculados, a veces tan rígidos que ni siquiera el sentido común es capaz de flexibilizarlos). Si algo debe hacerse, lo único importante es hacerlo cuanto antes. Eso sí, en una muestra de civismo, la opinión personal sobre los debatientes es mejor guardársela para uno, aunque eso suponga un gran esfuerzo.

La sutileza implica diplomacia, rasgo del que por desgracia carezco. Sin embargo la ironía y el sarcasmo se benefician de la ausencia de esta cualidad, así como de un punto de exageración. Decir las cosas a medias implica callar algunos elementos de las mismas y puede ser motivo de malentendidos por omisión. Es la verdad, pero no toda la verdad, ni nada más que la verdad. Los adornos que matizan la realidad pueden llevar a engaño e incluso provocar que se tergiversen las conclusiones. Expresarse simultáneamente con claridad y tacto es facultad de unos pocos privilegiados.

El lenguaje es preciso en vocabulario, forma y estilo, y su dominio permite manifestar hechos e ideas con fidelidad, al tiempo que se obvian palabras tabú. No obstante, se corre el riesgo de que el interlocutor no comprenda el significado de todos los términos empleados y no capte la intención del discurso. Ante la duda, mejor no dar lugar a ella.


jueves, 12 de diciembre de 2013

El bolso

Un día te regalan el primer bolso. No el bolso de niña que juega a ser mayor sino un bolso serio, y con el que no se sabe qué hacer. Ese tipo de regalo es toda una novedad. Hasta entonces se habían limitado a libros, juguetes, alguna colonia y puede que también ropa (con la que a esas edades una se siente engañada, eso no es un regalo sino algo útil y necesario). Aparece el bolso. Se estudia, se abre, se le da la vuelta para mirarlo desde distintos ángulos. ¿Cómo se lleva? Si se cuelga del hombro se nota, se es consciente de que está ahí, se balancea con los movimientos, se desliza y tiende a caerse. ¡Qué incómodo! Sujetarlo en la mano es aún peor, la inutiliza para cualquier otra actividad. Ese primer bolso habla de cómo te ven los demás, para ellos has dejado atrás la infancia. Su percepción no encaja con la propia, en tu cabeza aún eres pequeña a ratos. Ni tan siquiera se te había pasado por la cabeza el deseo de tener nada semejante. Es un complemento de adultos.

Se supone que en un bolso puedes meter todo lo que necesites. Hasta el momento esa función la cumplían los bolsillos, que con frecuencia iban vacíos. Ahora una se encuentra en la tesitura de tener que rellenarlo. ¿Con qué? Es posible que esa sea una de las razones por las que las mujeres acumulamos en su interior toda una colección de objetos inútiles que jamás sacamos más que cuando necesitamos encontrar algo, por lo general: las llaves. Sin embargo, al principio, no parece haber nada que guardar: ni grandes carteras llenas de tarjetas, ni gafas de sol, ni un set de maquillaje para retocarse cuando es necesario, ni un montón de "por si acasos" que incluyen bolígrafos y cuadernos en los que apuntar, kleenex, algún analgésico que nunca aparece cuando se necesita, motivo que obliga a recurrir a alguna amiga previsora, ni tampoco un montón de basura que almacenamos hasta el momento en que nos acordamos de tirarla: publicidad, tickets, pañuelos usados, muestras y cosas que habíamos olvidado que teníamos y que, a veces, ni sabemos lo que son.

Es curioso que el primer bolso suela tener un tamaño más que reducido y no se nos ocurra qué meter en él. En seguida decidimos que es más sencillo no seleccionar, no separar lo que debe ir dentro o fuera, sino convertirlo en un cajón "desastre" en el que echarlo todo, sin orden ni concierto. Hay dos opciones: bolsos cada vez más grandes o... cada vez más bolsos. En el primer caso el mundo entero cabe dentro de un solo bolso. En el segundo el tamaño mínimo es aquel que permite llevar un libro. ¿Qué hacer cuando se llena? Se sacan las llaves y la cartera para pasarlas a otro, algo más vacío. A pesar de contar con un surtido digno del inventario de cualquier tienda que se precie, puede llegar a ser necesario revisarlos y proceder a hacer limpieza. Generalmente ese temido momento coincide con el cambio de estación (no para guardar impolutos los que van a la caja, sino para hacer hueco en los que salen de ella). Está claro a qué grupo pertenezco.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La fuerza del carácter

Mi abuela tiene 95 años y, en opinión de muchos, un carácter endiablado. No comparto esa opinión aunque reconozco que requiere tiempo y paciencia conocerla de verdad y comprendo que no todo el mundo está dispuesto a dedicarle ni una cosa ni otra tras tratar con ella en uno de sus días malos. Entenderla es difícil pero sin hacerlo es imposible cambiar de parecer.

En mi caso parto con la ventaja de ser su nieta favorita y conozco sus días malos más por referencias que porque me afecten directamente. No significa que conmigo sea una malva, su carácter es fuerte en cualquier circunstancia. Siempre se ha negado a aceptar aquello que no le gusta, que son muchas cosas, y en lo referido a resignarse es aplicable el refrán "a la fuerza ahorcan", y en ese alarde de resistencia no deja títere con cabeza.

Rechaza la compasión, no desea sentirse inferior, y prefiere mostrarse arisca antes que revelar sus debilidades. Las tiene pero no voy a traicionarla y ser yo quien las exponga. No las declara directamente pero entre sus historias hay tantas pistas que sólo hay que prestar atención para descubrirlas. No ser demostrativa no significa que no sea cariñosa, lo es pero a su manera, una manera muy distinta a la usual y que implica una cierta distancia. Es estricta, es lo que le han inculcado desde su infancia, a pesar de ser también una favorita, y no considera que la firmeza influya en el cariño, sino más bien al contrario, es una manera de demostrar interés y preocupación por el otro. Corregirle es algo que se hace por su bien. Dado que ella misma no es perfecta es un rasgo difícil de sobrellevar, sin embargo no asumirlo merma la estima en la que mi abuela tiene a la persona. El problema es que, al carecer de sutileza, nada indica si corrige, recrimina o desaprueba, depende del talante del momento del receptor. Por desgracia, salvo conmigo y algún que otro elegido, no se prodiga en halagos, lo que contribuiría, sin duda, a contrarrestar el golpe.

Con frecuencia, al referirse a sus compañeros de residencia, todos más jóvenes en lo que a edad respecta, declara vivir rodeada de viejos. Ella no se incluye dentro de esa categoría. Cierto que tiene muchos años, que le duelen los huesos y que sus fuerzas y su salud la traicionan, pero esos detalles no la convierten en una vieja. Su cabeza, su forma de pensar, es la misma de siempre. Si era joven antes ¿por qué va a ser vieja ahora? ¿porque su aspecto se ha deteriorado? ese motivo es fácil de rebatir: la imagen es engañosa y superficial. ¿Por culpa del calendario? ¿Dónde está la frontera entre las distintas épocas de la vida? ¿Quién las dicta? A ella nadie le ha consultado al respecto y, por lo tanto, no es vieja. Le pasa como a nuestro coche, es mayor de edad y vintage.

martes, 10 de diciembre de 2013

Cuando me enfado...

Supongo que a nadie le gusta enfadarse. Aunque soy irritable, y eso me enoja conmigo misma más que con nadie, me cuesta enfadarme de verdad. No resulta agradable encenderse progresivamente, sentir que se pierde el control mientras se intenta por todos los medios morderse la lengua para evitar males mayores. No obstante hay ocasiones en las que no queda más remedio que revolverse, plantar cara y luchar por defender causas casi perdidas, que no por ello menos justas. 

¿Qué cosas me ponen furiosa? Me resulta indignante que no se cumpla la palabra dada, que se tergiverse lo dicho para interpretarlo de la manera más conveniente, que uno pueda desdecirse impunemente para salirse con la suya según convenga a sus intereses. Esto es aún más insultante cuando la postura deja de ser congruente y, tras realizar y acabar la jugada, el oponente pasa a contradecirse y lo que no podía ser en su momento, porque entonces no le venía bien, se convierte en una obligación ineludible (de cuyo cumplimiento se hace responsable al otro). De nada sirven los razonamientos, ni previos, ni a posteriori, con estos príncipes de la manipulación. De nada sirve tratar de hacerles ver que la situación de partida es un sinsentido, un arreglo mal planteado, por el que finalmente pagan tanto justos como pecadores. Es la razón de la cerrazón. No oyen porque no escuchan, no ven y tampoco miran, ni más allá, ni desde otros puntos de vista.

¡He dicho!

domingo, 8 de diciembre de 2013

Horticultura con el Sr. Carroll

De nuevo estaba ante la puerta del Sr. Carroll. A ninguna otra alumna se la requería tantas veces a ese despacho como a ella. Pasaba allí más tiempo que en su propia habitación. Cualquiera pensaría que eran grandes amigos. Por desgracia se equivocaría. El profesor nunca se mostraba feliz al verla.

¿Qué había hecho esta vez? Tan sólo había intentado recuperar la confianza del Sr. Conejo. Desde su última desventura el animal se mostraba reacio a acercarse a ella. Le dolía su falta de agradecimiento después de todos sus desvelos para devolverle a su estado original. No era el único. Todos la culpaban de aquel incidente en lugar de reconocer su valor y el mérito de su hazaña.

Las clases de ciencias ya no se impartían en el laboratorio. El aula había sido clausurada, declarada siniestro total. El Sr. Carroll cambió la química por la biología y ahora salían al campo a estudiar la vida en las charcas y a recoger ejemplares de plantas para el invernadero. Al principio la jardinería le había resultado frustrante, todas sus macetas perecían en un par de días mientras que las del resto crecían y florecían. No lo comprendía. Estaba constantemente pendiente de ellas: las podaba, trasplantaba y regaba varias veces al día. Nadie más se desvivía tanto y, a pesar de ello, sólo las suyas morían. Así, nunca terminaría el proyecto.

Menos mal que encontró un hierbajo medio reseco en un tiesto del invernadero. Era tan feo que al pobre nadie le hacía caso y, en un ataque de compasión, decidió adoptarlo. Sustituyó con él a los vegetales muertos. Sin duda estaba necesitado de cuidados. Le buscó un rincón soleado y solitario, en el que estuviese tranquilo, sin soportar críticas por su lamentable aspecto. Enseguida comprobó que era justo el espécimen adecuado para ella.

Su protegida respondió agradecida a sus atenciones. El agua irguió su tallo y sus hojas adquirieron un aspecto carnoso de un color verde brillante de lo más atractivo. Adaptó su tamaño al de sus nuevas macetas y hasta tuvo que buscarle una parcela para que creciese a sus anchas. Sin duda le gustó su nueva ubicación y para demostrarlo, floreció. Se limitó a dar una única flor: grande, con forma de copa y de un luminoso color rojo. Los insectos se volvían locos al verla y revoloteaban desesperados a su alrededor. ¿Y si tanto bicho la perjudicaba? Afortunadamente la planta era de lo más tolerante y se amoldó a tantos moscones, incluso jugaba con ellos y abría sus hojas para que se resguardasen en su interior. Era tan hospitalaria que ninguno salía de allí.

Una mata tan gentil seguro que la reconciliaría con el Sr. Conejo. ¿Quién no sucumbiría a su encanto? Tendría que encontrar un momento en el que todos estuviesen despistados para presentarlos. Esa era la parte más difícil: ¿cuándo?

Descartó las horas de clase y las comidas, notarían su falta. Necesitaba algún evento que se saliese de la rutina. Se acercaban las vacaciones y no disponía de mucho tiempo. No le apetecía marcharse sin hacer antes las paces con la mascota. El final de curso era un caos y, para rematar aquel trajín, la Reina se presentaría cualquier tarde a tomar el té en el jardín. Su visita intempestiva descuajeringaba los horarios de todos, incluidos los del Sr. Conejo, ya que a la Reina no le gustaban los animales y había que ocultarlo. Aprovecharía entonces para llevar a cabo su plan.

La Reina aún tardó un par de semanas en acudir a su cita. Cada tarde se preparaban y ensayaban: repasaban el protocolo a seguir y tomaban té y tarta de no-cumpleaños. El tiempo no pasaba en balde en el interior del invernadero. La planta crecía por días y era el orgullo de su dueña. Un orgullo un tanto frustrante porque no se la había mostrado a nadie. No es que no lo hubiese intentado, pero la habían rechazado. Sinceramente no les culpaba.

A pesar de los ensayos, se organizó el jaleo habitual de cada visita real. Contentar a Su Majestad no era una tarea sencilla, siempre encontraba algún motivo de queja: el té flojo, el té fuerte, en ambos casos nunca estaba lo suficientemente caliente, los terrones de azúcar eran irregulares, los emparedados finos, faltaba la tarta de su sabor favorito, que había cambiado desde el día anterior. Ni tan siquiera el sol brillaba a su gusto.

Entre todo ese ajetreo nadie se dio cuenta de su desaparición. No tuvo problemas para hacerse con la jaula del Sr. Conejo, abandonado en una de las aulas. El animal no se alegró al verla pero era porque ignoraba la sorpresa que le esperaba. Se escabulló con él al invernadero.

La planta se mostró encantada. No sucedió lo mismo con el desagradecido bicho que gritaba en el interior de su jaula con el pelaje erizado y se negaba a salir. Le costó Dios y ayuda sacarlo de allí. La mata inclinó su hermosa flor y acercó sus hojas dispuesta a darle un abrazo. ¿Se podía ser más amigable? Pues a pesar de aquel gesto el conejo luchaba por alejarse. ¡Qué huraño! Lo acercó un poco más y el animal saltó de sus brazos y huyó despavorido. El muy tonto no tuvo mejor idea que salir al jardín. Tenía que atraparle antes de que la Reina lo descubriese.

¡Qué suerte! La planta estaba dispuesta a ayudarla. Inclinó su tallo y reptó por el suelo estirando sus ramas. ¡Qué lista era! ¡No había otra como ella! Salieron juntas en persecución del Sr. Conejo que corría como alma que lleva el diablo directo hacia la Reina. ¡No llegarían a tiempo para evitarlo! La planta la adelantó en la carrera y el fugitivo aceleró. No lograron alcanzarlo antes de que se abalanzase sobre la mesa. No la derribó de milagro. No se quedó a contemplar los daños sino que siguió sin mirar atrás. Las consideradas ramas sí que se detuvieron sobre el mantel. Después del ejercicio debía de estar hambrienta porque la comida desapareció entre las hojas sin miramientos al protocolo. La Reina se levantó indignada y estiró el brazo dispuesta a abofetear a aquel vegetal tan descarado. La mata interpretó aquello como un gesto de amistad y se inclinó con cortesía para devolverle el abrazo. Quizá se dejó llevar por su entusiasmo y apretó demasiado a la soberana. Sólo devolvió la corona, no hacerlo equivaldría a traición.

Miró al Sr. Carroll cuando terminó su sincera explicación. Como única respuesta el profesor le entregó un sobre con el membrete real. Una escueta nota, escrita de puño y letra por el mismísimo Rey, le otorgaba un sobresaliente en botánica y le prohibía el cultivo de cualquier planta.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Camino a la Libertad (Citas de Mandela)

"He andado este largo camino a la libertad. He tratado de no flaquear; he cometido errores en el recorrido pero he descubierto un secreto: después de subir una enorme cima, uno sólo encuentra que hay muchas más cumbres por alcanzar.

No hubo ninguna epifanía, ninguna revelación, ningún momento de verdad sino un acúmulo de mil desaires, de mil humillaciones y de mil momentos olvidados que provocaron mi indignación, despertaron mi rebelión, instigaron el deseo de luchar contra el sistema que oprimía a mi gente. No hubo nigún día en particular en el que me dijese: A partir de ahora me consagraré a la liberación de mi gente; en vez de eso me encontré haciéndolo, y no podía ser de otro modo.

La Libertad es indivisible, las cadenas de uno eran las cadenas de todos, las cadenas de mi gente eran mis cadenas.

Nunca me ha preocupado el interés personal. Una persona no se convierte en luchador por la libertad con la esperanza de ganar un galardón.

Inconscientemente, según permitimos que nuestra propia luz brille, autorizamos a otros a que hagan lo mismo. Tras liberarnos de nuestros miedos, nuestra presencia libera automáticamente a otros.

Sin lenguaje no se puede hablar con la gente, ni entenderlos, no se puede compartir sus esperanzas y aspiraciones, comprender su historia, apreciar su poesía o saborear sus canciones.

Una Nación no debe ser juzgada por como trata a sus ciudadanos más importantes, sino a los menos afortunados.

Soy fundamentalmente un optimista. Si me viene por naturaleza o por cultivarlo, no sé decirlo. Parte de ser un optimista es mantener la cabeza orientada al sol y mover, al mismo tiempo, un pie hacia delante. En muchos momentos mi fe en la humanidad se puso a prueba, pero no me rendí al desaliento. Esa vía sólo lleva a la derrota y a la muerte.”

Nadie nace odiando a otro por el color de su piel, su trasfondo o su religión. La gente debe aprender a odiar, y si pueden aprender a odiar, pueden ser enseñados a amar, porque el amor es algo más natural que su opuesto. La bondad humana es una llama que puede esconderse pero no explicarse."

Nelson Mandela: " Long Walk to Freedom ".

Shostakovich Vals № 2 y Konstantin Razumov



jueves, 5 de diciembre de 2013

La pasión de escribir de Petrarca

Escribir es adictivo, es un reto contra uno mismo que además sirve de desahogo y relaja. Es una manera de dejarse llevar por el pensamiento, soltar la imaginación y permitir que te arrastre con ella, o de poner en orden la mente y sopesar las ideas, juzgar, razonar, valorar y descartar. Al ver las cosas sobre el papel adquieren otra dimensión: las verdaderamente importantes ganan relevancia y las que son descartables se tornan incluso ridículas. Se piensa ¿cómo me lo he siquiera planteado? En ocasiones surge un análisis tan esclarecedor que la propia deducción te conduce cada vez más allá para intentar llegar hasta el fondo de la cuestión. Cuánto más se saca, más profundo es ese fondo. Eso no significa que la persona sea más profunda en todos los aspectos de su vida, sino sólo en lo que se refiere al conocimiento que tiene del mundo y de sí mismo sesgado por su propio punto de vista que, sobre todo en lo que se refiere a uno, no suele ajustarse a la del resto, por mucho que uno crea conocerse o que le conocen.

Esa magia de transformarlo todo que posee la escritura es lo que engancha al escritor. Se genera una curiosidad, un anhelo, en ocasiones una fiebre, que precisan satisfacción y cuya ejecución no es sustituible por la de ningún otro tipo de actividad.

Los seres humanos no somos únicos en nuestras emociones, por muy extrañas que nos parezcan. Seguro que hay alguien más que ha experimentado algo similar, o que incluso ha imaginado fantasías muy semejantes a las propias. Siempre sorprende descubrirlo y eso me pasó al leer (en Brainpickings) el siguiente fragmento de una carta que el poeta Francesco Petrarca le escribió a su amigo, el abad Pedro de San Benigno, en Italia:

Extrañamente anhelo escribir, pero no sé de qué o a quien. Esta pasión inexorable me ha atrapado de tal modo que prefiero la pluma, la tinta, el papel y el trabajo prolongado hasta altas horas de la noche antes que el reposo y el sueño. Resumiendo, siempre me encuentro en un estado triste en el que languidezco cuando no escribo y, aunque parezca incongruente, trabajo mientras descanso y encuentro mi descanso en el trabajo. Mi mente es dura como una roca, y bien puedes pensar que surgió de una de las piedras de Deucalion.

Deja que este pobre espíritu se vuelque con ilusión sobre el pergamino, hasta haber agotado tanto dedos como ojos por el esfuerzo. No siente ni calor ni frío, pero le parecerá estar reclinado sobre el más suave plumón. Su único temor es ser apartado y mantiene a raya los miembros rebeldes. Sólo cuando la necesidad le obliga a retirarse, comienza a decaer. Mi mente se refresca por el ejercicio prolongado, igual que la bestia de carga con su comida y el descanso. ¿Qué puedo hacer entonces, si no puedo para de describir, ni soportar siquiera la idea de descansar? Te escribo, no porque lo que tengo que decir te afecte, sino porque no hay nadie tan accesible en este momento, tan deseoso de noticias, especialmente mías, que se interese de una manera tan inteligente en fenómenos extraños y misteriosos y esté dispuesto a investigarlos. (Petrarca)

miércoles, 4 de diciembre de 2013

No soy, sí soy

No soy divertida, no sé contar chistes, de hecho ni siquiera sé contar anécdotas sin la sensación de estropearlas y aburrir con mi diatriba hasta a los muertos. No soy ingeniosa, no tengo siempre la palabra adecuada en la punta de la lengua, se me suele ocurrir luego, cuando ya no tiene gracia. No tengo paciencia, no es la primera vez que lo digo, pero es difícil hacerse idea de la nula cantidad que poseo y por eso insisto en ello, si alguien se induce a error que no sea por mi culpa. No soy sutil y mis dotes diplomáticas podrían desatar el Apocalipsis en un momento de descontrol. Afortunadamente he aprendido a pensar antes de hablar, aunque sólo sea de vez en cuando, y también me he dado cuenta que generalmente es mejor continuar callada, en todas las discusiones siempre hay demasiadas voces. Lo aclaro porque si el mundo se acaba espero que nadie venga a pedirme responsabilidades.

¿Qué soy? Soy insistente, incluso pesada. ¿Cabezota? prefiero el término tenaz, es una palabra más bonita ¿o alguien no está de acuerdo? No tengo término medio, veo bien el blanco, o el negro, pero me cuesta distinguir el gris. Soy aburrida, tanto que en realidad soy un auténtico muermo, el mayor que he conocido y que nadie pueda imaginar. No exagero. Soy de extremos hasta en eso. No me gustan los sitios llenos de gente, odio el humo y el ruido estridente. No me va el alcohol fuerte aunque me encanta el vino bueno, lástima que bajo su efecto primero me anime y luego me duerma y cuando me entra el sueño no me resisto ni yo. Soy sincera, lo que en mi caso no es ninguna virtud. Cuando me dejo llevar, hablo de más y meto la pata con una facilidad pasmosa. Es en esos momentos cuando House interviene para evitar el ya citado Apocalipsis.

De esto se deduce que soy tonta en algunas cosas y algo más lista en otras, más bien pocas y ninguna de las que generalmente se aplican para convivir dentro de una sociedad. No he superado del todo el pavo de la adolescencia, la principal diferencia es que ahora soy consciente de ello, aunque por desgracia ese momento de lucidez siempre llega demasiado tarde. Algunos de los que me quieren confían en mi razón pese a todo (pobres). Hay quienes creen que en alguna parte hay más de lo que se ve pero no es así: se me ve venir, soy así de simple, no hay que buscarme las vueltas porque no las tengo. Hasta mi imaginación se transparenta.

martes, 3 de diciembre de 2013

Sonámbula

Todas las noches me despierto con el mismo sueño. Camino por la cornisa de un edificio. Es una torre de paredes talladas y ventanas ojivales que imitan las de una catedral gótica, aunque mi torre es mucho más alta. Por encima de mí descansan las gárgolas sobre los aleros del tejado de pizarra. No sé que hay debajo, nunca miro hacia abajo.

Mi cornisa es estrecha y me seduce el peligro de caminar al borde del abismo. Mis pies descalzos se apoyan sobre el frescor de su piedra lisa. Mis manos se deslizan sobre el relieve de la pared. Busco mi hueco en ella. Si quisiera, volaría, pero no es ese mi deseo. Me basta sentir el viento sobre mi cuerpo y el abrazo de tela de mi camisón. El aire no es mi elemento.

Lo que me atrae es la piedra. Mis dedos conocen cada centímetro de sus muros. Distinguen sus arcos, sus curvas, sus ondulaciones y recuerdan hasta el más mínimo recoveco. Me hundiría en ella, en sus líneas, en su solidez y su belleza. Noche tras noche regreso a ella y no recibo más que indiferencia. Mi insistencia no me sirve de nada.

Me despierto. Estoy en mi taller con el cincel en la mano. No sé cómo he llegado hasta aquí desde mi cama. No hay una ruta secreta que atraviese la ciudad. Me enfrento con la mirada a mi bloque de piedra, a su blancura y a sus hermosas vetas. Aún no me ha revelado lo que esconde en su interior y, hasta que no lo haga, no quiero tocarlo. Aunque el mármol sea firme, la figura es frágil, la más frágil a la que me he enfrentado. La siento latir, es una vida inmortal que ahora está en mis manos.

¿A quién pretendo engañar con mis palabras? La verdad es que tengo miedo, un miedo helado que congela mis miembros y me impide ir más allá. En mis sueños he intuido lo que la piedra alberga, es la pieza que busco en el muro, la que deseo ser. Trato de ahogar mi anhelo en un suspiro tan profundo que penetra hasta mis entrañas y las desgarra. Entre el dolor y la pasión, me falta valor para clavar el cincel.

Antes de marcharme me giro y echo una última mirada atrás. El cincel cae al suelo y su tañido metálico me saca de mi trance. Regreso frente a la piedra. Esta vez estoy decidida a no rendirme ante ella. Mantengo firme el pulso, el mármol no admite titubeos. Entre mis manos cede como la mantequilla. Dentro de la roca retumba el eco rítmico de mis golpes. Con cada esquirla me arranco el miedo, lo muerdo furiosa con los dientes apretados. Esculpo sin pensar en nada más que en el tacto del mármol bajo mi piel. Retiro fragmentos hasta definir la forma de mi escultura. Prosigo hasta el final.

Siento el roce de unos dedos sobre mi cuerpo. Son las manos que en sueños trazan el relieve de mis líneas, que se elevan y se hunden en mis curvas, que me dan vida a costa de la suya. Noto el viento que lucha y pierde la batalla contra mis ropas talladas. Me reclino sobre el muro para resguardarme del abismo que me rodea. La piedra cede, se retira y en su lugar aparece una oquedad. Me adentro en ella y, en un instante, me prendo de mi nuevo hogar.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Frío

Hace frío. Ha llegado de repente para rematar deprisa un otoño cálido y lento. El frío ha traído cielos densos y amaneceres de un azul calcáreo y espeso. El día rompe a través de la cáscara de la noche para revelar las sombras grises de una pared de nubes en el horizonte, una cordillera de laderas nevadas y cumbres inconquistables.

Los árboles vestían hasta ayer el esplendor dorado de su madurez. Sus ramas rojas con rastros de verde, amarillo y bronce resplandecían entre el tamiz del sol. Mostraban su belleza con orgullo, sin querer desprenderse de ella. El frío les ha atacado por sorpresa. A traición, y en apenas un momento, la nieve, la escarcha y el hielo han congelado las hojas. Secas, mustias y frágiles, sin fuerzas para soltarse, el viento las ha arrancado de golpe para después revolverlas y esparcirlas a sus pies. Un esqueleto gris de finas ramas se aferra desolado a las pocas que aún le quedan. No son más que reliquias que penden sin vida. Cuelgan lacias, ajadas y acartonadas, quebradizas como un resto de papel. Su propia debilidad las mantiene suspendidas en su precario equilibrio.

El frío arrecia. El árbol helado se rinde al sueño bajo su gruesa corteza. Las últimas hojas se desprenden y se entierran en el suelo. Los días se acortan y el invierno se acerca.

sábado, 30 de noviembre de 2013

En familia

¿Blog personal? Debería existir una categoría de blog familiar. No sé si el mío sería el mejor ejemplo pero lo que es innegable es que está lleno de familia: perfiles, cumpleaños, imágenes y cuentos para sus distintos miembros. Lo cierto es que aprovecho cualquier excusa para escribir y mi amplia familia no sólo me las proporciona sino que, además, son una fuente garantizada de lectores. El blog es abierto aunque eso no evita que el que llega de fuera sienta, a veces, la timidez de un intruso. Sin embargo en mi familia no hay barreras. La puerta de la granja permanecía abierta durante todo el día (sólo se cerraba por la noche cuando se soltaban los perros) y sus habitantes siempre estaban dispuestos a acoger a aquellos que se quisieran añadir al grupo, y no había quien, tras la primera visita, no deseara pertenecer a él. Eso es lo que mis tíos vieron hacer a mis abuelos toda su vida, el modelo del que aprendieron, y otro proceder les resulta casi inconcebible.

Supongo que es difícil hacerse idea de toda la extensión de mi familia y no es posible resumirla en unas líneas. No estaría bien representada por un simple árbol genealógico. Se precisaría todo un bosque genealógico para hacerlo en condiciones. Un bosque en el que los miembros nos pudiésemos reunir en sus claros de flores y refugiarnos bajo sus frondosas sombras. Un bosque de árboles nobles, hospitalarios, de ramas entrelazadas entre sí y con ramas libres para recibir nuevas incorporaciones. Sería un bosque hecho de capas de vegetación, desde los más pequeños brotes y arbustos, pasando por árboles frutales de los que alimentarse mezclados con otros ejemplares de mediano tamaño. Hay árboles de copas tan altas que siempre mantienen una parte por encima de las nubes para iluminar al resto, a pesar de los nubarrones, y árboles eternos que unen y guardan el bosque entero.

viernes, 29 de noviembre de 2013

La expedición del polvorón

Hace muchos años, cuando vivíamos entre el lujo del Barrio de Salamanca, también en un piso sin lámparas, nos aficionamos a lo bueno, cosa que no nos costó ningún esfuerzo. Entonces las tiendas gourmet se llamaban mantequerías y cerca de casa teníamos una. Al acercarme por allí en época de navidad me llamaron la atención unos polvorones. Era difícil que pasasen desapercibidos, de entrada el precio había que mirarlo dos veces para cerciorarse de que no se trataba de un error de percepción. La caja estaba decorada con todo tipo de medallas. Hasta entonces no sabía que los polvorones entrasen en ninguna competición, pero estos no sólo participaban sino que barrían a sus adversarios. Soy golosa y caprichosa así que no me resistí y me llevé una muestra. Al día siguiente volví a por más, muchos más. Cuando cerraron la tienda los busqué por todo el barrio hasta dar con ellos. Con el boom inmobiliario mi proveedor se mudó a Alcobendas pero por teléfono les encargaba cajas de 5 kg que me servían a domicilio. No, no me comía yo sola los 5 kilos, nunca faltaban voluntarios con los que compartirlos.

Nos mudamos y ahora los famosos polvorones son una excusa perfecta para hacer una expedición al antiguo barrio (donde los volví a encontrar). No soy la única adicta, según terminan las vacaciones de verano empiezan las indirectas, y las directas. Por ellos me enfrento al tráfico a la hora maldita de la salida escolar. No tengo claro que es peor, si los autocares o las madres. Los conductores más agresivos se crispan ante la doble y triple fila y hay estar al quite y no distraerse. Ni se me ocurre buscar un hueco en la calle, a precio de zona verde no merece la pena. Se agradece la lucecita verde que me indica la única plaza libre de todo el parking.

En el escaparate de las Mantequerías Bravo veo dos bolsitas con la etiqueta de Felipe II. ¡Ya han llegado! Al parecer he cantado victoria antes de tiempo. Habían llegado pero se han agotado, hay muchos buitres en esta ciudad. Esperan una nueva remesa para el día siguiente. Afortunadamente no tengo que hacer otro viaje, se ofrecen a llevármelos a casa.

Regreso al parking. No encuentro el ticket por ninguna parte. No me agobio, ¿para qué? no arreglaría nada y sólo pasaría un mal rato. Me convenzo de me lo he dejado en el coche y voy a buscarlo. Casi acierto. El ticket está ahí, tirado junto a la puerta, se ha debido de caer al salir y ha esperado sin moverse a que volviese a por él. Lo recojo y voy a la caja, la máquina está ocupada, considero que por un rato. Mejor, así puedo contarle a alguien lo que me ha pasado. Me atiende un chaval muy simpático. Sonrío de regreso a mi coche y unos señores me llaman guapa. Cuando llego a casa me encuentro sobre la mesa mi último pedido de libros. Si hago recuento la tarde ha resultado ser de lo más provechosa: mantecados, piropos y libros. No está nada mal.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Flores de Pascua

Me han regalado una Flor de Pascua. Me la ha traído uno de mis pacientes y esos regalos siempre hacen ilusión. Ya os comenté que no he sido agraciada con el don de la mano verde, sino con el maleficio de la negra, por lo que House se ocupa del cuidado de la flora en casa (y a mí me mantiene a distancia, sin tocar nada, para intentar que sobreviva). La Señora me encarga el riego de sus macetas durante las vacaciones pero no porque confíe en mí, sino porque soy su último recurso.

Todos los años algún paciente me ofrece con todo su cariño una Flor de Pascua que no logramos que llegue siquiera hasta Navidad. Creo que según entran en casa, se marchitan. El año pasado House leyó que el motivo era un hongo que se manifestaba con motas blancas sobre las hojas. Aproveché una de sus salidas para acercarme a nuestras plantas y comprobé que nuestra poinsetia de turno estaba invadida. Mi instinto médico superó cualquier reparo y decidí intervenir. Era necesario aplicar medidas drásticas, tenía que operarla para extirpar la enfermedad. Agarré las tijeras, las de cocina porque no tenemos ninguna herramienta de jardinería, y la podé sin compasión. Por desgracia tuve que amputarle casi todas las hojas rojas y unas cuantas de las verdes. House abrió la puerta en el momento en el que terminaba el tratamiento. No me felicitó por mi iniciativa sino que me apartó de mi paciente con las alentadoras palabras: ¿Qué has hecho? ¡La has matado! Le expliqué que era una cura pero no le convencí y me convertí en culpable de poinseticidio. Aunque no se refleja en el código penal el castigo es recibir miradas asesinas del tribunal.

Contra todos los pronósticos, al menos los de House, la planta sobrevivió. Creo que la pobre no se atrevió a dejar escapar ninguna de las hojas que aún le quedaban, ni tampoco a mostrar más motas blancas. En realidad se le ocurrió una vez, lo sé porque descubrí a House, armado con las tijeras, entretenido en cortar las hojas afectadas. El tiempo le había demostrado la eficacia de mi cura. La mata, en teoría moribunda, pasó las navidades, el invierno, la primavera e incluso comenzó el verano con buen pie. Me mantuve alejada de ella, no conviene tentar de más a la suerte.

Ni House ni yo nos atrevíamos a cambiarle la tierra ni a trasplantarla de maceta. House me encargó que le comprase abono, seguro de que le iría bien. Le hice caso y compré una botella en la primera floristería que encontré. Me dejé aconsejar por el vendedor, aunque quizá mi error es que no le conté toda la historia. Nuestra Flor de Pascua, en su delicado estado, no soportó el suplemento. En poco tiempo, lo único que quedó fue el tiesto.

Al llegar con la nueva Flor de Pascua, House me ha hecho entrega de las tijeras. Este año no he sido tan drástica. ¿Bastará con la amenaza?